GOBIERNO DE CINICOS

11/04/2011

Bajo amenaza

VÍCTOR FLORES OLEA

En México pareciera que la sociedad va por un lado y el aparato político por otro, muy diferente. En general, a juzgar por las diarias declaraciones de los políticos, vivimos un mundo normal, con problemas, sí, pero controlables y atendidos. En cambio la sociedad está llegando a sus límites por tanto crimen, por tanta despreciable corrupción, por la amenaza imparable que sienten sus integrantes y que puede romper, para siempre, sus esperanzas, el bienestar a que tienen derecho, esa sí, su vida de normalidad: sintiéndose impotentes y abandonados, pudiendo aparecer a la vuelta de cualquier esquina, sin protección alguna, el rayo que les rompa la existencia.

Sí, la tragedia de Cuernavaca (envío otra vez a Javier Sicilia mis sentimientos de pésame para acompañarlo en su dolor y desesperación, y también mi congratulación por lo que ha logrado comunicar de necesidad de todos, de reacción colectiva). Su tragedia es, lo menos que se puede decir, la muestra de un botón que viven ya decenas de miles de mexicanos, cerca de la sociedad entera, que experimenta la impotencia de vivir en una sociedad desprotegida, amenazada, juguete de la arbitrariedad y de la ausencia de instituciones confiables, de leyes que realmente se apliquen y aplaquen. Cómo no, en manos de tantos cínicos e irresponsables…

Pero el drama de una sociedad bajo amenaza es peor aún cuando nos detenemos a pensar por un instante en la tremenda calamidad de una sociedad con las profundas desigualdades que vivimos. Aquí la desesperación permanente de la vida llega a honduras insospechadas, tanto o más, por su inminencia y presencia ineludible, que el sentimiento de la violencia e impotencia por el que cruzamos. Una sociedad bajo amenaza desde tantos lados, también por la injusticia que entraña, es una sociedad que ve el cambio no sólo como una posibilidad, sino seguramente como una necesidad, la única esperanza de futuro, la única luz y promesa de seguir viviendo en términos de humanidad.

Y entonces, ¡cuidado!, porque las sociedades se convierten en un ariete imparable, mostrando una fuerza y poder insospechables. No tan remoto en experiencias históricas actuales o recientes. En todo caso, tal es nuestro tiempo en infinidad de direcciones y latitudes. Desde la derrota de las sangrientas dictaduras latinoamericanas de varias décadas hasta el impensable, inesperado triunfo electoral de un afroamericano en Estados Unidos (aunque en su gestión Obama haya desilusionado a muchos simpatizantes). Y, ahora, además, la emocionante rebelión en contra de las longevas tiranías de buena parte del norte de África y de Medio Oriente, con participación sobre todo de los jóvenes y de las clases explotadas.

Exigencias de cambio, de democracia y respeto a los derechos humanos. Exigencias de que se ponga un alto definitivo a la corrupción. Demandas en favor de la vida y de la paz. Exigencia entonces, sobre todo, de pacificar la existencia e iniciar un curso nuevo de organización social en que se destierren la arbitrariedad, la violencia y la agresividad, y en que el poder del dinero, si es posible, reduzca su voracidad y dominio, su arbitraria referencia como único y más alto valor.

¡Estamos hasta la madre! Es verdad, pero alguien preguntaba “¿…y después qué…?” La cuestión es que también en el país estamos llegando al límite y al borde de un estallido, o de una serie de estallidos sociales que llegado el caso será muy difícil ahogar o evitar. Lo que resulta increíble es que mientras esta desesperación y espíritu de protesta, y exigencia del cambio, penetra en todo el cuerpo social, abajo y arriba, otra vez, sobre todo entre los más jóvenes y entre los más necesitados, el aparato o los aparatos oficiales siguen procediendo como si no ocurriera algo importante al lado o debajo de todos ellos. Su comportamiento sigue siendo igual de superficial y cínico como lo marcan su propia tradición e historia.

No estoy hablando de que estemos necesariamente al borde de un estallido armado y violento, sin excluirlo, sino de que la necesidad del cambio podría tomar cauces hoy inesperados (aunque con antecedentes significativos). Lo más probable, a mi entender, es que esta ruptura con lo más negro del pasado y del presente, que se manifestará de manera masiva, pueda expresarse y brotar fuertemente en la ocasión del proceso electoral de 2012.

¿Es posible seguir por los caminos más trillados, en que la forma (cartones y ceremonias anquilosadas) sea realmente atractiva para una sociedad que vive ya una dosis grande de desesperanza e irritación? Parece muy remoto. En principio, no el estallido violento y armado, sino el mayoritario y radical rechazo en las urnas, impugnación severa con el voto a la parálisis y cinismo reinantes, otra vez, exigencia de cambio con el arma de más eficacia que el pueblo mayoritario de México tiene y tendrá en sus manos a corto plazo.

