ANALFABETISMO HISTÓRICO

18/08/2010

De celebraciones, restos y oropeles
PACO IGNACIO TAIBO II

Si algo caracteriza a la nacoburguesía que hoy nos gobierna, es su analfabetismo histórico, su incapacidad de verse en el pasado, su ausencia de identidad; incluso su falta de habilidad para montar una retórica rimbombante y fraudulenta al viejo estilo priísta. Sus escasas e inconfesables nostalgias los aproximan (a los menos lerdos de ellos) al obispo Labastida (aquel que organizaba tedeums para el ejército imperial), al príncipe Félix de Salm-Salm (quien a pesar del apellido ridículo usaba una casaca chingoncísima bordada en oro), al ecuánime José Yves Limantour (banquero de banqueros y además con apellido francés) y a Ramón Corral (self made norteño que instrumentó el genocidio yaqui); difícilmente los acercan al cura ilustrado e indios Miguel, que puso en armas en 15 días a 25 mil indígenas, al irónico y lúcido Guillermo Prieto, quien tras haber cuidado de los dineros del país fue enterrado con un gabán al que le faltaban dos botones, o al iluminado Ricardo Flores Magón que llegó a decir que el abismo no le molestaba, que era más bella el agua despeñándose.
De tal manera que situados ante la incómoda obligación patria de celebrar el doble centenario (en México un gobernante puede comprar castillos en Francia, ser asesino, pedófilo, pero no ignorar las rutinas de las tradiciones), apelaron a sus escasos recuerdos de la educación primaria (Lujambio incluido) y los mezclaron con los viajes que habían hecho con sus papás a Disneylandia y con la otra gran tradición nacional, el estilo de los brujos del espectáculo más real que la realidad, según ha afirmado por los siglos de los siglos Televisa. Con este sorprendente material entre las manos, a trompicones les fue saliendo un seudo fastuoso conjunto de actos en los que se han consumido y habrán de quemarse, muchísimos millones, que incluyen partidos de futbol, renombramiento de calles ya nombradas, espectáculos pirotécnicos, exposiciones como las que se hacen en galerías inglesas, iluminación de santuarios en Guanajuato, celebraciones del águila calva, libros sobre la biodiversidad en Campeche y partidos de la NBA en Chihuahua (si Villa viviera capaz le entraba a tiros hasta al árbitro).
Y usaron al fiel compañero de toda propuesta televisiva, que Paul Joseph Goebbels ya les había diseñado: reiteración hasta el hastío.
II
Hace 100 años sólo gastó 20 millones de pesos, pero eran de los pesos de entonces. Y propietario de la locura senil del viejo régimen, Porfirio Díaz decidió tirar la casa por la ventana (total, si el país era suyo) y ofreció telégrafo gratis a los ilustres visitantes, iluminó la ciudad y organizó bailes en los que los ricos bailaban y los pobres miraban, y creó desfiles y arcos triunfales, y sacó a mil 200 mendigos y sifilíticos de la zona asfaltada con ayuda de la policía, y a los que no estaban bien vestidos no los dejó pasar a los festejos. Un compendio de derroche y buenas costumbres. De España retornó la casaca de Morelos y el Shah de Persia envió embajador. En el baile de Palacio Nacional se colocaron 30 mil estrellas eléctricas y sonó la campana traída de Dolores.
Por cierto que los jolgorios se iniciaron, en septiembre de 1910, con la creación de un asilo para locos, una cárcel y una estación sismográfica. Para que luego digan que en México lo simbólico no juega en primera división.
Hace 100 años y, sin embargo, uno no puede de evitar sonreírse ante el parecido de las maneras de entender la fiesta de la Independencia de aquel y de estos.
III
En esta repetición como farsa del pasado. ¿Lo que era farsa se vuelve superfarsa? El último acto de nuestros federales en esta poco sutil imitación porfiriana, fue una pieza peculiar: ¿Y por qué no pasear la osamenta nacional? Queda bonito, con cadetes del Colegio Militar en uniforme de gala. Sacar a pasear los restos de los caudillos de la Independencia.
