ESCUELAS, PLATAFORMA PARTIDISTA

07/03/2011

La nueva epidemia en educación

GILBERTO GUEVARA NIEBLA

Es muy lamentable que la organización gremial de los docentes de educación básica, el SNTE, utilice a los maestros y las escuelas para hacer proselitismo electoral, como ocurrió recientemente en Baja California Sur –la denuncia fue hecha oportunamente por La Jornada (28/01/11). El hecho, escandaloso en sí mismo, fue debidamente documentado.

El problema es que esa politización de las escuelas se está dando en todo el país desde hace varios años (el Panal se fundó en 2005, creo). En Nuevo León, por ejemplo, se ha visto que durante periodos electorales se crean las llamadas volantas o comandos con grupos de 200 a 300 profesores de cada sección que se mueven de acuerdo con los intereses de los dirigentes del Panal y con la anuencia de los líderes de las secciones sindicales.

Esas personas pueden estar o no estar adscritas a alguna escuela y cobran muchas veces sin trabajar y sin tener formalmente comisión alguna. Son personas que hacen antigüedad en el Panal repartiendo propaganda, levantando datos de credenciales de elector, etcétera, y cuentan con apoyo para gastos de acuartelamiento (hotel, alimentos, etcétera).

El activismo político se ha convertido en una epidemia que afecta a todo el cuerpo del sistema educativo.

Evidentemente, el involucramiento del SNTE en política no es algo nuevo. El sindicato nació en el marco del antiguo sistema político populista (obra principalmente del general Lázaro Cárdenas), cuya base de sustento fueron, precisamente, los organismos de masas, como explica Arnaldo Córdova en varios de su libros, principalmente en La política de masas y el futuro de la izquierda en México (Era, 1979).

El sector magisterial siempre tuvo una relevancia especial en materia de construcción de consensos y en materia de acarreo de votos. Recordemos que después de la Revolución Mexicana el maestro se convirtió en líder de las comunidades rurales y preservó ese papel, aunque en menor grado, en las zonas urbanas. Dicho atributo hizo del magisterio un grupo que suscitó permanentemente el interés de los líderes del partido oficial.

Ahora el monopolio de la manipulación política lo tiene la líder del SNTE y dueña del Panal, la profesora Elba Esther Gordillo. Lo notable es que, en este caso, no existe orientación política o ideológica alguna en la intervención política magisterial, pues el Panal es un partido blanco, sin principios o programa que lo comprometan; es un instrumento al servicio de los intereses –cambiantes– de la lideresa. El Panal es un comodín político –al servicio del mejor postor. Ha servido al PAN y ahora se apresta (en las elecciones de 2012) a servir al PRI.

Desde luego, resulta inexplicable e injustificable que el IFE haya concedido registro a ese bodrio político que tanto daño hace a la educación y a la nación. El Panal es un catalizador de la corrupción y de la mediocridad que tienen postrado al sistema educativo. Desde luego, este hecho no significa que la escuela deba ser un lugar apolítico. No, pero la política que debe promover la escuela es la política ciudadana para la democracia, la cara inversa de la conducta perversa que promueve en las aulas el Panal.

El problema del SNTE-Panal es un problema de fondo, estructural, una epidemia que, de no atacarse a tiempo, terminará por destruir el edificio educativo entero. ¿Por qué los poderes de la Unión callan al respecto? ¿Por qué el Legislativo o el Ejecutivo no ordenan una intervención para corregir esa perversión institucional? ¿Qué esperan para hacerlo?

Más historias de callejón

GUSTAVO ESTEVA
El callejón sin salida al que las clases políticas nos han conducido en México y en el mundo se debe en parte a su noción de la política.

Según Carl Schmitt, tal como la distinción entre lo bueno y lo malo define el campo de lo moral, y la distinción entre lo bello y lo feo el de lo estético, lo político se definiría por la distinción entre amigo y enemigo. El genio de Marx habría consistido en dar calidad política a la cuestión social al presentarla en esos términos.