Pienso que la situación actual, bastante desesperada para muchos, empujará, orillará a la ciudadanía, pero sobre todo a la más joven y necesitada, a la ciudadanía del campo y de las ciudades, también al proletariado en general, a volcarse en 2012 en favor de quien proponga un cambio más profundo y la posibilidad de ofrecer un rostro más limpio y confiable como jefe de las instituciones mexicanas. ¿Cómo se dijo? Hay pueblo y hay líder. Y ese podría ser, con mucha probabilidad, el solo camino abierto para el cambio necesario. O ¿de qué otra parte puede venir?

SME: año y medio de supervivencia

Miguel Ángel Granados Chapa

MÉXICO, D.F., 10 de abril.- Mañana, lunes 11 de abril, se cumplirán 18 meses de la extinción de Luz y Fuerza del Centro, la empresa eléctrica que con distintas denominaciones y diversas condiciones jurídicas prestó el servicio público de electricidad a la Ciudad de México y a varios estados vecinos.

Aun si se considerara que tal fue el propósito llano, el de liquidar un organismo público que en vez de contribuir al desarrollo mexicano estaba lastándolo, el decreto correspondiente está probablemente viciado de origen, como se empeña en demostrar el Sindicato Mexicano de Electricistas. Pero es difícil encontrar que tras el decreto de extinción de una empresa gubernamental se escondía en realidad el propósito de exterminar a una agrupación sindical casi centenaria, que a lo largo de su prolongada existencia se apartó sistemáticamente del modelo de organización laboral por el que los gobiernos priistas sometieron a los trabajadores a sus designios.

El cálculo gubernamental resultó errado. El sindicato no sólo existe, sino que una vasta proporción de sus integrantes ha resistido durante este año y medio las varias tentaciones, amenazas y presiones para claudicar en su propósito de recuperar la fuente de trabajo de la que fueron despojados abruptamente, con nocturnidad y con apoyo de la fuerza pública.

A través del sector laboral (Secretaría del Trabajo y Junta Federal de Conciliación y Arbitraje) el gobierno panista quiso eliminar al sindicato por medio de una añagaza permitida por la en ese punto opresiva legislación de las relaciones laborales. Se negó a reconocer a la dirección elegida por los trabajadores, auspició el avance de una corriente colocada ostensiblemente al servicio de las autoridades e instigó la discordia interna difundiendo la falsa especie de que el comité encabezado por Martín Esparza únicamente buscaba la liquidación del patrimonio sindical en beneficio de unos cuantos.

El sindicato ha remontado un sinnúmero de circunstancias adversas y continúa en pie de lucha. Legitimada su dirección sindical por el apoyo masivo de más de 15 mil de sus miembros, que arrancaron el reconocimiento oficial negado por meses de manera contumaz, el SME mantiene abiertos diversos frentes para impugnar la liquidación de Luz y Fuerza del Centro, aunque parezca un hecho consumado e irreversible.

A través de juicios de amparo, por ejemplo, insiste en que el decreto del 11 de octubre de 2009 carece de eficacia jurídica, porque se incumplieron normas establecidas en la Ley de Procedimiento Administrativo. La consecuencia de tal incumplimiento, según el argumento del SME sobre el cual deberán manifestarse en estos días jueces de amparo, es que ese muerto que el Estado pretendió enterrar o incinerar en realidad sigue viviendo. Dicho de otra manera, con las palabras del alegato sindical, “el organismo descentralizado Luz y Fuerza del Centro no se encuentra jurídicamente en extinción ni en estado de liquidación”, por lo cual es debido que la administración pública ordene “la apertura inmediata del centro del trabajo, reinstalando a sus órganos de dirección y a los trabajadores adscritos a sus unidades de operación, cubriéndoles su salarios y prestaciones respectivos”.

Es difícil imaginar a jueces federales (los que conocen de dos amparos con esta materia como acto de autoridad impugnado) procediendo con tal gallardía que pongan en jaque a la Presidencia de la República. Es de imaginar que interpretarán los preceptos legales aplicables de tal suerte que prevalezca la situación de hecho originada hace año y medio. Pero no hay duda de que los autores de la medida, los constructores del andamiaje jurídico, actuaron con ignorancia o con prepotencia, esto es ignorando cómo debían proceder para liquidar a LyF o haciéndolo a conciencia contra la ley, con la arrogancia de quien sabe que un acto autoritario se impone por sí mismo y se le hace valer contra todo argumento con la pura razón de Estado.

El decreto de extinción de Luz y Fuerza fue elaborado al margen de los mecanismos de “mejora regulatoria” establecidos desde 1994. La Ley de Procedimiento Administrativo de entonces estableció una comisión encargada de revisar los decretos (y otros documentos con que el Ejecutivo ejerce el poder administrativo) que, entre otros propósitos, modifican el aparato estatal.

Esa ley determina que antes de emitirse un decreto, se formule un anteproyecto y se elabore una manifestación de impacto regulatorio que la Comisión Federal de Mejora Regulatoria (Cofemer) debe conocer cuando menos con 30 días hábiles de anticipación, y darle publicidad para que opinen sobre su contenido los sectores interesados. En su premura por extinguir a Luz y Fuerza, al menos tres secretarios de estado (de Gobernación, Energía y Hacienda) omitieron esa manifestación de impacto regulatorio y no contaron con el dictamen aprobatorio de la Cofemer.