Y los sacaron.
Pero más allá de las inexistentes virtudes del culto a los huesos, que no a las ideas, había algo torcido en la osamenta de esa urna.
El ceremonial se había producido originalmente en 1823, pero tenía un sentido profundo, reivindicar a Hidalgo, Morelos, Allende, Matamoros, Abasolo, Jiménez como autores de la Independencia, contraponiéndolos a la figura de Iturbide.
El 19 de julio 1823 se exhumaron los restos, en el panteón de Chihuahua, de Hidalgo, Allende, Aldama, Jiménez, y del panteón de San Sebastián, en Guanajuato, se sacaron de la tumba los cráneos de los cuatro fusilados. Por primera vez esqueleto y cráneos se reunieron. En el camino se recogieron los restos de Francisco Javier Mina y de Pedro Moreno. De Ecatepec fueron traídos a la ciudad de México los restos de Morelos.
Hay constancia de que se trataba de una sola urna con los restos mezclados. (una caja que se conducirá a esta capital, cuya llave se custodiará en el archivo del Congreso), no hubo mucho rigor en los desentierros, huesos mezclados, pérdidas. Poco después la urna se depositó en la capilla de San Felipe de Jesús y luego pasó al altar de los Reyes, siempre en la Catedral metropolitana.
Casi 100 años más tarde, en 1911, una exploración de los restos encabezada por funcionarios del Museo Nacional y probablemente ordenada por Porfirio Díaz, descubrió un gran desorden, donde encontraron un ataúd negro con cordeles, una urna negra vacía, una urna destrozada y una más cubierta por restos de albañilería.
Supuestamente se habían sumado a los restos originales a lo largo de los años nuevas osamentas, pero en el proceso se había producido más de un desastre:
Los restos de Matamoros fueron olvidados en el traslado original, más tarde supuestamente recuperados, pero faltando el cráneo, que luego y de nuevo supuestamente apareció muchos años después en manos de un presbítero, que dijo lo había guardado para que no lo dañaran los albañiles. Cráneo al que se grabaría una M con buril. Es muy posible que se encuentren desaparecidos los restos de Morelos, probablemente robados en la etapa imperial por su hijo Juan Nepomuceno Almonte. El que se dice era el cráneo de Hidalgo, sin duda no lo es, porque muestra un tiro de gracia y según narración de su ejecutor, Pedro de Armendáriz, la culminación de su fusilamiento en Chihuahua le fue dada por dos soldados poniendo la boca del fusil sobre el corazón; el cuerpo de Hermenegildo Galeana nunca llegó a la columna de la Independencia y desapareció de la lista de los caudillos de la Independencia, porque su cadáver decapitado había sido abandonado en pleno campo y fue enterrado por compañeros en las proximidades del salitral, cerca de Coyuca, y los que lo hicieron fueron capturados y luego fusilados, dejando en misterio el paradero. Otro tanto sucedió con la desaparecida urna que llegó en 1843 del panteón de Oaxaca con los restos de Vicente Guerrero. Y por si esto fuera poco, hay registro que otra de las urnas de cristal fue perdida en 1895. Para acabar con esta chapuza histórica los nombres enlistados en la columna fueron 12 y no 14 omitiéndose los de Víctor Rosales y Pedro Moreno. Habían quedado fuera, sin razones claras, los de Guadalupe Victoria, Albino García e Ignacio Rayón, junto a tantos otros que merecían el reconocimiento.
Y aun así, dispusieron el paseo.
Si querían poner orden en los desastres originales, no lo hicieron, no se intentaron los largos procesos de reconocimiento usando técnicas de reconstrucción facial a partir de los cráneos o el intentar pruebas de ADN (tedioso trabajo que implicaba buscar a los herederos). El INAH se limitó a darles tratamiento a los huesos antes de que se volvieran polvo y la reconstrucción histórica, y qué es lo que allí había... no se hizo pública. Eso sí, el secretario de Educación aseguró que toda la evidencia documental confirmaba la correspondencia entre los huesos y los 14 nombres. Y el Presidente se declaró regocijado.
