ESTE PAIS

17/09/2010

México insurgente
JORGE CAMIL

Las recientes declaraciones de Hillary Clinton, que le valieron críticas de tirios y troyanos dentro y fuera de Estados Unidos, no son un tema nuevo. El 25 de enero de 2008, cuando la guerra contra el crimen organizado comenzaba apenas a tomar fuerza, Time publicó un reportaje titulado “La narcoinsurgencia mexicana”. En él se comentaban los alarmantes niveles de violencia, y se describía a los sicarios arrestados en los operativos del gobierno como soldados de un Estado enemigo; la publicación los narra erguidos frente a los medios, con chalecos antibalas y posando detrás de los arsenales confiscados; filas interminables de armas cuidadosamente ordenadas, para mostrar que sus propietarios formaban parte de unidades militares: rifles de alto poder, pistolas, lanzagranadas y chalecos antibalas. Hoy el gobierno, que los ha caracterizado en cierto modo como fuerzas de oposición, se duele de las declaraciones de Hillary. Felipe Calderón las consideró descuidadas y poco serias.
No obstante, un alto funcionario de la DEA advirtió desde 2008 que la guerra había tomado un curso totalmente diferente: ahora se trata de matanzas indiscriminadas, para advertirle al gobierno que no interfiera y mostrar quién tiene el control. Time describió la formación de Los Zetas como una unidad paramilitar entrenada en el manejo de armamento sofisticado y equipos de comunicaciones: una estrategia que pronto sería imitada por el cártel de Sinaloa, confirmando la tesis de que se había desatado una narcoinsurgencia contra el Estado mexicano. Tres años y 28 mil muertos después, además de la inesperada aparición de coches bomba, el reto al gobierno mexicano continúa fortaleciéndose. Por eso Hillary expresó en el Foreign Affairs Council lo que todos sabemos: que “los cárteles mexicanos constituyen una insurgencia con poder para retar al gobierno en amplios espacios de su propio territorio”.
Y aunque en Univisión y CNN Calderón se vanaglorió de que Obama y el subsecretario de Estado, Arturo Valenzuela, hubiesen intentado matizar las declaraciones de Hillary, asegurando que México no es la Colombia de los 80, y que gozamos de un gobierno estable y democrático, la realidad es que un día después el gobierno de Estados Unidos ordenó la salida inmediata de las familias de funcionarios consulares en las zonas de conflicto.
Alejandro Poiré, secretario del Consejo de Seguridad Nacional, y la canciller Patricia Espinosa defendieron, como era su deber, la tesis de que México no es un Estado fallido (el verdadero fantasma escondido tras las declaraciones de Hillary), aunque el propio Calderón haya reconocido en un par de ocasiones (la primera en Madrid en 2008) que el narco había comenzado a oponer su propia fuerza a la fuerza del Estado, a oponer su propia ley a la ley del Estado, e incluso a recaudar impuestos contra la recaudación oficial. Perdón, señor Presidente: si ese fenómeno no es el embrión de un Estado fallido, ni tampoco evidencia flagrante de una fuerza insurgente, ¿qué es?
Estoy en desacuerdo total con las aclaraciones diplomáticas del subsecretario Valenzuela: de lo que estamos hablando es de una escalada de violencia por las organizaciones criminales: no de una insurgencia (¿recuerda al cómico que imitaba al vocero de Fox y salía en televisión aclararando los disparates presidenciales?: “lo que Chente quiso decir…”) En todas partes se cuecen habas, sólo que Hillary es demasiado inteligente y bien informada para decir disparates (estoy seguro de que ella misma ordenó la salida de los familiares de funcionarios consulares en las zonas de riesgo, ¿o deberíamos hablar de zonas de insurgencia?).
“Lo de México –aclaró Valenzuela– no es una insurrección de un grupo militarizado (…) que está intentando tomar el Estado por razones políticas”. La frase contiene tres juicios de valor equivocados: si el embate contra el gobierno mexicano no es una insurrección, ¿cómo podríamos calificarlo? Y si cárteles armados con poder de fuego superior al del Ejército no son grupos militarizados, ¿qué son? Valenzuela también se equivoca en lo concerniente a la ausencia de motivos políticos. Los cárteles van más allá de una simple toma del poder: ¡están creando un Estado paralelo!
