REELEGIR A "ANGELITOS".
9 dic 2009
“¿Reelegir a estos?”
Denise Dresser
En México comienza a debatirse un tema tabú: la reelección de legisladores y presidentes municipales. En aras de contribuir a la reflexión sobre el tema he agrupado los principales argumentos en contra, y ante ellos presento mis contra-argumentos a favor.
Argumento 1: “¿Para qué reelegir a los legisladores si son realmente pocos los comprometidos con el pueblo que los eligió?”.
Esa falta de compromiso es producto natural del modelo actual. La ausencia de reelección produce diputados cuyo destino depende más de los dirigentes de sus partidos que del voto popular. La falta de reelección engendra congresistas que carecen de incentivos para escuchar a sus supuestos representados. México rota élites pero no representa ciudadanos. México asegura la competencia entre partidos pero no los obliga a rendir cuentas. Y esto sólo se consigue con la reelección –una medida que no es suficiente en sí misma para remediar todos los males de la democracia mexicana, pero es una condición necesaria para comenzar a encararlos.
Argumento 2: “Los congresistas mexicanos son soldados de los partidos políticos, no representantes populares”.
Sin reelección, los legisladores continuarán actuando sin atender a sus representados, sin calibrar las consecuencias de sus actos, sin medir el volumen de sus gastos, sin recibir sanción por sus abusos. El Congreso –tal y como funciona hoy– no representa los intereses de los mexicanos, sino los intereses de las cúpulas partidistas o los poderes fácticos precisamente porque no hay reelección. La reelección ataría a los legisladores a las agendas ciudadanas. La reelección –con límites establecidos– serviría como un mecanismo democrático de supervisión.
Argumento 3: “El Congreso no asume un papel constructivo; reelegirlo sería perpetuar la ineficiencia”.
La consigna del pasado “Sufragio Efectivo, No Reelección” ha producido un panorama perverso en el cual el sufragio lleva a un diputado al Congreso sin que después pueda vigilarse lo que hace allí. Al no haber reelección, no existe la posibilidad de profesionalización. Al no haber reelección, los amateurs dominan la discusión. Al no haber reelección, quienes llegan al Congreso no lo hacen para quedarse, para crecer, para aprender. Llegan como bonsáis y se van del mismo tamaño.
Argumento 4: “Nos regresaría a tiempos porfiristas. La Revolución Mexicana se libró bajo el principio de ‘Sufragio Efectivo, No Reelección”.
Hay demasiados mexicanos indoctrinados con sus libros de texto gratuito, a los cuales generación tras generación se les ha enseñado a creer que la Revolución se libró bajo el principio de “No Reelección”. Pero era la no reelección de Porfirio Díaz. La Constitución de 1917 permitía la reelección, pero el PRI después la eliminó precisamente para instaurar el sistema que tenemos hoy a pesar de la alternancia. Un andamiaje creado para permitir la rotación de élites impunes. Para preservar las parcelas de poder de las élites. Para recompensar la lealtad. Y poco a poco se ha convertido en una cleptocracia rotativa que la democracia ha hecho poco para desmantelar. Como nadie tiene que pelear para reelegirse, nadie tiene que mantener las manos limpias.
Argumento 5: “Al no haber reelección nos aseguramos de que sólo se queden en el puesto –y roben en él– tres o seis años”.
En México no hay reelección pero sí hay trampolín. Cada tres años, entran diputados y salen otros; cada seis años, entran senadores y salen otros. Aterrizan en el presupuesto público, viven de las partidas de los partidos, hacen como que legislan y después se van. Saltan de la Cámara de Diputados al Senado y de allí a una presidencia municipal o a una diputación local, para regresar eventualmente al Congreso. Hacen todo eso sin haber rendido cuentas jamás porque no existe un mecanismo para castigarlos si no cumplen.
Argumento 6: “Más que la rendición de cuentas, la reelección sería la rendición ante las cuotas de representación”.
Con demasiada frecuencia la democracia mexicana termina capturada por poderes fácticos porque no cuenta con el contrapeso de la ciudadanía. Como la supervivencia política de un diputado no depende de la reelección en la urnas, sino de la disciplina partidista y la buena relación con Televisa y TV Azteca, los partidos acaban embolsados. Este comportamiento condenable existe y persiste, pero no porque la clase política mexicana tenga una propensión genética a la corrupción descubierta al descifrar el genoma mexicano. El problema no es cultural, sino institucional; los políticos en México se comportan así porque pueden. Porque no hay suficientes mecanismos institucionales para acotar el poder de los partidos –o de sus dueños– y aumentar el poder de quienes, con su voto, los eligieron.
Argumento 7: “La reelección de alcaldes sería una invitación abierta para el desvío del presupuesto con fines electorales, políticos y personales”.
Esos desvíos ya ocurren, y sin sanción. Todos gastan y nadie vigila. Hay pocos puestos mejores sobre el planeta que el de un político mexicano, ya sea diputado, senador o presidente municipal. No tiene que trabajar para cobrar su sueldo ni tiene que rendir cuentas para conservarlo. No tiene que explicar el sentido de su voto en el Congreso ni tiene que estar presente para otorgarlo. No tiene que responder a las necesidades del electorado ni establecer una relación con él. Puede ser abogado privado y político, boxeador y político, playboy y político, personaje de Big Brother y político, incompetente y político. Saltará a otro puesto al final de su periodo, independientemente de lo que haga allí.