Es fascinante explorar por qué este prominente jurista alemán, que pasó 18 meses en la cárcel de Nuremberg por su vinculación con el régimen nazi, no sólo es admirado y reconocido por la derecha europea y los conservadores estadunidenses, lo que podría considerarse natural, sino también por la izquierda italiana o la francesa, como lo fue en su momento por la Escuela de Francfort, especialmente por Walter Benjamin.

Schmitt sólo ofreció un criterio para caracterizar lo político, no una definición exhaustiva o sustantiva, y tal criterio tiene huella monárquica: los soberanos definían su política exterior según sus amistades o enemistades, reales o de conveniencia. En rigor, además, no cabe plantear entre entidades abstractas afectos o desafectos como los que se dan entre personas. Aun así, a pesar de su débil sustento teórico, el criterio de Schmitt describe bien el comportamiento de las clases políticas en los últimos 200 años y es instrumento eficaz para examinar la política exterior de los estados modernos.

Viene todo esto a cuento porque esa perversa, monárquica, noción de lo político, una noción que deja de lado principios, culturas o destinos y es enteramente ajena al sentido central de la política, al bien común, se ha puesto aparatosamente sobre la mesa en estos tiempos turbulentos. Puede verse cada día, en forma increíblemente descarnada y cada vez más cínica, en relación con las revueltas e insurrecciones del norte de África o en el comportamiento de los políticos mexicanos y sus partidos.

No es algo novedoso. Se atribuye a Harry Truman el dicho aquel, referido a Somoza: Sí, es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta. El dicho atribuido a Foster Dulles parecería contradecir a Schmitt: Estados Unidos no tiene amigos, sino intereses. Pero esto sería sólo una forma de dar precisión al criterio cuando se trata de países. La amistad que podía o no sentir un soberano por reyes o emperadores que conocía se expresa en los estados modernos en la forma de alianzas y coaliciones contra enemigos comunes –contra aquellos que tienen otros intereses y representan amenazas o rivalidades para los propios.

Dirigentes de todo el espectro ideológico han estado ofreciendo un espectáculo obsceno ante lo que está ocurriendo en el norte de África. Amistades cultivadas por décadas con dictadores como Hosni Mubarak, o tejidas circunstancialmente con Muammar Kadafi se convirtieron de un día para otro en su contrario, y en ambos casos el sentimiento se montó bajo el signo de Israel y el petróleo.

Se intensifica todos los días el desagradable espectáculo de políticos y partidos, en México, en que todo parece definirse por amistades y enemistades, por alianzas y rivalidades, mientras lo sustantivo queda en el margen o resulta mero matiz. Todos cultivan una relación armoniosa con el capital, comparten sus obsesiones por el crecimiento económico y a fin de proteger el orden social que necesita se muestran dispuestos a poner el dedo en el gatillo de la fuerza pública… y si hace falta jalarlo.

Escoge bien a tu enemigo, porque vas a ser como él, reza un viejo dicho árabe. Si tu enemigo es un ejército, tendrás que convertirte en ejército. Un gran intelectual africano ofrece remedio a ese predicamento. Sostiene que se puede ser buen súbdito –el que se somete al orden establecido–; o mal súbdito –el que se rebela–; pero es aún mejor no ser súbdito, seguir el propio camino. En esta sabiduría tradicional puede hallarse inspiración para refutar prácticamente a Carl Schmitt y así evitar la ruta al despeñadero por la que se nos ha estado conduciendo.

En medio de riñas interminables y circos mediáticos, atrapadas en su callejón, siguen las clases políticas desgarrando el tejido social y destruyendo la naturaleza hasta socavar las bases mismas de la supervivencia. Poco a poco, empero, resistiendo la agresión inmediata de la fuerza pública lo mismo que inercias y temores, pagando a menudo precios insoportables, los pueblos aprenden rápidamente a abandonar la condición de súbdito. Y sólo de eso se trata. No es cosa de buscar salida al callejón, que no la tiene; se trata de escapar de él.
El PRI: ¿estable o inerte?