Hace cinco meses publiqué en La Jornada (16/04/10) un artículo titulado precisamente así: “El narco, un Estado paralelo”. Ahí reconocí que el narco se prepara: “armado hasta los dientes y apoyado por ex militares, asesores legales y financieros, conocimiento de los mercados, y con decenas de millones de dólares que ingresan a sus arcas diariamente (…) los capos parecen preparados para dar la batalla final”. Reconocí que lo sucedido hasta hoy eran meros escarceos, y que los cárteles solamente miden el poder de fuego, el calibre de las armas, la estrategia, la organización y la resolución de combatir de las fuerzas armadas.
En 1913 el periodista estadunidense John Reed publicó México insurgente, su famoso reportaje sobre los orígenes de la Revolución Mexicana. Parece que 100 años después pudiésemos estar a punto de repetir la historia.
El Superbowl
LUIS JAVIER GARRIDO
¿Qué nuevas amenazas para el país subyacen tras los fracasados festejos del gobierno de la derecha al tratar de montarse sobre la conmemoración de una revolución de Independencia en la que no cree y con la que una vez más ha buscado engañar a los mexicanos?
1. Los llamados festejos del bicentenario del inicio de la revolución de Independencia constituyeron un nuevo agravio al pueblo de México, tanto por la corrupción y la ineptitud con las que el gobierno panista dilapidó cerca de 3 mil millones de pesos en su intento de tornarlos un espectáculo mediático indigno, como por su intento de utilizar la conmemoración para llevar a cabo una campaña propagandística a fin de tergiversar los hechos históricos y el sentido del aniversario, pero tras esos fracasados festejos ahora aparecen nuevas amenazas que no pueden ocultar los fuegos artificiales con los que en vano se buscó engañar al pueblo, y que evidencian que se busca profundizar aún más las mismas políticas antinacionales y antipopulares que han sido el agravio principal en este sexenio.
2. Los festejos estaban ya desacreditados desde meses atrás por el hecho de que los estaba organizando un gobierno que no fue elegido por el pueblo de México y que en poco menos de cuatro años no ha ocultado su empeño en comprometer la independencia de la nación entregando el petróleo y los recursos estratégicos a multinacionales extranjeras, y cediendo atribuciones soberanas a Washington, lo mismo en lo relativo a la definición de las políticas económicas y sociales que en materia de seguridad interna al aceptar, con el pretexto de la supuesta “guerra contra el narco”, que le fue impuesta a Calderón desde Washington, la intervención de agencias estadunidenses lo mismo en fronteras, aduanas y costas que en el control de las policías y fuerzas armadas, pero tras haberse llevado a cabo los festejos emergen las motivaciones de la derecha para haberse puesto el manto de un fervor patrio que detesta.
3. La derecha calderonista, como resulta evidente, aceptó aparecer, aunque sin mucha convicción, durante los festejos conmemorativos, como un grupo nacional (y no como una mafia que intenta responder a intereses del extranjero) en su afán de poder conservar ese pequeño margen de maniobra que cree tener para proseguir gobernando el país tras el 2012, pero la naturaleza de los festejos ha acabado por desnudar aún más su verdadero propósito que es el de acelerar la imposición en México de los proyectos neoliberales a fin de terminar con todo vestigio de independencia en nuestro país y poder subordinar el destino de México a los intereses de Washington y del gran capital al que se han ido asociando.
4. Los festejos del bicentenario se llevaron a cabo, en consecuencia, en medio de una gran tensión y con el centro de la capital prácticamente en un estado de sitio, culminando la que ha sido la tendencia de los últimos gobiernos neoliberales: efectuar las ceremonias con una Plaza de la Constitución semivacía, cercada por las fuerzas armadas y en la que militares vestidos de civiles se sitúan frente a Palacio Nacional, de manera que el pueblo no pueda ingresar sino muy difícilmente. Las autoridades panistas conminaron a la gente a lo largo del día a desistir de su empeño de ingresar a la plaza y ver mejor el acto por televisión, ya que sólo tendrían acceso a ésta 60 mil personas, según advirtió Alonso Lujambio (titular de la SEP) y uno de los principales responsables del desastre, aunque todo mundo sabe que ésta tiene cupo para varios cientos de miles. No es de extrañar, por consiguiente, que tornada en show, la ceremonia resultara un fiasco, al pasar carros alegóricos indignos de un festival de secundaria o, como señalaba El Universal en línea el día 16, cuando a las 21:50 los asistentes dieran la espalda al templete ante un espectáculo que no prendía y clamaran fraude, fraude.