Argumento 8: “Nuestra democracia no es lo suficientemente buena para adoptar la reelección; no estamos listos”.
Esta lógica perpetúa el excepcionalismo contraproducente del “Como México no hay dos”. ¿Para qué emular a los demás? ¿Para qué aspirar a ser mejores? ¿Para qué renunciar al orgullo de la extravagancia? ¿Para qué ser como esos países que dan derechos a sus ciudadanos y les rinden cuentas? ¿Para qué ser como esos gobiernos que generan el crecimiento económico y combaten la corrupción y promueven el interés público? Si México es tan excepcional gracias a la no reelección…
Argumento 9: “La reelección es un argumento ‘políticamente correcto’ y México no tiene por qué apoyarlo”.
En efecto, la reelección es un instrumento ‘políticamente correcto” que ha durado más de 200 años; una moda de las democracias parlamentarias que decidieron empoderar a sus ciudadanos y erigir instituciones que los representaran; una moda con razón de ser, tan universal como la ropa interior y los zapatos. Una moda que 187 países –con la excepción de México y Costa Rica– han adoptado. Un derecho esencial que el sistema político priista quitó a los mexicanos que ahora creen que no lo necesitan.
Argumento 10: “Con la reelección, el narcotráfico y los poderes fácticos se infiltrarían en las elecciones”.
Ese no es un argumento suficiente para desacreditar la reelección. Si lo fuera, la reelección no existiría en ninguna parte y existe en todas excepto en Costa Rica y aquí. Junto con ella habría que instituir mecanismos para controlar el influjo del dinero en las campañas, tal y como lo hacen otros países. Junto con ella habría que crear reglas para que no vuelva a repetirse lo que México ya padeció: los Amigos de Fox y el Pemexgate y la Ley Televisa y tantos otros ejemplos de compra y captura e infiltración. Hoy los poderosos ya han capturado a los políticos; hoy el dinero privado ya compra funcionarios públicos. Y eso ocurre sin la reelección legislativa, lo cual coloca al país en el peor de los mundos: una clase política al servicio de intereses económicos poderosos y sin rendición de cuentas.
Argumento 11: “No se debe promover la reelección porque la población se opone a ella”.
Pero a veces es imperativo mostrar un poco de liderazgo. Tomar decisiones impopulares por el bien de la democracia. Hacer lo que han hecho otros líderes en contra de la opinión pública prevaleciente en sus países: abolir la esclavitud, otorgar el sufragio a las mujeres, reconocer los derechos civiles de los afroamericanos, eliminar el apartheid. Gobernar para la historia y no para el partido.
Argumento 12: “La reelección no resolvería los múltiples problemas de la democracia mexicana”.
Es cierto, la reelección legislativa no resuelve el conflicto entre el Legislativo y el Ejecutivo; no resuelve la falta de acuerdos. Tampoco cura el acné o previene la caída del cabello. La reelección no es una panacea para todos los males ni busca serlo. Es un instrumento diseñado para acotar el poder de los partidos y aumentar el poder de los ciudadanos. Es un mecanismo que permite castigar a los legisladores que aumentan los impuestos, a quienes otorgan exenciones fiscales a Televisa, a quienes eliminan candados a la fiscalización del gasto, a quienes ejercen el poder de manera impune.
Quienes se oponen a la reelección legislativa quieren desviar la atención de un problema central. El poder en México está concentrado en un manojo de partidos corruptos. El poder está en manos de un grupo de políticos que se rehúsan a ser juzgados. Los partidos corruptos y los políticos opacos producen malos gobiernos. Los malos gobiernos no proveen bienes públicos para su población. No producen empleo ni garantizan la seguridad ni respetan los derechos civiles. Por ello México no cambia aunque sus habitantes quieren que lo haga.
Y no cambiará mientras su clase política siga imponiendo la voluntad de algunos sobre el destino de muchos. Mientras haya tantos que no quieren someterse al escrutinio de los electores, que no quieren enfrentarse a quienes votaron por ellos, que no quieren regresar a sus distritos para explicar lo que hicieron con su tiempo y con el dinero de los contribuyentes. Porque viven muy bien así. Porque cobran muy bien así. Porque saltan de un puesto a otro muy bien así. Porque controlan al país muy bien así. Porque mantienen maniatados a sus habitantes muy bien así.
Esa seguirá siendo la situación mientras el sistema político funcione para rotar a cuadros partidistas en vez de representar a ciudadanos. Mientras los partidos rechacen la reelección legislativa porque no quieren perder el control ni compartir el poder. Mientras los legisladores se rehúsen a ser juzgados. Mientras los “representantes populares” prefieran quedar bien con Manlio Fabio Beltrones o con Beatriz Paredes o con Elba Esther Gordillo o con Televisa o con Carlos Slim o con Enrique Peña Nieto antes que quedar bien con quienes los eligieron.