Más allá que hay mucho más de Hidalgo en la anécdota que cuenta que trató de poner en armas a los comanches, que en sus huesos; que hay mucho más de Matamoros en las frases que pronuncia cuando lo van a fusilar reconociendo que a pesar de haber manejado los fondos de las columnas de Morelos no tiene dinero para que le corten el pelo y que pide como última voluntad a sus verdugos que lo hagan, que en su supuesto cráneo. Más allá de que los huesos se desvanecen y las ideas no, vaya chapuza.
Los obispos que odian a los gays
Jenaro Villamil

MÉXICO, D.F, 17 de agosto (apro).- Parafraseando a Carlos Monsiváis, a los obispos de la Iglesia Católica mexicana les está sucediendo algo que nunca previeron: o no entienden lo que está pasando o ya pasó lo que habían entendido. Hace dos décadas era inimaginable en un país de fuerte tradición católica que existiera una discusión como la que se dio en estos días en la Suprema Corte de Justicia de la Nación para avalar la constitucionalidad de las parejas del mismo sexo, de sus derechos similares a los del contrato matrimonial y de la posibilidad de adoptar hijos.
Ante la contundente derrota jurídica –ayer nueve de los 11 ministros respaldaron la constitucionalidad de la adopción por parte de matrimonios lésbicos o gays--, la reacción de los obispos fue furibunda. No defienden sus creencias, sino exhiben sus prejuicios. No muestran caridad alguna, sino una homofobia cerril. No argumentan, simplemente acusan sin prueba alguna. No tratan de convencer, sino de intimidar con un infierno que sólo existe en su mala conciencia.
Las palabras del cardenal Juan Sandoval Iñiguez lo retratan de cuerpo entero: “Los ministros de la Corte fueron maiceados por Marcelo Ebrard para avalar la adopción de menores por parte de matrimonios del mismo sexo”. Es decir, para él debatir sobre la constitucionalidad de los derechos de parejas gays o lésbicas no es una discusión jurídica, sino un acto de corrupción, que le ha valido un emplazamiento por parte de las autoridades del Distrito Federal y una censura de los ministros de la Suprema Corte.
“No sé si a alguno de ustedes les gustaría que lo adoptaran un par de lesbianas o un par de maricones. Creo que no”, abundó con tono apocalíptico. ¿Acaso ignora el señor Sandoval que la mayoría de las personas con orientación homosexual, lésbica, bisexual o transgénero se formaron en hogares heterosexuales? ¿Será que su examigo Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo se dedicó a abusar menores y a tener prácticas homosexuales o bisexuales porque fue adoptado por un par “de maricones” como le gusta decir con toda la carga de discriminación? Aquí no hay argumentos; simplemente la exhibición de una gran ignorancia que se encubre en una pobreza de lenguaje extrema.
Pero la imaginación de don Sandoval Iñiguez es ilimitada: “No es natural, claro que no. Imagínate a la pobre criatura que esté allí: ¿a quién le dice papá y a quién le dice mamá? Cuando los vea en sus prácticas, pues él también se va a pervertir, va a seguir ese camino”. Supone el cardenal de Jalisco que todos los niños son vouyeristas. ¿Qué habrá sucedido con las personas gays o lesbianas? ¿Será que se escondían en un clóset y no entendieron cuáles son las “prácticas naturales”?
Para hacerle segunda, el vocero de la Arquidiócesis de México, Hugo Valdemar fue un poco más astuto. Su homofobia se disfrazó con una comparación al crimen organizado, como si ambos formaran parte de peligrosos cárteles de la inmoralidad.
“El (Marcelo Ebrard) y su gobierno han creado leyes destructivas de la familia, que hacen un daño peor que el narcotráfico. Marcelo Ebrard y su partido, el PRD, se han empeñado en destruirnos”, afirmó Valdemar.
El vocero del cardenal Norberto Rivera, quien por ahora ha guardado silencio público, hizo la siguiente reflexión frente al debate de los ministros:
“La Suprema Corte está para hacer justicia y tal parece que no cumplió con su labor, porque debió haber prevalecido el bien superior del niño, que tiene derecho a tener un padre y una madre, y no el supuesto derecho de estas parejas de poder adoptar”.
