LA DOMINACIÓN SIGUE

12/10/2010

¿Viva la Raza?
MARCO RASCÓN

El asunto principal es que en 518 años no hemos podido encontrarnos nosotros mismos.
Vistos como cruces de sefarditas, españoles, indígenas, negros y sus mezclas, nuestra pureza nacional viene de lo impuro y, en consecuencia, lo cultural se reflejó por lo que aportó cada uno de estos afluentes a lo que hoy somos. Es por ello que el racismo aquí no se expresa como en otras partes, pues nadie tiene un fundamento para esgrimir pureza de raza. Para los colonizadores, la raza es una justificación de dominio; para los colonizados, es una resistencia.
En Estados Unidos por ejemplo, aún clasifican en los documentos oficiales como caucásico, latino, asiático, afroamericano. Aquí sólo durante la Colonia hubo el ladino, el saltapatrás o el tentempié, pues un ideal del liberalismo fue que todos éramos iguales ante la ley con sus ventajas y desventajas.
Hace 18 años, en 1992, hubo un ambiente semejante al de ahora. En aquel entonces se conmemoraba, rememoraba, maldecía y homenajeaba a Cristóbal Colón y sus hazañas. El colombiano Germán Arciniegas, en su Biografía del Caribe, afirmaba que ese momento en realidad fue el encuentro entre el Mediterráneo y el Caribe, no de los continentes, que vino mucho después.
Previamente hubo entre los originales un primer mestizaje largo, cultural, religioso y profundo entre naciones mesoamericanas. El gran imperio nahua se extendió hasta Centroamérica y, según estas versiones, hay vestigios lingüísticos y culturales de los incas del Perú en la cultura tarasca en lo que hoy es Michoacán, que prueban las migraciones desde aquella era precolombina. En aquel universo hubo guerras, luchas entre dioses, influencias y mezclas que hoy todavía se proyectan.
Son más antiguos los mazahuas que los mayas y, cuando la fundación de Tenochtitlán, Teotihuacán ya era ruinas y un misterio para los mismos aztecas.
Si extendemos el tiempo y no lo compactamos, hoy nuestra misma historia contemporánea de estos 200 años es reciente, parte del caos y ánimos de una juventud nacional, pues si los comparamos con los 300 años de la Colonia, somos todavía un proyecto doloroso, pero proyecto; lo cual no significa que lo que sucede ahora no sea una raíz de nuestro futuro.
Al entrar en lo contemporáneo, reivindicando la raza que constituye el lema de la Universidad Nacional como centro de la elaboración del pensamiento científico y cultural mexicano, se requiere reconstruir nuestra noción histórica real, pues estamos en medio de una etapa en que predominó un régimen basado en las formas despóticas y que dijo ser, hasta hoy, la esencia de lo nacional. Un régimen que adoptó los símbolos patrios como los de su partido y, en la base, una historia contada a su manera y al servicio de su visión e intereses. Ese régimen en su decadencia regresa, ofreciendo estabilidad y paz frente al caos que ellos mismos han causado. Su insurgencia se basa en el fracaso y que no necesitamos la democracia.
No estamos en un parteaguas histórico, sino en la decadencia de un periodo, en un toma y daca entre muchos vacíos que se hicieron y no fueron llenados. Los viejos poderes económicos y políticos se renovaron, simulando la democracia, inventando una política sustentada en la desesperación por la pobreza de millones, el miedo y el terror de otros tantos y todos desubicados frente al mundo, con fronteras sólo para los parias y, a cambio, entregados a otros que nos exprimen.
Hace 518 años unos marineros vieron tierra, iniciaron en etapas las expediciones de científicos, clérigos, militares y pobladores en busca de fortuna. Desde la Conquista ya venía el sentimiento de independencia y hasta el mismo Cortés tuvo la tentación de emprenderla ante la visión torpe de Carlos III. Una vez lograda, luego de 300 años de subordinación a la corona española, hemos estado inmersos hasta hoy, creyendo arrebatar el futuro, pero renunciando a construirlo. Nuestra democracia se convirtió en un mal espectáculo. La decadencia es un estado de ánimo general, la violencia una alternativa y la traición es costumbrismo.