La banalidad de la violencia
ARNOLDO KRAUS
Hace pocos días, en un simposio organizado por varias agrupaciones dentro de las cuales destaca Iniciativa Ciudadana y Desarrollo Social (Incide Social, AC), recordé la famosa idea de Hannah Arendt acerca de la banalidad del mal. Durante dos días, a partir de cuatro escenarios –salud, cultura, urbanismo y sociedad–, público y expositores se dedicaron a reflexionar acerca de los orígenes de la violencia en México. Aunque no estoy seguro de la trascendencia de foros como el mencionado, sí estoy convencido de su necesidad. Frente a la incapacidad de nuestros políticos, la ciudadanía tiene la obligación de aproximarse a los orígenes de la violencia. Dado que es imposible avistar un escenario político inteligente y sano, la única vía para menguar la epidemia de brutalidad en la que se encuentra sumido nuestro país procede de la sociedad civil.
Lamentablemente ya estamos inmersos en el peor de los escenarios: nos hemos acostumbrado a la violencia. Lo que era impensable hace una o dos décadas, ahora es cotidianeidad. No sólo por el número de muertos, asaltos, vejaciones, secuestros y desapariciones, sino por las formas de la violencia. De ahí el recuerdo de Arendt. De ahí la frase que intitula este escrito y que proviene de las reflexiones de la filósofa judeo-alemana acerca de la banalidad del mal.
En 1961, Arendt cubrió para The New Yorker el juicio en Jerusalén de Adolf Eichmann. Aplicó el concepto banalidad del mal para referirse a las acciones de la SS: un mal sin maldad, irreflexivo, supeditado a los dictados del poder, que no era ni demoniaco ni desalmado, y, más que radical, superficial. Muchos nazis, incluyendo a Eichmann, sostenían que nunca fueron responsables: sólo cumplían órdenes. Llenaban los trenes de judíos y de seres no deseados porque así se les exigía; seguir las órdenes los eximía de toda responsabilidad. Desde entonces, y antes también, la banalidad del mal es una peste vigente que vive en y entre algunos de nosotros y adquiere diversos rostros de acuerdo al origen del verdugo y de la víctima.
La multiplicidad de los genocidios que siguieron al Holocausto, o las matanzas que se llevan a cabo hoy en día, como la de Darfur, son ejemplo de la inmanencia de la banalidad del mal. Esa enfermedad no se ha erradicado. Permanece, a pesar de que la violencia, como explican los expertos, tiene una construcción social. La imposibilidad para detener la violencia expone el fracaso de la sociedad, de la política, de los modelos económicos y de la cultura. Y, lo que es peor: la violencia no sólo permanece, se recrudece.
Permanece porque es probable que la idea kantiana acerca de que el mal está determinado ontogénicamente sea más cierta que la teoría de la construcción social de la violencia. Se recrudece porque lo banal importa poco; lo banal es trivial, común e insustancial. Ésa es la realidad: la violencia es banal, no es más que otra noticia u otra página del periódico. Al lado de las notas que hablan de la violencia, la información acerca del mundo sigue siendo idéntica. El triunfo de la violencia radica precisamente en que nos hemos acostumbrado a ella. La consecuencia es nefasta. La violencia se ha instalado en la cotidianeidad de las personas: Trinidad Tobago 5, México 0, cuerpos mutilados de mujeres jóvenes en terrenos baldíos de Ciudad Juárez, Juanito para presidente de México, una niña desaparecida, cárcel a las mujeres que aborten bajo la égida de Fidel Herrera, cinco decapitados en Morelia.
La banalidad del mal y de la violencia comparte lecturas. Una se nutre de la otra. Cuando uno no es responsable del mal que genera, como sucede con tantos sátrapas encarcelados, o cuando matar deja de ser suficiente y es necesario decapitar o infligir sufrimientos inimaginables porque el sueldo o el rencor lo ameritan, es obvio que la alianza entre mal y violencia ha triunfado. No hay con quién dialogar y, en la mayoría de los casos, la culpa –no me atrevo a hablar de responsabilidad– no existe.
El panorama es sombrío. Ante el estrepitoso fracaso de los modelos políticos, religiosos y económicos, lo peor que puede suceder es que la sociedad se acostumbre cada vez más a la violencia, y cada vez más a otras formas más detestables y más agresivas de brutalidad. La discusión no se centra en si hoy el hombre es más cruel que antes. El meollo del discurso radica en la violencia como costumbre y en la interpretación de quienes la ejercen: banal, trivial, insustancial y, en muchas ocasiones, lo que es peor, necesaria y justificada.
Un horizonte para la izquierda
LUIS LINARES ZAPATA
El presente año termina en medio de hondas y muchas veces fútiles divisiones en la actividad de los partidos políticos. Ninguna de las organizaciones del espectro social se salva de las discordias, el extravío de ruta y las pugnas de clanes y personalidades que las conforman y describen. Tampoco han podido evitar que sus acciones, más que el discurso, los vaya situando en el nicho donde se sienten más a gusto. Los intereses que defienden también decantan el perfil ideológico y dan contenido a su intencionalidad programática. Sin embargo, en medio de tan consternado escenario algunas agrupaciones han podido auscultar el horizonte que espera a los mexicanos un tanto más allá del decaimiento generalizado que las envuelve. Ello les agrega, a quienes han tenido una actitud atenta y la capacidad de oír, ver e imaginar ideales, una ventaja con miras a la competencia de 2012.
