VIOLADORES DE DERECHOS H.

16/08/2010

Militares desmoralizados
Jorge Carrasco Araizaga

MÉXICO, DF, 13 de agosto (apro).- La recomendación de la CNDH a la Sedena y a la PGR por el asesinato de los dos estudiantes del Tecnológico de Monterrey ratificó lo innegable: el Ejército es uno de los principales violadores de los derechos humanos en México y el gobierno de Felipe Calderón ahonda las ilegalidades para ocultarlo.
El señalamiento cayó en mal momento para el Ejército, pues al interior de esa fuerza es cada vez más compartido el desánimo por el desgaste que ha tenido en el gobierno de Calderón.
Los militares no sólo saben que no van ganando lo que inicialmente se llamó “guerra” al narcotráfico, sino que en extensas zonas del país se rechaza su presencia por los abusos a los derechos humanos que han cometido efectivos del Ejército al amparo del combate a la delincuencia organizada.
Ni siquiera la sospechosa ejecución de uno de los jefes del cártel de Sinaloa, Ignacio Nacho Coronel, en un operativo realizado por el Ejército, el 29 de julio pasado, elevó la moral de aquellos jefes y oficiales que aún tienen años de carrera militar por delante y sobre quienes seguirán pesando los señalamientos en su contra como violadores a los derechos humanos.
Aun cuando ningún militar sea procesado por la justicia civil por las violaciones cometidas en la gestión de Calderón –como es casi seguro que así sea–, en los próximos años el Ejército cargará con acusaciones como las documentadas por la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) en el asesinato de los dos estudiantes del Tecnológico de Monterrey, en marzo de este año.
A pesar de los obstáculos del propio Ejército, la PGR y la Procuraduría General de Justicia de Nuevo León, el organismo determinó que el doble asesinato se debió al uso arbitrario de la fuerza por parte de la unidad “Néctar Urbano 4”, al mando de un comandante identificado por la CNDH como AR2, quien iba al frente de 19 efectivos.
Si bien la Comisión no pudo definir quiénes fueron los responsables de la muerte de los estudiantes Javier Francisco Arredondo Verdugo y Jorge Antonio Mercado Alonso, precisamente porque esas dependencias le regatearon la información, quedó clara la manera en que las autoridades castrenses y las civiles federales y estatales trataron de encubrir a los militares implicados.
Se alteró la escena de los hechos, se les sembraron armas a las víctimas, se ocultó información, se dieron datos falsos y se intentó manipular a la opinión pública para hacer ver a los estudiantes como miembros del grupo de delincuentes con los que se enfrentaron los elementos del Ejército en las inmediaciones del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, campus Monterrey.
Al igual que las procuradurías estatal y General de la República, el Ejército debe responder en 15 días a las recomendaciones de la CNDH, hechas públicas el 12 de agosto, respecto al establecimiento de las responsabilidades y sus sanciones.
La “guerra” en que los metió Calderón ha resultado demasiado costosa para los militares. No sólo para el Ejército. También lo será para la Armada de México. El creciente protagonismo de sus infantes de Marina comienza a ser un lastre en violaciones a los derechos y dignidad humana.
A los militares no les queda más que defender a Calderón hasta el último día de su gobierno. No sólo por respeto a la institucionalidad, sino porque al hacerlo se protegen a sí mismos.
De otra manera no se puede entender lo dicho el pasado viernes 13 por el director del Colegio de la Defensa Nacional, el general Roberto Gustavo García Vergara:
“Que quede claro, esta guerra también se está ganando, porque todos podemos, porque nos asiste la ley y la razón, pero más que nada porque nadie, nadie tiene el derecho a rendirse, nadie tiene opción para desviar el rumbo y mucho menos a perder la fe en México y en su presidente”.
El general García Vergara no sólo habló para el exterior. Lo hizo para quienes dentro del Ejército ven más desaciertos que éxitos en la “guerra” a la que los mandó Calderón.
Jesús Ortega y la claudicación del PRD
Miguel Ángel Granados Chapa

