¿DONDE ESTAMOS?
29 ene 2007
¿Dónde estamos?
Guillermo Almeyra
La Jornada
En vísperas de algo tan importante como el Diálogo Nacional ¬que es de esperar reúna a todos los movimientos sociales y llegue a conclusiones unitarias y a medidas de acción¬ vale la pena evaluar fríamente dónde estamos parados, cuáles son los principales problemas que debemos enfrentar y cuánto camino queda por recorrer.
La Comisión Civil Internacional de Observación de los Derechos Humanos que analizó la represión en Atenco y en Oaxaca puso el dedo en la llaga: el asesinato masivo en Pasta de Conchos no motivó paros de protesta ni de solidaridad; la bestial represión en Lázaro Cárdenas tampoco, ni siquiera en Michoacán; en Atenco las bestias lanzadas contra la gente pudieron cometer sus atrocidades porque no hay una reacción masiva que controle al poder con su repudio y con su movilización; los Marín, los Nacif, los Ulises Ruiz y tantos otros como ellos ahí están porque quienes los rechazan y tratan de encarcelar son, desgraciadamente, minoritarios; todas las violaciones brutales a los derechos humanos y los asesinatos cometidos contra los luchadores de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO), así como los continuos asesinatos de dirigentes campesinos que constelan la historia social mexicana, tienen el mismo origen social y cultural que los feminicidios en Ciudad Juárez y otras entidades, que la terrible y cotidiana violencia intrafamiliar, que los linchamientos bárbaros.
Eso se expresa, políticamente, en la mayoría de derecha PRIAN, en el racismo contra los indígenas y en la xenofobia, en la corrupción y el caciquismo en el medio político, y en el campo social, en la carencia de un movimiento estudiantil fuerte y unitario, de un movimiento sindical independiente del aparato estatal y unificado y, sobre todo, en el hecho de que el principal movimiento social, por su importancia y su magnitud, es la masiva migración "al otro lado", para integrarse lo más que se pueda en el mercado capitalista.
Eso no quiere decir que no existan luchas heroicas y de gran trascendencia (como la de la APPO) y que no haya un nivel de resistencia social que autoriza las esperanzas, luchas y acciones que deben ser apoyadas y a las que debe apostar quien quiera este país y tenga sentimientos humanos. Pero ahí está, como una mole, el hecho de que la mayoría de los habitantes de este país son conservadores, ignoran lo que sucede en otras partes de México y del mundo, no tienen lazos solidarios (salvo los indígenas, y no todos), aceptan como naturales cosas inaceptables, han sido educados en el individualismo, la resignación y el sometimiento al poder con la idea de la unidad nacional y del verticalismo estatal.
Además, si bien han librado y combaten importantes luchas contra tal o cual política capitalista y contra algunos capitalistas, no se plantean combatir al capitalismo como sistema sino, como con los acuerdos de San Andrés, simplemente reformarlo. En una palabra: no hay una educación de clase, y mucho menos, socialista. En el mejor de los casos se cree que el desarrollo de modo geométrico de la autonomía y de la autogestión llevará automáticamente a destruir el sistema actual y remplazarlo por el socialismo (que no sabe muy bien qué sería, pues no se han hecho las cuentas ni con el "socialismo real" ni con el estatalismo).
Quien escribe estas líneas ha sido y es uno de los promotores de la autonomía y de la autogestión y está lejos de subestimarlas, pero ellas son importantes como comienzo de un proceso de ruptura con la dominación del capital y de debilitamiento del Estado capitalista y porque instauran, en germen, un doble poder frente al de éste. Pero ese doble poder no puede extenderse indefinidamente ni puede coexistir con el dominante. Sin extender el poder popular a escala de la región, del país todo, no hay autonomía ni autogestión que pueda durar.
Por otra parte, la lucha por el socialismo, por supuesto, se libra en el territorio, en todas partes, pero el socialismo no se puede construir en una sola región o un solo país: es internacional. Y requiere socialistas, o sea preparación ideológica y científica de sus constructores, hacer política en todos los terrenos y enseñar a hacerla. Sobre todo, construir una conciencia solidaria, de clase, anticapitalista (no sólo antineoliberal), internacionalista, en los hechos cotidianos y en la lucha por las ideas en todos los terrenos.
Esta no es tarea de un grupo supuestamente de vanguardia que educaría y organizaría "a las masas" que lo seguirían. Estas, por sí solas, saben marcar el camino y construir teoría. Pero sí es necesario, en una interrelación con ellas, escuchándolas, analizando los cambios de subjetividad, un grupo que trate de socializar las experiencias, de tejer lazos organizativos entre realidades y niveles de conciencia diferentes, que analice la experiencia de otros trabajadores en otras partes del mundo para generalizar lo que no sea sólo particularismo sino la forma particular que adoptan luchas y tendencias universales.
¿Qué tiene que ver esto con el Diálogo Nacional? Pues que debemos entender que libramos un combate cuesta arriba contra quien nos ataca con más fuerzas y mejor organizado. Que hay que educar en la solidaridad a partir de las necesidades mismas de la gente, uniendo a los trabajadores por las reivindicaciones que movilicen a todos, pero no quedándose en esas reformas del capitalismo, porque hay que dar una batalla, al mismo tiempo, por educar sobre qué es el sistema capitalista, por crear lazos solidarios de todo tipo, para elevar la cultura política, destruir el conservadurismo y el primitivismo políticos, y enseñar el internacionalismo, el cual sólo puede nacer de la información y la cultura. Junto a un programa mínimo nacional para la defensa del nivel de vida y de las conquistas, hay que preparar los elementos de un nuevo proyecto de país y dar forma a programas y organismos de educación socialista en todo México.