Saben partidos y movimientos populares que el año venidero, ya en puerta, exigirá definiciones tajantes tras las cuales tendrán que enderezar su imaginería y redoblar el esfuerzo organizativo. Los que no atiendan la importancia diseñadora de misiones claras y asequibles quedarán rezagados en la contienda que se visualiza, por la violencia de los tiempos recientes, de gran polarización. No será posible escurrir el bulto, mantenerse en lo oscurito, flotar tras bambalinas para evitar la crítica y las discordias derivadas. Las circunstancias de penas, cerrazón de oportunidades e injusticias reinantes por doquier, obligan a discriminar entre alternativas, hablar con valentía, enfrentar con decisión problemas y depurar las ofertas para atraer a la ciudadanía.
Las derechas mexicanas, con una base pretendidamente mayoritaria, han depurado los muchos anhelos económicos de sus grupos, los principios ético-religiosos que emplean tan a menudo y los arreglos políticos que han celebrado entre ellas. Van en pos de la continuidad. El cambio pregonado en sus propuestas se encuadra, con cruda certeza, en profundizar el actual modelo de gobierno. Ahí caben, ahí encuentran seguridades y apoyos los prospectos de adalides que ya han escogido. Ahí recalan, con presumida destreza, sus cuerpos de dirección y consejo. Han buscado, con cierto ahínco, compactar su espíritu de cuerpo, mantienen vigentes los muchos temores colectivos, con astucia y celo defienden sus masivos intereses, lo que no descarta sus titubeos y alocados escobazos discursivos que les ha distraído en buena parte de la travesía actual.
El dueto del PRIAN, amasado por la confluencia de las derechas, se enfila, en lo que resta del presente año y los inicios del siguiente, a sacar las reformas pendientes del modelo. Esas escrituras, casi sagradas, los hermanan con lazos contantes y sonantes. Son efectivas ataduras para constatar su estirpe consanguínea. Afirman así sus arraigados hábitos de atender la línea de arriba y compartir negocios. Asegura, tan activo y feliz binomio, que tales reformas darán el respiro, la salida a la decadencia y les abrirá el paraíso de su reproducción en el poder. El PRIAN cumplirá con el cometido que les ha sido marcado por sus mentores, pues esperan confiados que algún sobrante les quedará enredado en sus talegas. Ya sus intelectuales se afanan por alumbrarles un tanto el camino. Plantean un señuelo a modo para la travesía: la integración total con la América del Norte. La presentan como la conveniencia probada, la asimilación ya en marcha con el polo global de poder que todo lo santificará. Pero la ruta marcada aparece como deshilvanada propuesta. En apariencia estratégica, el pretendido catalizador a largo plazo padece serias limitantes y variados errores de cálculo que surgen al pensar, tal integración, como un proceso que será decidido por los intereses y creencias de los celosos vecinos. La integración planteada, según la piensan, podría ser el pivote sobre el cual todos las demás asuntos de la visión derechosa habrán de cristalizar. Una aventura que se inclina, sin ambages, sobre la perpetua (tiempo humano) subordinación del débil y necesitado a la actual potencia. Se sugiere, además, renunciar a los dictados del corazón, olvidarse de las identidades culturales sureñas porque carecen de efectivos asideros.
La izquierda, en cambio, tiene por delante su redención, a pesar de los muchos avatares internos. Las derrotas en las urnas apenas sufridas y sus perennes pugnas son innegables. De tales infortunios hay urgencia de desprender las enseñanzas respectivas. Más que la unión, la organización o los programas, lo que importa es aceptar, con energía y pasión, el horizonte que ya ha sido definido: la transformación de México. No una transformación situada en el mundo de lo inasible y paralizador, sino esa que mueve a la acción y da sentido a los medios adecuados para lograrla. Es, en última instancia, el imperioso llamado a la emancipación respecto de los causantes de la decadencia como punto de partida, como fuerza de empuje para perseguir esa soberanía que se ata con la justicia distributiva. Desde luego, el relleno conceptual, valorativo y programático de esta transformación se va asentando con el paso de los días trabajados con ardor. El año que entra empezará a ponerse a prueba como foco de atracción, como insignia de los inconformes, de los que aspiran a vivir en un país independiente y justo. La misión propuesta contiene, en sus meras entrañas, la creatividad que se le ha ido impregnando con el empuje del pueblo desesperado, de la ciudadanía afectada por la crisis (la actual y la histórica) que los ofende. También recibirá los aportes que ya despuntan en la entrega incondicional de la juventud mexicana y los del México profundo que describe López Obrador en estas mismas páginas. Ya se siente la respuesta beligerante, razonada, de las mujeres cuya dignidad pisoteada se rebela contra quienes les niegan y manosean sus derechos y libertades. En fin, un conglomerado de izquierda que irá rescatando el sentir y las ambiciones de un pueblo que no cabe ya en la continuidad del modelo actual.