MÉXICO, D.F., 16 de agosto.- Al estilo de la señorita pueblerina que accede a bailar en una fiesta pero pide hacerlo “despacito, porque estoy de luto”, Jesús Ortega saludó de mano al presidente Felipe Calderón pero no lo vio a los ojos. Entornándolos, huidizos, el dirigente nacional del PRD faltó de ese modo a la resolución del X Congreso del PRD, celebrado hace tres años, en agosto de 2007, que ordena no reconocer bajo ninguna circunstancia a Calderón como presidente ni entablar negociación o diálogo con él.
Con su equívoca, sinuosa actitud ante Calderón, parecería que Ortega cumplía un acuerdo no divulgado con César Nava, con quien pactó las alianzas para el 4 de julio pasado. Y consumaba la posición de Nueva Izquierda, que desde siempre se opuso a que el partido ratificara la decisión de la Convención Nacional Democrática, que el 20 de noviembre de 2006 consideró a Andrés Manuel López Obrador presidente legítimo de México, y espurio a Calderón. La resolución del congreso perredista no utilizó esas palabras, pero fue asumida claramente en el mismo sentido.
Automáticamente, sin tener que decirlo, la resolución exceptuó a los gobernantes perredistas de no dialogar ni negociar con Calderón. Se entendió que sus responsabilidades institucionales, el hecho de ejercer funciones que comprenden a toda una entidad, los ponían al margen de la obligación de desconocer al presidente y, al contrario, se admitió como prudencia política su aproximación al Ejecutivo federal. Así lo hicieron, unos con mayor entusiasmo que otros, Amalia García, de Zacatecas; Narciso Agúndez, de Baja California Sur; Leonel Godoy, de Michoacán; Zeferino Torreblanca, de Guerrero, y Juan Sabines, de Chiapas. Aunque expuso que no se tomaría nunca la foto con Calderón, y perseveró en ese propósito, Marcelo Ebrard estaba obligado constitucional y legalmente a abordar con el presidente las designaciones del procurador de justicia y del secretario de Seguridad Pública.
Al paso de los años, la excepción cubrió también a quienes desde el Congreso, en ejercicio de responsabilidades constitucionales, debían tratar con el Ejecutivo. Ese fue el caso de Ruth Zavaleta y de Carlos Navarrete, cada uno de los cuales fue presidente de las cámaras, de diputados y de senadores.
Pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Al acudir a la invitación presidencial a dialogar sobre seguridad, Ortega faltó de modo flagrante (a pesar de su renuencia facial) a un acuerdo de congreso del partido que encabeza. Se puede disentir y aun mofarse, dentro del PRD, de esa decisión, pero está firme y tiene tal vigencia que Alejandro Encinas (que disputó con Ortega la presidencia del partido) se amparó en ella para abstenerse de acudir a la misma reunión en que Ortega, llegando tarde, hizo más visible su saludo al presidente.
La situación del PRD y del Dia, la alianza a la que pertenece, así como la posición del principal perredista, que todavía lo es López Obrador, constituyen el marco de la actitud de Ortega, que puede costarle el cargo al que llegó tan trabajosamente y con los auspicios del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, y, lo que es peor, la pérdida del papel rector de la izquierda que el PRD ha llegado a tener. Y aun de su existencia misma.
Ortega vive una posición paradójica. Si bien su apuesta por las alianzas con el PAN resultó en general exitosa, tuvo un costo alto, por la resistencia que aun en los sectores moderados de su partido suscita el acercamiento político con la derecha explícita. A pesar de esa renuencia, el proceso electoral dejó fortalecido a Ortega. Pero ha ido quedándose solo, y su fuerza en los órganos de dirección partidarios tiende sistemáticamente a disminuir. Sería exagerado decir que Nueva Izquierda ha quedado desmantelada, pero no lo es afirmar que ha sufrido mermas considerables. La fuerza de esa corriente en el Distrito Federal ha girado en la última década en torno del senador René Arce y su hermano el diputado Víctor Círigo, que abandonaron a “los Chuchos”. También en el entorno cercano a Ortega se han producido bajas. Renunció a Nueva Izquierda el senador colimense Carlos Sotelo, y el presidente de la mesa directiva del Senado, Carlos Navarrete, se propone festejar ruidosamente la conclusión de su cargo en Xicoténcatl para mostrarse equiparado, ya no sometido a Ortega, y aun con mayores posibilidades que él para encabezar los restos de Nueva Izquierda o para aspirar a candidaturas de alto nivel.
Aunque fue presidente del partido –en los momentos en que Ortega adquirió el control del aparato perredista–, López Obrador es cada vez menos perredista. Cuenta mucho más con el PT para la promoción de su movimiento que con el PRD, del que no se ha marchado explícitamente en espera de las decisiones del año próximo. Ostensiblemente no ha querido militar en el partido encabezado por Ortega, al punto de que un día de estos los perredistas tendrán que optar por mantener a Ortega en el mando partidario o establecer condiciones que favorezcan la reaproximación de López Obrador. Ortega no se atrevió a enjuiciar con miras a su expulsión al excandidato presidencial, por su apoyo a un partido distinto al suyo, que en varios casos, como el paradigmático de Iztapalapa, contendió contra él. Pero Ortega ha desnudado su oposición a López Obrador. En el acto mismo en que reconoció a Calderón, en el campo Marte pronunció palabras que cuadran a muchas personas pero que en sus labios y en el contexto en que las dijo parecían destinadas a López Obrador, uno de los “fatuos e insolentes que hablan a nombre del pueblo”, pues esa es la imagen que Nueva Izquierda tiene de su todavía compañero de partido.
La decisión de rehacer el padrón perredista está mostrando la división o la escualidez del PRD. Sea por deficiencias técnicas, sea porque la militancia está decepcionada, la reinscripción camina lentamente, si es que camina. Una hipótesis contraria a Ortega es que los perredistas refrendarán su participación en el partido una vez que el líder nacional haya dejado de serlo, por lo cual las corrientes que se avinieron a aceptarlo como dirigente pese a las vicisitudes de su elección pretenderán forzarlo a retirarse cuanto antes, antes de diciembre como estaba pactado y, desde luego, antes de marzo en que se cumplen tres años de su discutida elección.
AMLO se internacionaliza
VÍCTOR FLORES OLEA

