ANTE LA DEBACLE NEOLIBERAL.
2 sep 2009
Sí hay alternativa.
Octavio Rodríguez Araujo
La Jornada
La apuesta de los defensores del neoliberalismo en la actualidad y desde que Margaret Thatcher gobernara el Reino Unido es que no hay alternativas al capitalismo, desde aquellos años considerado neoliberal y globalizado. La frase que se atribuyó a la primera ministra británica: There is no alternative (no hay alternativa), estaba dirigida a las corrientes socialistas que, como se estimaba desde entonces, estaban en crisis una vez que el referente soviético se derrumbó y a pesar de que la URSS no fue socialista. El mensaje, que no carecía de bases prácticas, era que la alternativa de izquierda poco podría cambiar el mundo, aun desde el poder del Estado en determinados países, ya que el socialismo como opción se acercaba más a una utopía inacabada que a una posibilidad concreta. Se interpretaba como el fin de la historia, es decir, un mundo sin cambios sustanciales que pusieran un alto a la larga trayectoria del capitalismo como modelo económico dominante.
En aquellos años, cuando gobernaban coincidentemente la señora Thatcher y Ronald Reagan en sus respectivos países, aparecieron dos libros, a mi juicio significativos: uno de Gavin Kitching, en 1983, Rethinking Socialism. A theory for a better practice (Repensando el socialismo. Una teoría para una mejor práctica) y otro de Desmond S. King, en 1987, The New Right (La nueva derecha). Ambos textos nos alertaban ya de que, ante los cambios estructurales del capitalismo de fin de siglo, había que repensar su alternativa más allá del esquema tradicional que venía repitiéndose por el ala izquierda del pensamiento socialista desde los tiempos de Marx. Incluso el socialismo, como objetivo a alcanzar, debía redefinirse en sus términos y como práctica.
El Foro de Sao Paulo, del que escribiera el martes pasado Saúl Escobar en estas páginas, surgió en 1990 como reacción latinoamericana a la globalización neoliberal ya imperante y casi mundial, con el uso de la expresión socialista como meta más discursiva que real, puesto que el socialismo, por definición anticapitalista, no era compartido por todos los participantes. Como los partidos y organizaciones que lo fundaron y continuaron dándole vida eran de distintas posiciones, se insistió mucho en la unidad de la diversidad de fuerzas progresistas (cualquier cosa que se entienda por esto) y de izquierda, otro concepto escurridizo si no lleva apellido.
La izquierda es un concepto resbaloso porque es relativo en sí mismo y por oposición a la derecha, que también tiene diferentes caras (las derechas). La derecha es, pese a sus variaciones (de fascista a democrática, por ejemplo), conservadora cuando no retrógrada. La izquierda, en cambio, es avanzada, razón por la cual también se le llama progresista, pese a que esta noción implica muchos riesgos de interpretación. Y la izquierda como posición avanzada por comparación con la derecha, nos propone, o nos debe proponer, una sociedad mejor, humanista y democrática en la que se garanticen la libertad y la justicia social para todos y no sólo para unos cuantos. Y se entiende que donde la izquierda tiene o tenga el poder habrá de corregir las profundas desigualdades propias del capitalismo, para construir una sociedad y un Estado donde el poder económico (nacional, extranjero o mixto) no determine la política, como en general ha ocurrido en la mayoría de los países donde la izquierda ha tomado el poder, con poquísimas excepciones.
En años recientes el socialismo como objetivo a alcanzar no es muy apreciado entre la población común de muchos países, razón por la cual la socialdemocracia ha sido la etiqueta de uso discursivo más generalizado entre las izquierdas. Los partidos de izquierda, por lo tanto, no se definen en general como socialistas (lo que supone ser anticapitalista), pues no ganarían el voto de las mayorías y dejarían de ser competitivos electoralmente. Prefieren llamarse socialdemócratas porque en esta corriente cabe todo tipo de partidos, lo que justifica, como en la Internacional Socialista, que se unan en la diversidad y que pongan más énfasis en la democracia, incluso formal, que en la equidad y en la justicia sociales como objetivos del ejercicio del poder. Cuando éste y los procesos democráticos son determinados por el poder económico (o en los países llamados socialistas por las burocracias estatales-partidarias privilegiadas), la política termina por pervertirse, al igual que los partidos de izquierda que no han podido o querido sustraerse a ese poder económico, y el resultado, como se ha visto desde los años 60 del siglo pasado, es el desencanto y el descontento de muchos, principalmente de los jóvenes que no ven alternativa posible a su situación ni al contexto en que se desarrollan.
La apuesta de las izquierdas de ahora, por tanto, tiene que ser, en principio, por la configuración de una alternativa a la lógica neoliberal, que en esencia no es otra cosa sino la negación del llamado Estado de bienestar del pasado o la contraposición al intervencionismo estatal que regulaba la economía para mitigar los estragos del capitalismo en cada país. ¿Una estrategia así conduciría al socialismo?