Denise Dresser
En México comienza a debatirse un tema tabú: la reelección de legisladores y presidentes municipales. En aras de contribuir a la reflexión sobre el tema he agrupado los principales argumentos en contra, y ante ellos presento mis contra-argumentos a favor.
Argumento 1: “¿Para qué reelegir a los legisladores si son realmente pocos los comprometidos con el pueblo que los eligió?”.
Esa falta de compromiso es producto natural del modelo actual. La ausencia de reelección produce diputados cuyo destino depende más de los dirigentes de sus partidos que del voto popular. La falta de reelección engendra congresistas que carecen de incentivos para escuchar a sus supuestos representados. México rota élites pero no representa ciudadanos. México asegura la competencia entre partidos pero no los obliga a rendir cuentas. Y esto sólo se consigue con la reelección –una medida que no es suficiente en sí misma para remediar todos los males de la democracia mexicana, pero es una condición necesaria para comenzar a encararlos.
Argumento 2: “Los congresistas mexicanos son soldados de los partidos políticos, no representantes populares”.
Sin reelección, los legisladores continuarán actuando sin atender a sus representados, sin calibrar las consecuencias de sus actos, sin medir el volumen de sus gastos, sin recibir sanción por sus abusos. El Congreso –tal y como funciona hoy– no representa los intereses de los mexicanos, sino los intereses de las cúpulas partidistas o los poderes fácticos precisamente porque no hay reelección. La reelección ataría a los legisladores a las agendas ciudadanas. La reelección –con límites establecidos– serviría como un mecanismo democrático de supervisión.
Argumento 3: “El Congreso no asume un papel constructivo; reelegirlo sería perpetuar la ineficiencia”.
La consigna del pasado “Sufragio Efectivo, No Reelección” ha producido un panorama perverso en el cual el sufragio lleva a un diputado al Congreso sin que después pueda vigilarse lo que hace allí. Al no haber reelección, no existe la posibilidad de profesionalización. Al no haber reelección, los amateurs dominan la discusión. Al no haber reelección, quienes llegan al Congreso no lo hacen para quedarse, para crecer, para aprender. Llegan como bonsáis y se van del mismo tamaño.
Argumento 4: “Nos regresaría a tiempos porfiristas. La Revolución Mexicana se libró bajo el principio de ‘Sufragio Efectivo, No Reelección”.
Hay demasiados mexicanos indoctrinados con sus libros de texto gratuito, a los cuales generación tras generación se les ha enseñado a creer que la Revolución se libró bajo el principio de “No Reelección”. Pero era la no reelección de Porfirio Díaz. La Constitución de 1917 permitía la reelección, pero el PRI después la eliminó precisamente para instaurar el sistema que tenemos hoy a pesar de la alternancia. Un andamiaje creado para permitir la rotación de élites impunes. Para preservar las parcelas de poder de las élites. Para recompensar la lealtad. Y poco a poco se ha convertido en una cleptocracia rotativa que la democracia ha hecho poco para desmantelar. Como nadie tiene que pelear para reelegirse, nadie tiene que mantener las manos limpias.
Argumento 5: “Al no haber reelección nos aseguramos de que sólo se queden en el puesto –y roben en él– tres o seis años”.
En México no hay reelección pero sí hay trampolín. Cada tres años, entran diputados y salen otros; cada seis años, entran senadores y salen otros. Aterrizan en el presupuesto público, viven de las partidas de los partidos, hacen como que legislan y después se van. Saltan de la Cámara de Diputados al Senado y de allí a una presidencia municipal o a una diputación local, para regresar eventualmente al Congreso. Hacen todo eso sin haber rendido cuentas jamás porque no existe un mecanismo para castigarlos si no cumplen.
Argumento 6: “Más que la rendición de cuentas, la reelección sería la rendición ante las cuotas de representación”.
Con demasiada frecuencia la democracia mexicana termina capturada por poderes fácticos porque no cuenta con el contrapeso de la ciudadanía. Como la supervivencia política de un diputado no depende de la reelección en la urnas, sino de la disciplina partidista y la buena relación con Televisa y TV Azteca, los partidos acaban embolsados. Este comportamiento condenable existe y persiste, pero no porque la clase política mexicana tenga una propensión genética a la corrupción descubierta al descifrar el genoma mexicano. El problema no es cultural, sino institucional; los políticos en México se comportan así porque pueden. Porque no hay suficientes mecanismos institucionales para acotar el poder de los partidos –o de sus dueños– y aumentar el poder de quienes, con su voto, los eligieron.
Argumento 7: “La reelección de alcaldes sería una invitación abierta para el desvío del presupuesto con fines electorales, políticos y personales”.
Esos desvíos ya ocurren, y sin sanción. Todos gastan y nadie vigila. Hay pocos puestos mejores sobre el planeta que el de un político mexicano, ya sea diputado, senador o presidente municipal. No tiene que trabajar para cobrar su sueldo ni tiene que rendir cuentas para conservarlo. No tiene que explicar el sentido de su voto en el Congreso ni tiene que estar presente para otorgarlo. No tiene que responder a las necesidades del electorado ni establecer una relación con él. Puede ser abogado privado y político, boxeador y político, playboy y político, personaje de Big Brother y político, incompetente y político. Saltará a otro puesto al final de su periodo, independientemente de lo que haga allí.