Especialmente responsable es el secretario de Gobernación (lo era Fernando Gómez Mont en aquel momento), pues la ley ordena que esa dependencia “no publicará en el Diario Oficial de la Federación los actos… que expidan las dependencias o los organismos descentralizados de la administración pública federal, sin que éstas acrediten contar con un dictamen final” de la Cofemer.

La consecuencia de que los jueces de amparo percibieran la gravedad de esa omisión, calcula el sindicato, es que “se impone restaurar de inmediato las funciones de Luz y Fuerza del Centro, retirar la fuerza pública ubicada en sus instalaciones, reinstalar a los trabajadores en sus empleos, cubrirles el importe de los salarios y prestaciones de que fueron privados y suspender las acciones de liquidación que resultan ser de facto”.

LA REVOLUCION DE LOS PENDEJOS.

Fernando Lobo.

Neoliberalismo es el término que empleamos para referirnos a una revolución. Un movimiento de cambio total que comenzó en el seno de la economía capitalista y que amenaza con destruirla. El neoliberalismo surge como una corriente radical del pensamiento capitalista. Una ideología de pretensiones globales que involucra universidades, centros de información, intelectuales orgánicos, medios de comunicación, organismos financieros, corporativos trasnacionales, gobiernos enteros, ejércitos.



He aquí las premisas.

El mercado es la base de la vida social. Para satisfacer las necesidades de todos, el mercado debe crecer constantemente.

Para su buen desarrollo, el mercado debe ser radicalmente libre. El Estado no debe intervenir. Cualquier tipo de regulación es una estupidez.

El Estado es un lastre para el mercado. En la utopía, la única función de los gobiernos en relación al mercado, sería protegerlo, garantizarle seguridad.

Cuando el mercado sea libre, nosotros seremos libres.

El gurú Milton Friedman llegó a afirmar que incluso ejércitos y policías podrían ser privatizados. La educación, la salud, el agua, la energía, las finanzas, las guerras se privatizan. Es la abolición del Estado por medio de su desmantelamiento paulatino. Un mercado desatado, un leviatán del varo. Podrá ser una coartada para acumular ganancias, pero si lo analizamos hasta el fondo, los Chicago Boys son anarquistas. No se preocupen por las catástrofes. Ya las privatizamos.

Estos visionarios, estos avanzados, en realidad son nostálgicos del capitalismo del siglo XIX, el capitalismo del coloniaje, del esclavismo, “cuando fuimos libres”.

¿Porqué unas ideas tan estúpidas avanzan con tanta facilidad entre las sociedades? ¿Porqué hay tanta voluntad política, tantos consensos detrás de este suicidio colectivo? Es fácil: porque el neoliberalismo convierte las políticas públicas en negocios privados. Exprime las funciones del Estado para llenar cuentas privadas. Es la forma perfecta de legalizar desfalcos. Son ideas estúpidas y rentables. ¿Quién no quiere entrarle? En todo caso, los corporativos trasnacionales son ahora más poderosos que cualquier ministerio de economía. Si hace falta un golpe de estado, una invasión, un embargo o una recomendación del Banco Mundial, sólo es cuestión de manipular al gobierno adecuado. Esta revolución está impulsada desde un principio simple y poderoso: la ambición por el dinero.

Ellos saben que sus medidas son globalmente impopulares. Ellos saben que todas sus acciones se realizarán detrás de las fuerzas antimotines, sus tanquetas y sus granadas de gases tóxicos. O bombarderos. El mercado de la represión también es de ellos.

En estos días México vivirá una de las últimas jornadas de lucha contra el neoliberalismo en México, activo desde el salinato, triunfante hoy: la reforma laboral, una de “las reformas estructurales que México necesita para crecer”.

El argumento es la competencia. Necesitamos crecer, para eso necesitamos empresas competitivas. Combatir los monopolios resulta complicado porque son los propietarios del país, pero hay muchos costos que se pueden reducir: indemnizaciones, seguros médicos, pensiones, sindicatos, prestaciones. Los derechos laborales son un lastre para el crecimiento económico. Una empresa eficaz produce más con menos, y el trabajador es un costo que se puede abaratar. Los neoliberales lo llaman flexibilidad.

Estas ideas geniales son la razón de que Detroit sea una ciudad fantasma mientras Ford y General Motors fabrican sus autos en Indonesia o en Tijuana. Si la ley te impide explotar libremente a tus empleados, quiebras.

El desgastado sindicalismo mexicano, el que viene de Cananea y Pasta de conchos, del cierre forzado a la Compañía de luz y fuerza, de la quiebra de Mexicana, ese golpeado gigante, apenas comienza a movilizarse. Darán la lucha contra las reformas que pretenden aprobar las bancadas del PRI y el PAN en la cámara baja, en semana santa. Es un tiro cantado. Un tiro que, apenas hace unos años, parecía imperdible.