Hace 18 años, el debate sobre quién descubrió a quién, el derribamiento de estatuas, el juicio a Colón y las reivindicaciones de las resistencias, marcaron la agenda de los 500 años. Hoy, debido a que la agenda y las celebraciones son arbitrarias y no siempre conectan con el estado de ánimo real, el 12 de octubre es una celebración, más que secundaria, irrelevante. No hubo nada, pese a que en el país no cesan los conflictos como los que viven, por ejemplo, los triquis en Oaxaca, o lo que existe en Chiapas tras la insurrección de 1994.
Marcado como Día de la Raza, el tema pareciera ya irrelevante frente a la magnitud de la globalización, donde lo que se descubrió hace 518 años hoy se incendia, se erosiona, se inunda, tras la agresión de las formas de vida que surgieron entonces y que no le hicieron bien a la naturaleza. Lo que se pensó como un gran destino nacional es un lugar de paso, un peligroso mal paso, donde aplicamos el racismo sin fundamento alguno contra otros. ¿Viva la Raza?
Calderón teje alianza PAN-PRD en 2012
Álvaro Delgado
MÉXICO, DF, 11 de octubre (apro).- “Me da asco votar con el PRI”, proclamaba Felipe Calderón cuando fue diputado federal panista por primera vez, entre 1991 y 1994, y una de las razones se la confesó al veterano priista Gustavo Carvajal Moreno: “Mi padre me enseñó a odiar al PRI”.
Eran tiempos en los que Calderón era un tipo astroso y malhumorado, salvo cuando iba a misa y se perdía en la bohemia y la trova con sus cuates del grupo “Mexicanto”, a los que ahora tiene en la televisión pública en “El Tímpano”, el programa de la más exigua audiencia de Canal 11 y cuyo director, Fernando Sariñana, tiene la orden de mantenerlo al aire.
Aunque muy pronto Calderón le tomó sabor al PRI, en un amasiato que prevalece desde Carlos Salinas, la herencia de odio de su padre gravita, de vez en vez, en su comportamiento, particularmente si él --que se reputa de panista de prosapia-- queda marcado con una maldición: El regreso del PRI a Los Pinos.
Por eso, aunque también le dé “asquito” unirse al PRD, Calderón ha planteado en su corte palaciega diversos escenarios que le eviten la pesadilla de entregarle al PRI la Presidencia de la República, y uno de ellos es que preferiría cederlo a Marcelo Ebrard, tal como ha platicado Manuel Camacho Solís, el operador de las alianzas articuladas conjuntamente en Los Pinos.
En esa trama se inscriben precisamente las alianzas PAN-PRD en Hidalgo, Durango, Sinaloa, Puebla y Oaxaca en las elecciones de este año, aunque sólo hayan resultado triunfadoras estas tres últimas con candidatos expriistas, justamente con un perfil que Ebrard cumple y que él mismo ya lo expresó públicamente como posible.
En un programa de Televisa, el miércoles 7, Ebrard consideró “muy difícil” la alianza PAN-PRD en 2012, pero no la descartó: “Lo veo claramente, eso va a generar urticaria, en el caso del PAN va estar igual. Pero tampoco lo podemos descartar, porque hace un año si hubiera dicho eso en Oaxaca me hubieran dicho ‘estás loco’, pero ocurrió”.
En efecto, la posibilidad de una coalición presidencial en 2012 está en los cálculos de Camacho con Calderón, quien --en un embuste que nadie cree-- niega que sea el principal impulsor de las alianzas, cuando todo mundo sabe que César Nava, el corrupto presidente del PAN, no pudo haberlas materializado sin la orden de su jefe y porque, además, todos los candidatos aliancistas pasaron por Los Pinos.
Pero, sobre todo, el plan de Calderón y Camacho --que se ha convertido en el ideólogo de las corrientes perredistas de Jesús Ortega y Amalia García-- pasa por neutralizar al principal obstáculo, Andrés Manuel López Obrador, que por lo pronto ya descarriló la alianza en el Estado de México, que de cualquier modo no tenía ninguna posibilidad de éxito sin un candidato fuerte.