Argumento 8: “Nuestra democracia no es lo suficientemente buena para adoptar la reelección; no estamos listos”.
Esta lógica perpetúa el excepcionalismo contraproducente del “Como México no hay dos”. ¿Para qué emular a los demás? ¿Para qué aspirar a ser mejores? ¿Para qué renunciar al orgullo de la extravagancia? ¿Para qué ser como esos países que dan derechos a sus ciudadanos y les rinden cuentas? ¿Para qué ser como esos gobiernos que generan el crecimiento económico y combaten la corrupción y promueven el interés público? Si México es tan excepcional gracias a la no reelección…
Argumento 9: “La reelección es un argumento ‘políticamente correcto’ y México no tiene por qué apoyarlo”.
En efecto, la reelección es un instrumento ‘políticamente correcto” que ha durado más de 200 años; una moda de las democracias parlamentarias que decidieron empoderar a sus ciudadanos y erigir instituciones que los representaran; una moda con razón de ser, tan universal como la ropa interior y los zapatos. Una moda que 187 países –con la excepción de México y Costa Rica– han adoptado. Un derecho esencial que el sistema político priista quitó a los mexicanos que ahora creen que no lo necesitan.
Argumento 10: “Con la reelección, el narcotráfico y los poderes fácticos se infiltrarían en las elecciones”.
Ese no es un argumento suficiente para desacreditar la reelección. Si lo fuera, la reelección no existiría en ninguna parte y existe en todas excepto en Costa Rica y aquí. Junto con ella habría que instituir mecanismos para controlar el influjo del dinero en las campañas, tal y como lo hacen otros países. Junto con ella habría que crear reglas para que no vuelva a repetirse lo que México ya padeció: los Amigos de Fox y el Pemexgate y la Ley Televisa y tantos otros ejemplos de compra y captura e infiltración. Hoy los poderosos ya han capturado a los políticos; hoy el dinero privado ya compra funcionarios públicos. Y eso ocurre sin la reelección legislativa, lo cual coloca al país en el peor de los mundos: una clase política al servicio de intereses económicos poderosos y sin rendición de cuentas.
Argumento 11: “No se debe promover la reelección porque la población se opone a ella”.
Pero a veces es imperativo mostrar un poco de liderazgo. Tomar decisiones impopulares por el bien de la democracia. Hacer lo que han hecho otros líderes en contra de la opinión pública prevaleciente en sus países: abolir la esclavitud, otorgar el sufragio a las mujeres, reconocer los derechos civiles de los afroamericanos, eliminar el apartheid. Gobernar para la historia y no para el partido.
Argumento 12: “La reelección no resolvería los múltiples problemas de la democracia mexicana”.
Es cierto, la reelección legislativa no resuelve el conflicto entre el Legislativo y el Ejecutivo; no resuelve la falta de acuerdos. Tampoco cura el acné o previene la caída del cabello. La reelección no es una panacea para todos los males ni busca serlo. Es un instrumento diseñado para acotar el poder de los partidos y aumentar el poder de los ciudadanos. Es un mecanismo que permite castigar a los legisladores que aumentan los impuestos, a quienes otorgan exenciones fiscales a Televisa, a quienes eliminan candados a la fiscalización del gasto, a quienes ejercen el poder de manera impune.
Quienes se oponen a la reelección legislativa quieren desviar la atención de un problema central. El poder en México está concentrado en un manojo de partidos corruptos. El poder está en manos de un grupo de políticos que se rehúsan a ser juzgados. Los partidos corruptos y los políticos opacos producen malos gobiernos. Los malos gobiernos no proveen bienes públicos para su población. No producen empleo ni garantizan la seguridad ni respetan los derechos civiles. Por ello México no cambia aunque sus habitantes quieren que lo haga.
Y no cambiará mientras su clase política siga imponiendo la voluntad de algunos sobre el destino de muchos. Mientras haya tantos que no quieren someterse al escrutinio de los electores, que no quieren enfrentarse a quienes votaron por ellos, que no quieren regresar a sus distritos para explicar lo que hicieron con su tiempo y con el dinero de los contribuyentes. Porque viven muy bien así. Porque cobran muy bien así. Porque saltan de un puesto a otro muy bien así. Porque controlan al país muy bien así. Porque mantienen maniatados a sus habitantes muy bien así.
Esa seguirá siendo la situación mientras el sistema político funcione para rotar a cuadros partidistas en vez de representar a ciudadanos. Mientras los partidos rechacen la reelección legislativa porque no quieren perder el control ni compartir el poder. Mientras los legisladores se rehúsen a ser juzgados. Mientras los “representantes populares” prefieran quedar bien con Manlio Fabio Beltrones o con Beatriz Paredes o con Elba Esther Gordillo o con Televisa o con Carlos Slim o con Enrique Peña Nieto antes que quedar bien con quienes los eligieron.