El pacto de la tortilla
Carlos Fazio
Semanario Brecha
Con su popularidad en alza y en plena luna de miel con la ciudadanía, al presidente de México Felipe Calderón se le apareció el fantasma de la desestabilización social por donde menos lo esperaba: por el lado de los monopolios privados que controlan la comercialización e industrialización del maíz y su derivado alimenticio, la tortilla.
A comienzos de enero la escalada de precios del maíz y la tortilla, alimento básico en la dieta del mexicano, sacó la protesta popular a las calles cuando Calderón y su gabinete de seguridad estaban ocupados en mostrar el “músculo” frente al crimen organizado y el narcotráfico. Con ánimo de legitimarse en el poder y apoyado por una espectacular campaña publicitaria en los medios masivos, el gobierno buscaba capitalizar el envío de miles de soldados y policías a distintas partes del país para combatir la inseguridad, poner “orden” y restaurar el imperio del derecho menoscabado por las mafias criminales.
Pero una corrida especulativa impulsada de manera deliberada por empresarios de la masa y la tortilla y poderosos monopolios de la industria del maíz, lo llamó a la realidad. Al grito de “¡Sin maíz, no hay país!” y “¡Abajo el pan, arriba la tortilla!” –consigna esta última que juega con las siglas del oficialista Partido Acción Nacional–, los “cacerolazos” se multiplicaron en la capital y otras ciudades de México.
Desde la entrada en vigor del tlcan, México perdió en seguridad y soberanía alimentaria. El precio de la tortilla se incrementó en 738 por ciento. Se perdieron dos millones de empleos rurales y hubo un éxodo masivo de mano de obra hacia Estados Unidos. Si en el sexenio de Salinas un quilo de tortilla equivalía a 1 por ciento del salario, ahora equivale a 20 por ciento. Otro dato: el año pasado la tortilla aumentó 13,82 por ciento, la inflación 4 por ciento y el salario mínimo 3,45 por ciento. Todo eso en un país donde 20 millones de mexicanos viven con un máximo de 20 pesos diarios (dos dólares), de los cuales usan diez para comer. A los costos actuales, les da para un quilo de tortilla por día sin nada adentro; no les sobra un centavo. De allí la ira popular.
Para dar vuelta la tortilla, el jueves 18 de enero el presidente Calderón convocó a las “fuerzas productivas” a una reunión en la residencia oficial de Los Pinos, y usó la mano visible del Estado para incidir en el “comportamiento” de los agentes económicos. Con toda la pompa del caso, declaró la “cero tolerancia” a especuladores y acaparadores, dijo que iba a “aplicar la ley con firmeza y a castigar a quienes busquen aprovecharse de la necesidad de la gente” y anunció un “precio justo” para el quilogramo de tortilla que resultó 42 por ciento superior al que prevalecía en el mercado dos meses antes. Es decir, frente a los hechos consumados, formalizó un aumento forzado y a eso le llamó “pacto”.
En rigor, el presidente sancionó el éxito de la ola especulativa y premió el acaparamiento de los grandes intermediarios. Lo insólito del caso fue que allí, junto a él y los representantes de grandes firmas de la cadena agroalimentaria, como Wal-Mart, Minsa y la trasnacional mexicana Bimbo, estaba Roberto González Barreda, dueño del Grupo Industrial Maseca, principal productor de harina de maíz del mundo (controla 80 por ciento de la harina y el maíz que se comercializan en México) y señalado como el mayor especulador de la coyuntura. Con un agregado: Maseca fue puesto en la picota por la Comisión Nacional de Competencia, luego de la adquisición en 224 millones de pesos de los activos de la firma Agroinsa, lo que a juicio de la comisión coloca a la empresa en un escenario de abierta concentración monopólica. No obstante lo cual, el presidente Calderón posó para los medios estrechado en un fuerte abrazo con González Barreda, uno de los financistas de su campaña electoral. para ricos
El año pasado Cargill compró 600 mil toneladas de maíz a 1.650 pesos la tonelada y la está vendiendo en el valle de México a 3.500 pesos. La crisis sirvió para que empresas trasnacionales productoras de semillas transgénicas, como Monsanto, Pioneer, Syngenta, Agrobio y Dupont presionen al gobierno mexicano para que autorice la siembra de maíz genéticamente modificado como “solución de fondo” en el sector.
A raíz del llamado “error de enero”, algunos especialistas de las páginas económicas señalaron que lo ocurrido fue un claro intento de darle una “novatada” a Felipe Calderón. Pero en la guerra económica no hay torpeza, sólo aliados y enemigos. En definitiva, el “acuerdo para la estabilización del precio de la tortilla” sirvió para exhibir que la tan mentada libertad de mercado no existe, ya que es controlado por grupos oligopólicos predadores que buscan maximizar sus ganancias, muy lejos de la idílica competencia perfecta preconizada por los ideólogos neoliberales. Al subsidiar a las grandes comercializadoras y distribuidoras, Calderón practica un populismo para ricos. No hay duda, México sigue siendo una jauja para el gran capital.