Miguel Ángel Granados Chapa
MÉXICO, D.F., 7 de marzo.- Beatriz Paredes entregó el viernes la presidencia del PRI a Humberto Moreira conforme estaba previsto. Es la primera vez en la breve historia de ese partido carente de la influencia presidencial que se cumple el término para el que fue elegida una dirigente. No es poca cosa que la exgobernadora de Tlaxcala haya logrado estabilidad en su partido, especialmente después del desastre de 2006, en cuya secuela fue elegida junto con Jesús Murillo Karam.

Durante los años del presidencialismo exacerbado, la suerte de los líderes del PRI dependía de la voluntad del Ejecutivo. Eran como integrantes del gabinete, que el jefe del Estado y del gobierno podía designar y remover libremente. Los más afortunados permanecían en su cargo el sexenio completo, pero esa costumbre perduró menos de dos décadas. Antes de 1940, los jefes del Partido Nacional Revolucionario y del Partido de la Revolución Mexicana vivían a la buena de Dios, o al arbitrio del Jefe Máximo, o de las oscilantes circunstancias. Algunos de ellos iban y venían, como el primer dirigente del PNR, el general coahuilense Manuel Pérez Treviño, quien en el breve lapso de tres años fue otras tantas veces líder del partido creado por Calles.

Conocieron la estabilidad sólo tres dirigentes: Antonio Villalobos, Rodolfo Sánchez Taboada y Alfonso Corona del Rosal, quienes acompañaron a los presidentes que los nombraron (Manuel Ávila Camacho, Miguel Alemán y Adolfo López Mateos) a lo largo de todo su periodo. Ruiz Cortines nombró a dos generales, Gabriel Leyva Velásquez, quien se marchó a gobernar Sinaloa, y Agustín Olachea, quien guardaba en sobres lacrados los nombres de los candidatos dizque ungidos popularmente pero en realidad designados en Los Pinos.

Bajo Díaz Ordaz operaron tres delegados suyos en el PRI: Carlos Madrazo –quien renunció al fallar su intento de democratizar al partido–, Lauro Ortega y Alfonso Martínez Domínguez. Con Echeverría hubo igualmente tres líderes: Manuel Sánchez Vite, Jesús Reyes Heroles y Porfirio Muñoz Ledo. El número aumentó a cuatro con López Portillo, quien designó a Carlos Sansores Pérez, Gustavo Carvajal, Javier García Paniagua (el único que se ha ido por voluntad propia, despechado por no haber sido candidato presidencial) y Pedro Ojeda Paullada.

Con Miguel de la Madrid hubo sólo dos: Adolfo Lugo Verduzco y Jorge de la Vega. Carlos Salinas rompió marcas, pues tuvo seis líderes del PRI: Luis Donaldo Colosio, Rafael Rodríguez Barrera, Genaro Borrego, Fernando Ortiz Arana, Ignacio Pichardo Pagaza y María de los Ángeles Moreno. Casi lo empata, con cinco, Zedillo, quien nombró a Santiago Oñate, Humberto Roque Villanueva, Mariano Palacios Alcocer, José Antonio González Fernández y Dulce María Sauri Riancho.

A esta última exgobernadora de Yucatán, desplazada hoy de los centros de decisión, le correspondió el infortunio de perder la primera elección presidencial, sino semejante aunque más grave que el padecido por Colosio, quien debió reconocer al primer gobernador surgido de la oposición, y por Humberto Roque, bajo el cual perdió su partido la mayoría en la Cámara de Diputados.

Tan pronto se supo que Francisco Labastida había sido derrotado por Vicente Fox, la dirigente Sauri Riancho quiso retirarse, como hacen con pundonor los jefes de partido perdedores. Pero le fue impedido marcharse, con ánimo agresivo, pretendiendo que pagara los platos rotos, como si ella los hubiera quebrado. Tuvo que lidiar con un partido ubicado de pronto en la oposición, sin un centro de referencia, prácticamente en la orfandad. Además de haber concluido su periodo, Ernesto Zedillo se fue de México, rehusando convertirse en el jefe del partido más allá de la formalidad, como a contrapelo de su propio sentir había actuado en los años de su gobierno.