La banalidad de la violencia
ARNOLDO KRAUS
Hace pocos días, en un simposio organizado por varias agrupaciones dentro de las cuales destaca Iniciativa Ciudadana y Desarrollo Social (Incide Social, AC), recordé la famosa idea de Hannah Arendt acerca de la banalidad del mal. Durante dos días, a partir de cuatro escenarios –salud, cultura, urbanismo y sociedad–, público y expositores se dedicaron a reflexionar acerca de los orígenes de la violencia en México. Aunque no estoy seguro de la trascendencia de foros como el mencionado, sí estoy convencido de su necesidad. Frente a la incapacidad de nuestros políticos, la ciudadanía tiene la obligación de aproximarse a los orígenes de la violencia. Dado que es imposible avistar un escenario político inteligente y sano, la única vía para menguar la epidemia de brutalidad en la que se encuentra sumido nuestro país procede de la sociedad civil.
Lamentablemente ya estamos inmersos en el peor de los escenarios: nos hemos acostumbrado a la violencia. Lo que era impensable hace una o dos décadas, ahora es cotidianeidad. No sólo por el número de muertos, asaltos, vejaciones, secuestros y desapariciones, sino por las formas de la violencia. De ahí el recuerdo de Arendt. De ahí la frase que intitula este escrito y que proviene de las reflexiones de la filósofa judeo-alemana acerca de la banalidad del mal.
En 1961, Arendt cubrió para The New Yorker el juicio en Jerusalén de Adolf Eichmann. Aplicó el concepto banalidad del mal para referirse a las acciones de la SS: un mal sin maldad, irreflexivo, supeditado a los dictados del poder, que no era ni demoniaco ni desalmado, y, más que radical, superficial. Muchos nazis, incluyendo a Eichmann, sostenían que nunca fueron responsables: sólo cumplían órdenes. Llenaban los trenes de judíos y de seres no deseados porque así se les exigía; seguir las órdenes los eximía de toda responsabilidad. Desde entonces, y antes también, la banalidad del mal es una peste vigente que vive en y entre algunos de nosotros y adquiere diversos rostros de acuerdo al origen del verdugo y de la víctima.
La multiplicidad de los genocidios que siguieron al Holocausto, o las matanzas que se llevan a cabo hoy en día, como la de Darfur, son ejemplo de la inmanencia de la banalidad del mal. Esa enfermedad no se ha erradicado. Permanece, a pesar de que la violencia, como explican los expertos, tiene una construcción social. La imposibilidad para detener la violencia expone el fracaso de la sociedad, de la política, de los modelos económicos y de la cultura. Y, lo que es peor: la violencia no sólo permanece, se recrudece.
Permanece porque es probable que la idea kantiana acerca de que el mal está determinado ontogénicamente sea más cierta que la teoría de la construcción social de la violencia. Se recrudece porque lo banal importa poco; lo banal es trivial, común e insustancial. Ésa es la realidad: la violencia es banal, no es más que otra noticia u otra página del periódico. Al lado de las notas que hablan de la violencia, la información acerca del mundo sigue siendo idéntica. El triunfo de la violencia radica precisamente en que nos hemos acostumbrado a ella. La consecuencia es nefasta. La violencia se ha instalado en la cotidianeidad de las personas: Trinidad Tobago 5, México 0, cuerpos mutilados de mujeres jóvenes en terrenos baldíos de Ciudad Juárez, Juanito para presidente de México, una niña desaparecida, cárcel a las mujeres que aborten bajo la égida de Fidel Herrera, cinco decapitados en Morelia.
La banalidad del mal y de la violencia comparte lecturas. Una se nutre de la otra. Cuando uno no es responsable del mal que genera, como sucede con tantos sátrapas encarcelados, o cuando matar deja de ser suficiente y es necesario decapitar o infligir sufrimientos inimaginables porque el sueldo o el rencor lo ameritan, es obvio que la alianza entre mal y violencia ha triunfado. No hay con quién dialogar y, en la mayoría de los casos, la culpa –no me atrevo a hablar de responsabilidad– no existe.
El panorama es sombrío. Ante el estrepitoso fracaso de los modelos políticos, religiosos y económicos, lo peor que puede suceder es que la sociedad se acostumbre cada vez más a la violencia, y cada vez más a otras formas más detestables y más agresivas de brutalidad. La discusión no se centra en si hoy el hombre es más cruel que antes. El meollo del discurso radica en la violencia como costumbre y en la interpretación de quienes la ejercen: banal, trivial, insustancial y, en muchas ocasiones, lo que es peor, necesaria y justificada.
Un horizonte para la izquierda
LUIS LINARES ZAPATA
El presente año termina en medio de hondas y muchas veces fútiles divisiones en la actividad de los partidos políticos. Ninguna de las organizaciones del espectro social se salva de las discordias, el extravío de ruta y las pugnas de clanes y personalidades que las conforman y describen. Tampoco han podido evitar que sus acciones, más que el discurso, los vaya situando en el nicho donde se sienten más a gusto. Los intereses que defienden también decantan el perfil ideológico y dan contenido a su intencionalidad programática. Sin embargo, en medio de tan consternado escenario algunas agrupaciones han podido auscultar el horizonte que espera a los mexicanos un tanto más allá del decaimiento generalizado que las envuelve. Ello les agrega, a quienes han tenido una actitud atenta y la capacidad de oír, ver e imaginar ideales, una ventaja con miras a la competencia de 2012.