Calderón y Camacho saben que, aun con su vergonzante cobardía, por negar que está detrás de las reformas que proscriben las candidaturas comunes y permiten el flujo de recursos oscuros promovida por sus testaferros del Partido Verde, Peña Nieto puede no sólo hacer ganar al candidato priista a sucederlo en la gubernatura, cualquiera que éste sea, sino llegar a ser presidente de la República.
Y aunque no tiene escriturado ningún triunfo, como lo pregonan sus patrocinadores, Peña Nieto no es sólo un político que capta votos por guapo, cualidad ampliamente explotada en televisión a un costo multimillonario, sino sobre todo porque ha montado sobre el aparato formal del poder público mexiquense, incluido el órgano electoral, una estructura casi delincuencial.
Es ahí donde cobra relevancia el plan conjunto Calderón-Camacho hacia el 2012: Como en el PAN no se aprecia que crezcan los enanos, ni siquiera Heriberto Félix --la supuesta carta oculta o “caballo negro”--, entonces se sumaría al aspirante mejor posicionado para enfrentar a Peña Nieto, y ese es por ahora Ebrard.
El mecanismo para una decisión de esa envergadura sería lo de menos, aunque la encuesta sería el instrumento más viable, y el incentivo del PAN para justificarse sería, en primer lugar, anteponer el interés nacional al partidista para evitar el regreso del autoritarismo y que el país sea gobernado en una convergencia con la “izquierda moderna”.
El plan implicaría, otra vez, eliminar o al menos aislar a López Obrador, la obsesión de Calderón y sus vasallos perredistas, que desde la campaña de 2006 eran ya sus informantes. Y en ese propósito se inscribe la reactivación de la frase un “peligro para México”, que sólo endulza el oído de la alta burocracia.
Uno de los escenarios de Calderón, sin embargo, es que se mantenga el pacto entre Ebrard y López Obrador para que sea candidato el que tenga mejores perspectivas de éxito, y entonces optaría por otra de sus cartas ocultas, que no le funcionó para el Estado de México por no contar con la residencia de ley: El empresario Alejandro Martí, que además tiene ideología de derecha.
El único problema es que, por ahora, no quiere…
La grilla
LUIS HERNÁNDEZ NAVARRO
En un inesperado cambio de rumbo, Felipe Calderón declaró que Andrés Manuel López Obrador (AMLO) es un peligro para México. Pasó así de una política de ni verlo ni oírlo, seguida desde que tomó posesión como jefe del Ejecutivo, a meterlo en el centro de la disputa por la sucesión presidencial de 2012.
La provocación presidencial desató un alud de dimes y diretes. Aunque López Obrador respondió con mesura, las declaraciones fueron destacadas por la prensa nacional, comentadas en la radio y discutidas en la Cámara de Diputados. El Peje ganó las primeras planas de varios diarios y una amplísima cobertura en la televisión y la radio. Sin proponérselo, mientras se dedicaba a criticar la política de alianzas de su partido en el estado de México, se colocó nuevamente en el centro de la disputa política nacional.
Felipe Calderón lleva meses dedicado de cuerpo y alma a tratar de impedir que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) llegue a Los Pinos. Tanto es así que se le ha acusado de comportarse más como jefe de su partido que como jefe del Ejecutivo. Es muy poco probable suponer que sus palabras fueron improvisadas y no parte de un plan más general. La súbita cobertura de la televisión a AMLO es un indicador de ello. Esto no significa, por supuesto, que Andrés Manuel esté de acuerdo con ello.
La declaración presidencial modificó la geografía electoral del país. De entrada, convirtió a López Obrador en el candidato natural de la izquierda, en torno al cual esa corriente política debe cerrar filas. Al hacerlo, torpedeó la alianza que su gobierno había pactado con el Partido de la Revolución Democrática (PRD) para postular candidatos comunes a gobernador en varios estados, sobre todo en aquellos en los que los postulados por el tricolor eran aliados de Enrique Peña Nieto. Con ello, las aspiraciones presidenciales de Marcelo Ebrard sufrieron un fuerte descalabro.