Justamente fue la preocupación por el bienestar de los infantes lo que motivó a varios ministros a tener una posición muy distinta a los prejuicios de quienes, por cierto, administran orfanatos y nadie los ha acusado de “antinaturales”.
La ministra Margarita Luna Ramos lo dijo con contundencia: “El problema de la adopción no es un problema de género, sino de personas idóneas para la integración de los menores”. Incluso, la ministra advirtió sobre los posibles fenómenos de discriminación en las escuelas, pero fue más optimista que apocalíptica:
“Puede haber cierto rechazo para alguno de los niños, no lo podemos dejar de reconocer, pero estos son fenómenos de transición que tienen que darse dentro de nuestra sociedad y son precisamente producto de su misma evolución, y toda evolución tiene un comienzo que se da por lo regular a través de una ley que reconozca una realidad”.
Esta es la realidad que no quieren admitir los jerarcas católicos: sectores crecientes de la sociedad han cambiado de una manera contraria al dogmatismo de El Vaticano en materia sexual. Cada vez hay mayor aceptación y apoyo a aquellas familias formadas sólo por la madre o por el padre, y existen parejas del mismo sexo que funcionan igual o mejor que los modelos heterosexuales. Su preocupación no es la orientación sexual, sino el reconocimiento de sus derechos civiles.
Al día siguiente de la votación de la Suprema Corte, la Conferencia del Episcopado Mexicano emitió un comunicado para respaldar a Sandoval Iñiguez y al vocero de Norberto Rivera. Para el organismo que aglutina a los más de 100 obispos mexicanos, existe “intolerancia” ante las opiniones de los ministros católicos.
Los obispos ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. ¿Avala la CEM las afirmaciones de Sandoval? ¿Realmente creen que expandir los derechos civiles en el Distrito Federal es más peligroso que el narcotráfico? ¿Cuántas fosas comunes morales se requieren para mandar al infierno a quienes no piensan como ellos?
La jerarquía está enferma de odio. Y ese es el principal problema frente a un debate jurídico y moral como el que se ha generado. Nadie discute el derecho de los creyentes católicos a estar en contra de las parejas del mismo sexo y su posibilidad de adopción. Lo que se discute es que ellos no tienen ni la autoridad civil ni la credibilidad social para imponer sus criterios y su uniformidad moral a todos hombres y mujeres que viven de forma diversa, por minoritarios que sean.
Dios salve a México de sus cardenales

BERNARDO BARRANCO V.

La democracia moderna, tenemos que recordarlo, es un proceso social en permanente construcción. Tiene que aspirar a la inclusión de todas las voces, especialmente de sus minorías y a la participación de todas las posturas, incluyendo las de los ministros de culto. Algún día nuestra democracia se abrirá para que los ministros de culto expresen sus ideas y posicionamientos políticos y sociales, como ocurre actualmente y de manera natural en otros países, sin embargo, mientras esto no suceda la jerarquía católica debe acatar el orden social y jurídico que los mexicanos hemos venido construyendo.
Las declaraciones del cardenal Juan Sandoval Íñiguez, el domingo pasado, representan un preocupante posicionamiento, porque al presumir maiceo y corrupción de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, sin pruebas ni sustento alguno, vulnera la solidez y el carácter republicano de las instituciones. El otro cardenal, Norberto Rivera, mediante su vocero, Hugo Valdemar, quien señaló que las iniciativas de Marcelo Ebrard, jefe de Gobierno de la ciudad de México, son nocivas, impulsa leyes destructivas que son más dañinas que el narcotráfico, refiriéndose a la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo en el Distrito Federal y su derecho a adoptar menores. Y lo amenazan con punición electoral, para que laicos en la capital del país hagan las acciones que tengan que hacer y generar conciencia de quién es el autor de todo esto, sostuvo el sacerdote. Con justa razón, los integrantes de la Corte respondieron de inmediato a los ministros de culto, con un voto de censura inédito, defendiendo el carácter laico del Estado mexicano. Independientemente de la postura de cada uno frente al tema, es necesario afirmar el carácter autónomo e independiente de la Corte, en la división de poderes, así como el paso trascendental para garantizar la igualdad entre los mexicanos, la no discriminación, cultivar el principio de tolerancia y respeto al otro, a sus prácticas y preferencias de pareja.