El PRI empezó entonces a actuar por sí mismo, surcado por los rencores, las culpas, las incriminaciones que siguen a una derrota, sobre todo una de importancia descomunal, tanto que cerraba un largo ciclo histórico y daba lugar a la alternancia. En medio de turbulencias, la última presidenta del PRI nombrada a dedo desde Palacio Nacional pudo convocar a la XVIII Asamblea Nacional y a elecciones para los cargos principales del CEN del partido. Conforme a la fórmula estatutaria de que en la planilla para elegir presidente y secretario general debería haber equidad de género, contendieron Roberto Madrazo y Beatriz Paredes, acompañados respectivamente por Elba Esther Gordillo y Javier Guerrero.

Duchos en alquimia, Madrazo y Gordillo se impusieron a Paredes y Guerrero, pero luego riñeron entre sí, y Madrazo, con otros aspirantes a la candidatura presidencial. No logró por ello culminar el término para el que había sido elegido en marzo de 2002, y tuvo que retirarse en septiembre de 2005. En rigor estricto, a Gordillo, como secretaria general, le correspondía reemplazarlo. Pero estaba ya trazado el camino que la llevaría a la expulsión y de ese modo, con doble violación estatutaria (postergación de la número dos del CEN, y elección de un inelegible porque ya había sido presidente del partido), a Mariano Palacios Alcocer le tocó encabezar al PRI en el peor momento de su historia: la grave derrota de Madrazo y el achicamiento de su presencia legislativa.

Ante la nueva convocatoria para elegir las cabezas del partido, Beatriz Paredes volvió a las andadas. Enfrentada con el exsenador Enrique Jackson, esta vez la dirigente campesina fue sobre seguro. Se alió con Enrique Peña Nieto, quien demandó para Jesús Murillo Karam la secretaría general, y con esa fórmula llegó al liderazgo mediante una victoria muy holgada en una convención de delegados.

No pudo ejercer una presidencia fuerte y con atribuciones exclusivas. Debió atenerse a la existencia de fuerzas reales, en que la suya no era la más importante. De modo que arbitraba a veces, y se sometía en otras, a los núcleos de poder representados por un selecto grupo de gobernadores, con el mexiquense a la cabeza, y por los coordinadores parlamentarios. De ese modo fue desdibujándose, hasta perder la identidad que al comenzar su mandato la hacía aparecer como eventual candidata presidencial. Había sido fallida aspirante al gobierno de la Ciudad de México, y sin embargo, con el financiamiento de Peña Nieto y su empuje político, encadenó triunfos notables en elecciones locales de 2008 y 2009 y las federales de ese último año. En las estatales de 2010, sin embargo, y a pesar de cuentas alegres sobre el número de votos obtenidos, debió pasar el trago amargo de tres significativas derrotas: en Oaxaca, Puebla y Sinaloa, y comenzar este año con las de Guerrero y Baja California Sur.

Incurrió en un error y una ingenuidad. Quiso sellar mediante un pacto escrito la suavidad con que había ejercido su papel de dirigente opositora frente al presidente Calderón, y en nombre de Peña Nieto, a cuya causa se ha adherido, acordó con el PAN que este partido no se aliaría con otros en el proceso electoral mexiquense, actualmente en curso. A cambio, las bancadas del PRI apoyarían en el Congreso los planes financieros gubernamentales. Este extremo se cumplió, mas no así el que correspondía al compromiso panista, que se alió con el PRD en media docena de entidades y ahora busca hacerlo en el lugar donde no debía coaligarse con nadie, el Estado de México.

Como se lo han reprochado mujeres que confiaron en sus convicciones, Beatriz Paredes concluyó el viernes una fase principal de su carrera política con desdoro. No pudo o no quiso encauzar la fuerza de su partido contra el conservadurismo católico en materia de libertades personales, y dejó hacer a las reaccionarias de un partido que ella quiso definir como de izquierda.

La sustituye Humberto Moreira. Lo conocemos ahora por su nepotismo y su afición al baile y a ser vociferante. Necesitará mejores títulos para que el PRI sea un partido no sólo votado, sino popular.