5. La que en el pasado era una fiesta de honda tradición cívica y popular quedó reducida de tal suerte por el gobierno de la derecha a un espectáculo televisado de corte hollywoodense y de escasísima calidad, organizado además por una compañía estadunidense, con lo que el gobierno de Calderón dio una vez más muestras de su ineptitud y corrupción hasta para organizar un show mediático. El que quiso presentar como un espectáculo equiparable a las Olimpiadas de Pekín no pasó de ser el mediocre show de un partido del Superbowl, con el pueblo ciudadano, que era antaño el principal actor del festejo, rebajado al rango de televidente cautivo.
6. El propio Felipe Calderón no ocultó en el curso de los festejos, en un gazapo muy ilustrativo, lo que pretenden hacer de México quienes están detrás de él. De lo que se trata, dijo en el discurso oficial que pronunció la mañana del 16 de septiembre, con palabras de resonancia hitleriana, aludiendo a la depredación que ha llevado a cabo de la Constitución, de las instituciones del Estado y sobre todo de la vida de los mexicanos, después de destruir el viejo orden (es decir al Estado surgido de la Revolución Mexicana), es el construir un nuevo orden.
7. Los festejos de los 200 años del inicio de la revolución de Independencia mostraron así cuál es la verdadera naturaleza del gobierno que se instauró en México en 2006 por la vía del fraude y de la violencia.
8. Esta grave crisis de las instituciones nacionales la ilustró mejor que nadie el general Guillermo Galván Galván (titular de la Sedena), quien el 13 de septiembre, en un discurso fuera de tono y pasando por encima tanto de las facultades que la Constitución confiere al Ejecutivo y al Legislativo como de las que a su vez son sus limitadas atribuciones, reiteró de manera enfática que con base en sus análisis estratégicos las fuerzas armadas no dejarían la guerra que supuestamente libran contra el narcotráfico, pues ello sería contraproducente, queriendo ignorar que las políticas en materia de seguridad nacional no son constitucionalmente de su competencia, como tampoco le corresponde sustituir al Ministerio Público Federal en la persecución de los delitos, ni mucho menos dictar las políticas generales del Estado.
9. El gobierno de facto de Calderón está, sin embargo, cada vez más aislado en América Latina. Ese aislamiento internacional quedó evidenciado con el desaire que le hicieron a sus festejos los jefes de Estado de los principales países, y en especial los gobernantes latinoamericanos, pues a los actos del 15 y el 16 sólo asistieron el presidente Juan Manuel Santos, de Colombia, quien busca ser identificado como el líder de la derecha en el continente, y el mandatario hondureño Porfirio Lobo, tachado como Calderón de ilegítimo, junto con dos o tres jefes de Estado centroamericanos más.
10. Los festejos del nuevo centenario, como los de hace 100 años, no han hecho por todo más que evidenciar la naturaleza del poder político que hay en México y situar al pueblo ante la gravedad de la situación que prevalece.

Fiesta del miedo
José Gil Olmos

MÉXICO, D.F., 15 de septiembre (apro).- Con tristeza y miedo, México celebra los 100 años de la Revolución y los 200 de haber logrado su Independencia.
El mismo día de las fiestas patrias, ocho ciudades del norte del país cancelaron los festejos, mientras que en el Zócalo del Distrito Federal –el centro histórico y político de la nación– miles de policías, francotiradores y soldados, más que desfilar, vigilaron que no ocurriera algún atentado por parte de la delincuencia organizada, convertida en un grupo de poder capaz de poner en entredicho al presidente de la República y al propio Estado mexicano.