No, pero sí le jalaría las riendas al capitalismo desbocado, cuyos principales beneficiarios no quieren frenos de ninguna especie. No se plantea un anticapitalismo socialista, aunque sea mi deseo, sino la vuelta al desarrollo nacional soberano, a un Estado fuerte ante el exterior cuya forma sea democrática en interior, y una democracia que trascienda lo electoral para ocuparse también y con énfasis de lo económico, lo social y lo cultural; esto es, exactamente lo contrario de lo que están haciendo los gobiernos de derecha en el mundo y en México en particular.
Sí hay alternativa, incluso dentro del capitalismo, y la que aquí se propone de manera tentativa no podría ser suscrita por el PAN ni por el PRI salinizado de ahora. Si acaso por el PRD y sus aliados. ¿Cómo llamarla? No lo sé, porque quizá izquierda socialdemócrata ya no le diga nada a nadie.
Crisis social, ¿sin solución?
Autor: Guillermo Fabela Quiñones
Si la crisis financiera no es ya crisis social, como lo advirtió el rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, José Narro Robles, falta muy poco. Son ya muchos los síntomas que patentizan tal aserto, comenzando por la tremenda inseguridad pública y las altas tasas de desempleo y subempleo que hay en el país, sumados estos problemas a la inocultable descomposición que se vive en las zonas rurales, situación que se agravará aún más el próximo año, cuando sean más evidentes los efectos de la recesión económica por los recortes presupuestales este año.
La realidad nos muestra que estamos ya ante situaciones concretas que patentizan una profunda división entre los mexicanos, y que hay diferencias de valores de conformidad con la incapacidad gubernamental para impulsar políticas públicas que promuevan la unidad nacional. Nos enfrentamos a hechos inéditos que hablan de la urgencia de revertir las causas de la crisis social que se avecina o que ya está entre nosotros.
Sin embargo, Calderón y su gabinete no parecen darse cuenta de esta situación, pues en vez de actuar de acuerdo con lo que dicta el sentido común para modificar un estado de cosas muy negativo, no se hace nada o se actúa de manera que los problemas se habrán de complicar, como así habrá de suceder si los recortes presupuestales llegan a sectores que influyen en el desarrollo social, como el educativo, el de la salud pública y el desarrollo rural. Pareciera que los gobiernos neoliberales están en competencia para ver cuál actúa con más fiereza contra los intereses nacionales.
Bien lo advirtió el rector: ya no es con recortes presupuestales como se podrán enfrentar las calamidades económicas ocasionadas por la tecnocracia desnacionalizada. Esto lo saben muy bien desde Calderón hasta Carstens y los demás miembros del gabinete económico, sólo que su papel no es actuar a favor de México sino de una elite que no está comprometida con el país. Por eso puede afirmarse que no cambiarán el modelo seguido desde hace casi tres décadas, a pesar de que se agudice la crisis social como es previsible que suceda en el mediano plazo.
Lo que quiere Calderón es negociar con el Congreso apoyos a su estrategia antidemocrática, como se evidenció al invitar a los líderes de los partidos Revolucionario Institucional (PRI), Verde, Alianza Social y el suyo, su empleado César Nava. En la actual coyuntura se antoja muy difícil que logre lo que busca, pues nada ganaría Beatriz Paredes al apoyar al jefe del Partido Acción Nacional. En cuanto a los otros dos, sabido es que siempre estarán al lado del ganador, que lo es ya el PRI, situación que facilitó la traición de los Chuchos al dejarse llevar por sus ambiciones personales y perder de vista las oportunidades que les brindaba el mediano plazo, de haber llegado el Partido de la Revolución Democrática unido el pasado 5 de julio.
De ahí que las cosas para Calderón –y desgraciadamente para el país– vayan de mal en peor, porque la crisis social arrancó hace ya buen tiempo, aun cuando sus consecuencias de fondo apenas comiencen a manifestarse. Por eso no le importaría seguir con sus tácticas equivocadas, como lo son sin duda los recortes presupuestales y cobrar nuevos impuestos a los causantes cautivos, al fin que su compromiso real es con la oligarquía, a la cual no le importa que la sociedad se hunda en una crisis social irreparable, como lo demuestra su terquedad en que no haya modificaciones al modelo económico, sino incluso profundizarlo aún más, como sería el caso con las reformas laboral, energética y fiscal que tanto ha exigido.
De por sí, los recortes al presupuesto de 2009 tendrán un efecto devastador al incumplirse las medidas anticrisis anunciadas al comenzar el año, y no satisfechos con esto van por más. De ahí la justificada preocupación de Narro Robles, pues la irresponsabilidad de Calderón no tiene límites, como lo prueban sus hechos. ¿Acaso no es muy preocupante que a Eduardo Medina Mora, el procurador general, le parezca que hace 15 años era más grave la violencia en México? Esto demuestra lo alejado que están de la realidad los miembros del gobierno que encabeza Calderón. Si de veras el objetivo de éste es devolver la tranquilidad a los mexicanos, como señaló el titular de la Procuraduría General de la República, lo que tendría que hacer, por principio de cuentas, sería frenar las causas de la creciente pobreza de los mexicanos, fenómeno que repercute en todos los demás factores que conducen a una crisis social irreversible.