El domingo el cardenal Sandoval, con su declaración aparatosa, lanzó un misil cuyo objetivo era presionar el fallo de ministros de la Corte, sobre todo en el tema de las adopciones. Sin embargo su diatriba provocó justamente lo contrario y la forma en que se posicionó fue reprobada por una buena parte de la opinión pública, así como de diversos actores políticos. Estamos lejos de un arrebato verbal en que, en un supuesto arranque de ira, el cardenal perdió la cabeza ofendiendo con la rusticidad que le ha caracterizado. No es la primera vez que utiliza el peyorativo maricón para caricaturizar a los homosexuales. Nos remontamos justo hace trece años y le escuchamos una idéntica declaración: Imagínense si alguno de ustedes es adoptado por un par de maricones. ¿A quién le van a decir papá y a quien le dirán mamá? (Mural, 20/10/97); maricón se usa como insulto irrespetuoso con los significados del hombre homosexual, aunque en Chile la expresión se utiliza en aquellas personas que actúan a traición o sin piedad; en México, maricón es un adjetivo y sustantivo de carácter peyorativo de muy mal gusto; originalmente aumentativo de marica, a su vez diminutivo de María, nombre de la madre de Jesús de Nazaret. Seguramente el cardenal Sandoval desconoce que las raíces de esta vulgar expresión están precisamente en María, madre de todos los modelos de feminidad, según él, y a quien le ofreció un largo capítulo lleno de apasionadas y piadosas reflexiones en su reciente libro: El verdadero rostro de cardenal.
Con toda razón, ONG y colectivos sociales protestan y lamentan que personajes de poder como el cardenal Sandoval se refieran de manera ofensiva a los grupos de diversidad sexual, ya que ello fomenta discriminación, la intolerancia y el odio. Don Juan Sandoval no aprende, justamente estas organizaciones de homosexuales, lesbianas, de mujeres, indígenas, académicas y de derechos humanos sumaron más de 6 mil 500 quejas, ante la CEDHJ, y realizaron movilizaciones masivas que agrietaron en abril de 2008 la pomposa megalimosna aprobada por el gobernador de Jalisco, de 90 millones de pesos que Emilio González, el góber piadoso, decidió entregar a la arquidiócesis de Guadalajara para contribuir, con dinero público, en la construcción del fastuoso santuario cristero proyectado en el Cerro del Tesoro, en Guadalajara.
No es la primera vez que los cardenales Rivera y Sandoval violan el ordenamiento jurídico de nuestro andamiaje normativo. Hablan en nombre del pueblo mexicano como representantes oficiosos cuando no tienen ascendencia real ni contacto efectivo son su propia feligresía; les encanta aparecer en el exterior como nuevos mártires de la fe; pueden llegar a confundir a su propia grey cuando exaltan las tensiones del derecho positivo imperante en el orden social existente en México y el derecho natural, cuyo fundamento es divino. ¿Quién va discutir con Dios? Sin embargo, debe prevalecer la moderación; a nadie beneficia la polarización de sus actores ni, mucho menos, abrir un nuevo capítulo de descalificaciones, chantajes y culpabilizaciones en el embrollado escenario político mexicano.
El cardenal Sandoval se fue por la libre. Volvió a abrir la caja de Pandora. Si algún avance había en las negociones de la CEM con la legislatura en torno a la libertad religiosa y definir, así, el carácter laico en la Constitución, pues ahora tendrá que remar a contracorriente, porque el cardenal Sandoval, ya en edad de retiro, además de confrontarse una vez más con los nuevos movimientos de minorías emergentes, ha reactivado los argumentos de un nuevo anticlericalismo mexicano pujante y complejo que me gustaría abordar en futuras colaboraciones.