Saben partidos y movimientos populares que el año venidero, ya en puerta, exigirá definiciones tajantes tras las cuales tendrán que enderezar su imaginería y redoblar el esfuerzo organizativo. Los que no atiendan la importancia diseñadora de misiones claras y asequibles quedarán rezagados en la contienda que se visualiza, por la violencia de los tiempos recientes, de gran polarización. No será posible escurrir el bulto, mantenerse en lo oscurito, flotar tras bambalinas para evitar la crítica y las discordias derivadas. Las circunstancias de penas, cerrazón de oportunidades e injusticias reinantes por doquier, obligan a discriminar entre alternativas, hablar con valentía, enfrentar con decisión problemas y depurar las ofertas para atraer a la ciudadanía.
Las derechas mexicanas, con una base pretendidamente mayoritaria, han depurado los muchos anhelos económicos de sus grupos, los principios ético-religiosos que emplean tan a menudo y los arreglos políticos que han celebrado entre ellas. Van en pos de la continuidad. El cambio pregonado en sus propuestas se encuadra, con cruda certeza, en profundizar el actual modelo de gobierno. Ahí caben, ahí encuentran seguridades y apoyos los prospectos de adalides que ya han escogido. Ahí recalan, con presumida destreza, sus cuerpos de dirección y consejo. Han buscado, con cierto ahínco, compactar su espíritu de cuerpo, mantienen vigentes los muchos temores colectivos, con astucia y celo defienden sus masivos intereses, lo que no descarta sus titubeos y alocados escobazos discursivos que les ha distraído en buena parte de la travesía actual.
El dueto del PRIAN, amasado por la confluencia de las derechas, se enfila, en lo que resta del presente año y los inicios del siguiente, a sacar las reformas pendientes del modelo. Esas escrituras, casi sagradas, los hermanan con lazos contantes y sonantes. Son efectivas ataduras para constatar su estirpe consanguínea. Afirman así sus arraigados hábitos de atender la línea de arriba y compartir negocios. Asegura, tan activo y feliz binomio, que tales reformas darán el respiro, la salida a la decadencia y les abrirá el paraíso de su reproducción en el poder. El PRIAN cumplirá con el cometido que les ha sido marcado por sus mentores, pues esperan confiados que algún sobrante les quedará enredado en sus talegas. Ya sus intelectuales se afanan por alumbrarles un tanto el camino. Plantean un señuelo a modo para la travesía: la integración total con la América del Norte. La presentan como la conveniencia probada, la asimilación ya en marcha con el polo global de poder que todo lo santificará. Pero la ruta marcada aparece como deshilvanada propuesta. En apariencia estratégica, el pretendido catalizador a largo plazo padece serias limitantes y variados errores de cálculo que surgen al pensar, tal integración, como un proceso que será decidido por los intereses y creencias de los celosos vecinos. La integración planteada, según la piensan, podría ser el pivote sobre el cual todos las demás asuntos de la visión derechosa habrán de cristalizar. Una aventura que se inclina, sin ambages, sobre la perpetua (tiempo humano) subordinación del débil y necesitado a la actual potencia. Se sugiere, además, renunciar a los dictados del corazón, olvidarse de las identidades culturales sureñas porque carecen de efectivos asideros.
La izquierda, en cambio, tiene por delante su redención, a pesar de los muchos avatares internos. Las derrotas en las urnas apenas sufridas y sus perennes pugnas son innegables. De tales infortunios hay urgencia de desprender las enseñanzas respectivas. Más que la unión, la organización o los programas, lo que importa es aceptar, con energía y pasión, el horizonte que ya ha sido definido: la transformación de México. No una transformación situada en el mundo de lo inasible y paralizador, sino esa que mueve a la acción y da sentido a los medios adecuados para lograrla. Es, en última instancia, el imperioso llamado a la emancipación respecto de los causantes de la decadencia como punto de partida, como fuerza de empuje para perseguir esa soberanía que se ata con la justicia distributiva. Desde luego, el relleno conceptual, valorativo y programático de esta transformación se va asentando con el paso de los días trabajados con ardor. El año que entra empezará a ponerse a prueba como foco de atracción, como insignia de los inconformes, de los que aspiran a vivir en un país independiente y justo. La misión propuesta contiene, en sus meras entrañas, la creatividad que se le ha ido impregnando con el empuje del pueblo desesperado, de la ciudadanía afectada por la crisis (la actual y la histórica) que los ofende. También recibirá los aportes que ya despuntan en la entrega incondicional de la juventud mexicana y los del México profundo que describe López Obrador en estas mismas páginas. Ya se siente la respuesta beligerante, razonada, de las mujeres cuya dignidad pisoteada se rebela contra quienes les niegan y manosean sus derechos y libertades. En fin, un conglomerado de izquierda que irá rescatando el sentir y las ambiciones de un pueblo que no cabe ya en la continuidad del modelo actual.