Tiene plena razón Marcelo Ebrard: ha quedado plenamente probado el complot contra López Obrador en 2006.
En su segundo artículo, El gigante de las siete leguas, Fidel Castro habla del incidente de Carlos Ahumada que llega a Cuba para eludir una orden de aprehensión en México, destino sugerido por Carlos Salinas y sus empleados y, sobre todo, la contundente revelación de que los famosos videos filmados en las oficinas de Ahumada, donde René Bejarano y otros funcionarios reciben puñados de dólares que se embolsan, y que fue una de las más duras maniobras en contra de López Obrador previa al intento de desafuero, fue urdida de manera directa por Carlos Salinas, Diego Fernández de Cevallos, Santiago Creel y Rafael Macedo de la Concha.
La respuesta de nuestro gobierno a esta denuncia de graves ilícitos resulta uno de los momentos más bajos de la política exterior mexicana: en vez de comprometerse a investigar una denuncia plausible, no sólo por la palabra del ex presidente Fidel Castro, sino por las circunstancias que la precedieron, se da una respuesta casi soez. Obviamente este aspecto del par de artículos de Fidel sobre López Obrador surge de las revelaciones que hizo Carlos Ahumada cuando fue detenido en Cuba para su extradición.
En vez de una mínima disposición a salvar la cara como un país respetuoso de las leyes, la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) se limita a decir que el comandante pretende descalificar a las instituciones mexicanas y se hace eco de afirmaciones sin sustento del país y su desarrollo. Estamos ante un caso tan grave y tan grotesco como el de comes y te vas, en que el gato juega con el ratón, en este caso un pobre ratoncillo de caricatura en el último de sus refugios.
Fidel Castro no pretende nada, simplemente expone hechos que, al menos, debieran traducirse en una mínima intención de investigar. Pero ¡no!, lo último que tiene presente este gobierno de ratoncillos es el cumplimiento de la ley, ni siquiera la remota voluntad de hacerlo.
Respuesta de la SRE tanto más insolente que, acto seguido a su rechazo, se permite propinar a Cuba una leccioncilla electoral y sobre derechos humanos para terminar con una zalamera felicitación al comandante por sus 84 años. ¡Para que se le caiga la cara de vergüenza a cualquiera! Todavía me pregunto: ¿esta respuesta indigna fue pergeñada en la SRE o en Los Pinos?
Pero volvamos al hecho de que el comandante haya dedicado dos largos artículo al libro de Andrés Manuel López Obrador La mafia que se adueñó de México… y el 2012. Las voces ya se desgañitan y seguirán adelante: el beso del diablo, “… no me ayudes compadre”, etcétera. En vez de meditar las líneas de Fidel “se confirma que AMLO es un peligro para México…”, y al infinito.
Por mi parte, quedo impresionado por la mesura de Fidel Castro al tratar un asunto tan escandaloso de la realidad mexicana (el gran saqueo que ha sufrido el país por las mafias nacional e internacional asociadas). Hasta para Fidel Castro resulta una relativa sorpresa el análisis de López Obrador cuando dice “la forma en que Estados Unidos devora a dentelladas un país hermano de este hemisferio, al que ya una vez arrebató más de 50 por ciento de su territorio, las mayores minas de oro con altísima ley, y la riqueza petrolera explotada intensamente durante más de un siglo, de la que se extraen todavía casi 3 millones de barriles diarios…”
El libro es una valiente e irrebatible denuncia contra la mafia que se apoderó de México, y concluye: “López Obrador será la persona de más autoridad moral y política de México cuando el sistema se derrumbe (…) Su contribución a la lucha por evitar que el presidente Obama desate esa guerra será de gran valor”.
Pero Fidel no cierra su análisis sin señalar tres vacíos en el libro de marras: el silencio sobre el letal mercado de drogas que causa tantas muertes en México y Estados Unidos; la importancia central del destrozo ecológico, que pone en riesgo al planeta Tierra, y el silencio respecto del nuevo peligro nuclear por las tensiones entre Irán e Israel, propiciadas por Estados Unidos.
El hecho es que el nuevo libro de Andrés Manuel López Obrador ha levantado ámpula no sólo en el país, sino ante la mirada de un líder como Fidel Castro. Es verdad, AMLO deberá esperar todavía una catarata de insultos por el hecho de que el líder cubano lo reconozca a ese grado, pero también ese reconocimiento hará meditar a muchos sobre su capacidad de resistencia y dotes de liderazgo.
Esto es indispensable para asegurarnos de que en 2012 fracasen las trapacerías que ya han comenzado. Si los mexicanos se vuelcan a las urnas exigiendo el cambio, las trampas de la mafia serán más difíciles y México logrará un impresionante cambio democrático. Eso sí, no dejar sin vigilancia ninguna casilla electoral, que fue una de las debilidades mayores en 2006.
Estamos ante una oportunidad única de que México demuestre que a pesar de las prohibiciones del imperio y de la oligarquía, la voluntad mayoritaria del país puede y debe imponerse. Tal es el corolario más importante que se desprende de este comentario tan oportuno y contundente de Fidel Castro