El recuerdo que los mexicanos tendrán de esta celebración es que fue todo lo contrario a lo que se esperaba.
“No hay nada que celebrar”, fue el comentario que por semanas se escuchó entre la gente, desalentada por los años violentos que se han vivido, sobre todo en algunos estados en los que el crimen organizado ha desplazado a las autoridades de gobierno y de seguridad pública, irguiéndose aquel como única autoridad.
Aunque el mandatario de Estados Unidos, Barack Obama, rectificó días después, las palabras de la secretaria de Estado de ese país, Hillary Clinton, quedaron retumbando en el gobierno de Felipe Calderón cuando dijo que en México los grupos del narcotráfico tienen tintes de “insurgencia”.
Y no es la primera vez que desde el gobierno de Washington hacen una declaración de ese tipo en torno de la situación que priva en México. En enero de 2009, J. N. Mattis, general, US Marine Corps Commander y US Joint Forces Command del Departamento de Defensa de Estados Unidos, se refirió a México como “Estado fallido”.
Los principales dirigentes políticos del gobierno y del Congreso, así como articulistas oficiales, salieron en defensa de la patria, pero nadie pudo rebatir los datos que sostenían esta percepción: 28 mil muertos en la lucha por el control del narcotráfico por parte de los principales cárteles, decenas de zonas controladas por estos últimos, ciudades al borde de la ingobernabilidad --Tijuana, Ciudad Juárez, Culiacán, Monterrey, Saltillo, Nuevo Laredo, Reynosa y Chihuahua--, miles de familias emigrando a Estados Unidos y miles de desaparecidos.
Además de toda esta violencia, la situación se agrava con la corrupción en todos los niveles de gobierno. Tanto, que policías, jueces, ministerios públicos, sacerdotes, gobernadores, militares y funcionarios están comprados por el narcotráfico.
Si en 1810 México vivió una lucha por la Independencia y en 1910 enfrentó una Revolución, en este 2010 sufre una “guerra” perdida contra el narcotráfico, que ha sumido a la población y al gobierno en el terror.
Felipe Calderón ya no realiza actos al aire libre por temor a un atentado y la residencia presidencial, conocida como Los Pinos, es una fortaleza cubierta por francotiradores, soldados, vallas de acero y policías antimotines.
Días antes del famoso “Grito de Independencia”, en el Zócalo capitalino, las propias autoridades desalentaron a la gente a que asistiera y que mejor siguiera por televisión el festejo. Y es que el miedo se ha apoderado de los mexicanos y de su gobierno.
Y más: En los diarios mexicanos, los nombres de los próceres de la Independencia y de la Revolución –Hidalgo, Morelos, Villa, Zapata, Madero– han sido desplazados por los de los jefes de los principales cárteles --El Chapo, El Azul, El Mayo, El Lazca, La Barbie, El Barbas, El JJ, etc.-- , quienes ahora encabezan los nuevos cambios del país en la formación de una “sociedad narca” que comparte sus nuevos códigos de superación personal mediante el trafico de drogas, el trasiego ilegal de mercancías, la extorsión y el secuestro.
Se trata de la “nueva revolución” encabezada por estos personajes que en 10 años han transformado al país, sumiéndolo en un estado de ánimo sombrío, pues han demostrado que tienen más poder e influencia social que los diputados, senadores, presidentes municipales y gobernadores juntos.
Son los nuevos líderes que se protegen con sus propios ejércitos de sicarios, armados con equipo comprado en Estados Unidos, país donde tienen sus negocios financieros.
Después de 200 años de gestas independentistas y revolucionarias, México ha sido sorprendido por una nueva guerra de guerrillas que ya ha cobrado miles de muertos y desaparecidos, y la formación de una generación de jóvenes que prefieren morir a los 20 años como sicarios, que abandonados, ya viejos, en sus pueblos.
Este es el nuevo drama que vivimos los mexicanos, una situación a la que no se le ve una salida y que provoca un desánimo generalizado. El Grito de Independencia, pues, no será de mucha alegría y júbilo, sino más bien de protesta por la incompetencia de todas las autoridades, empezando por la presidencial.