Una primera explicación del porqué Felipe Calderón hizo esto es que fue su respuesta ante el ascenso en las intenciones de voto en favor de López Obrador que distintas encuestas han mostrado, y ante el avance que ha tenido en sus relaciones con grupos empresariales y militantes prominentes del viejo PRI. Esta suposición es muy débil. Aunque ese ascenso en los sondeos de opinión es real, está aún lejos de ser una amenaza significativa. Además, lejos de debilitarlo, las acusaciones del mandatario lo fortalecieron y propiciaron que su presencia en los medios de comunicación (que hasta ahora el gobierno federal había procurado limitar) creciera.
Una segunda hipótesis es que Felipe Calderón dio este golpe de timón para crear un nuevo escenario prelectoral. Su objetivo central es debilitar a Enrique Peña Nieto, el aspirante puntero. Para ello necesita provocar, como en su momento lo hizo Vicente Fox, una polarización que divida la contienda electoral ente dos posiciones extremas: de un lado, el Chávez mexicano, el populista, el que amenaza dividir al país con una campaña del rencor; del otro, las fuerzas de la continuidad y el orden, de la salvación nacional, representadas por el PAN. Una crispación así obligaría a los sectores empresariales que hoy se han alineado con Peña Nieto a sumarse a la candidatura blanquiazul, y a las clases medias que han comenzado a coquetear con el PRI a apoyar al gobierno ante la disyuntiva del mal menor.
Para sumar a su causa al mundo empresarial, Felipe Calderón dispone de una herramienta privilegiada: la deducción de impuestos por 589 mil millones de pesos. Como documenta la nota de Roberto Garduño y Enrique Méndez en La Jornada del 10 de octubre, en la propuesta de Ley de Ingresos y Presupuesto de Egresos enviada a la Cámara de Diputados se omitió describir el Presupuesto de Gastos Fiscales para 2011. No es casualidad que algunos personajes poderosos que hasta ahora colaboraban con el gobernador del estado de México en sus aspiraciones presidenciales hayan suspendido o disminuido el apoyo que le proporcionaban.
Para manejar la campaña electoral en los medios electrónicos, disminuir la presencia de sus adversarios y golpearlos cuando le sea preciso, el Ejecutivo cuenta con la alianza con el Canal de las Estrellas amarrada al otorgarle la concesión del espectro de 30 megahercios a precio de ganga. Basta ver cómo, a partir de la entrega de esta concesión, la cobertura que la televisión abierta prodigaba a Enrique Peña Nieto disminuyó.
En lo inmediato, Felipe Calderón no puede emprender una ofensiva frontal contra el PRI ni contra Peña Nieto. Necesita de ese partido para conseguir que el presupuesto se apruebe. Pero una vez que haya saltado ese obstáculo tiene a su disposición la renta de la guerra contra el narcotráfico para golpear a sus enemigos. Por lo pronto, ya sofocó los amagos del PRI de reducir un punto porcentual del IVA moviendo los gobernadores.
Por supuesto, requiere de su propio partido. En noviembre, César Nava será relevado de la dirección. Y, mientras Gustavo Madero se disfraza de presidente en las reuniones familiares e informa a la prensa de las decisiones del cuarto de guerra, y Francisco Ramírez Acuña y Cecilia Romero se proponen ajustar cuentas y agravios, el ex subsecretario de Gobernación Roberto Gil, antiguo asesor de Alonso Lujambio, escribe que hay que apostar por nosotros mismos, invoca a Carlos Castillo Peraza y se prepara para asumir la conducción del instituto político.
En los cálculos de Los Pinos, la candidatura de López Obrador no tiene posibilidades de ganar la Presidencia, aunque sí tiene la capacidad para alcanzar un porcentaje de la votación de cerca de 25 por ciento, a costa de posibles votantes del PRI. El Peje, en cambio, no tendría chance alguno de sumar a su causa simpatizantes de Acción Nacional. Así, su candidatura le hace mella al tricolor pero no al blanquiazul. Para ello requeriría que la suya fuera una postulación de toda la izquierda electoral unificada.
Por supuesto, de ser cierta esta hipótesis, el país vivirá una etapa de crispación política mucho mayor al que atravesó entre 2005 y 2006. Los panistas no tienen intención alguna de abandonar Los Pinos. Y harán hasta lo imposible para quedarse.