LOS "SALVADORES DE LA PATRIA".

22/12/2010

La decadencia priánica

LUIS LINARES ZAPATA

La depredación en los ingresos de la mayoría de los mexicanos ha sido más que severa. Año con año, desde hace ya alrededor de 30, los trabajadores del país han perdido calidad en sus niveles de vida acostumbrados. Clases medias y demás pobladores de los estratos económicos inferiores de la sociedad han sufrido las consecuencias de la severa y prolongada época económica, política, social y cultural decadente, capitaneada por el ensamblado dúo de los partidos Revolucionario Institucional (PRI) y Acción Nacional (PAN). La sociedad no ha conseguido detener –ellos, sus representantes y organizaciones de defensa– la vertical caída en sus niveles de bienestar, menos aún renovar, con fundamento, sus aspiraciones de progreso. Tampoco les ha sido otorgada, desde el poder establecido, tregua alguna en sus luchas por sobreponerse a los muchos avatares que los aquejan. Promesas han ido y venido frente a sus desconcertadas miradas sin que puedan otear, con un mínimo de certezas inherentes, mejores días para sus oportunidades de desarrollo.

Tres administraciones priístas y dos panistas han ejecutado sus mejores malabares discursivos frente al electorado que los eligió, al menos según la distorsionada versión oficial de la legalidad en las urnas. Durante este ingrato y hasta cruento periodo se invirtió, en forma drástica, el lento pero consistente reparto anterior de la riqueza producida. Los rumbos derivados del modelo de gobierno adoptados por el oficialismo han terminado, de manera consistente, por contrariar los intereses populares. El deterioro en la apropiación de una tajada del ingreso que fuera justo para las masas ha sido, desde la llegada de los neoliberales al poder, no sólo continuo, sino degradado por el rampante cinismo con que encubren los de arriba. El desencanto hoy es, qué duda cabe, mayúsculo y creciente entre las densas, angustiadas capas poblacionales afectadas por tan maligno tratamiento. Es por ello que sorprende, ante la creciente alarma que cunde entre los mexicanos, el sesgo, consciente o inducido desde el poder, sobre las causales que han llevado al presente estado negativo del ánimo colectivo. En medio de todo ello nadie parece hacerse cargo de tan trepidante realidad: una en la que unos cuantos se posesionan de inmensa cantidad de los bienes producidos por la sociedad en su conjunto. Parece que el juego ensayado trata, a toda costa, de esquivar la inevitable responsabilidad.

¿Quiénes son los verdaderos culpables de la decadencia que padece la nación? Esta pregunta es pertinente hacerla una y otra vez, porque, al parecer, el epicentro de la respuesta, ya trasmutada en un sinfín de tragedias cotidianas, se ha ido desvaneciendo, forzadamente, con el paso del tiempo. Peor aún, tal núcleo de responsabilidades se pretende fijar sobre los transgresores a la ley o, también, asentarlo entre aquellos que tratan de modificar los rituales perversos y las fórmulas establecidas para la explotación. Es por ello que se requiere aclarar, de nueva cuenta y de manera explícita, tanto los orígenes como los autores de la serie, al parecer inacabable, de crisis que se han cebado, en franca cascada, sobre los mexicanos de a pie. Sin temor o falsos pruritos hay que apuntar hacia aquellos que han salido beneficiados en exceso en el reparto de la riqueza producida. Una elite variopinta, pero cada vez más compacta y rodeada de privilegios, que ha ido ordenando, sin tregua ni descanso, la puesta en marcha de una serie de reformas, llamadas estructurales, que fuerzan la transferencia del reparto (PIB) desde los más hacia los menos. Hombres y mujeres situados en los elevadísimos estratos de ingresos que, de repente y con desparpajo inusitado, hasta se sienten víctimas propiciatorias de la violencia desatada y huyen del país. Un fenómeno delirante, incomprensible desde la visión de los realmente afectados, que se ha despeñado desde las cúspides del poder y atenaza a los desamparados de siempre.

Los siguientes datos son ejemplares: en 1980 el reparto del total del ingreso (PIB) entre el capital y el trabajo era de 60 por ciento al primero y 40 por ciento al segundo. En 2008, el reparto de la riqueza apuntó una ganancia neta, desproporcionada desde cualquier punto de vista humano, en favor del capital. En estos aciagos días de modernidad y congojas, apenas 30 por ciento se le asigna al trabajo y el resto, una enorme tajada que llega hasta 70 por ciento, se la apropia el capital. Es decir, el capital se embolsó 10 por ciento adicional del PIB sólo en ese año de quiebres. Eso equivale a 1.3 billones de pesos contantes y sonantes transferidos desde los trabajadores hacia el capital. Los dos restantes años (hasta 2010) sin duda la cantidad en fuga fue todavía mayor. Una riqueza que ha migrado, forzadamente, de las callosas, resecas y desprovistas manos de la colectividad, hacia las privilegiadas, sedosas, bien labradas y aceitadas manos de unos cuantos miles de mexicanos situados en la cúspide de la pirámide de ingresos.

Desde esta perspectiva se entienden mejor las conclusiones a que llega el estudio de la OIT recién publicado. En él, dicha organización descubre la pérdida de valor experimentada por los salarios medios en casi todo el planeta con sus conocidas excepciones (Argentina, Brasil, China). México, en lo particular, es un caso extremo por los impactos negativos que los salarios medios han sufrido: cayeron 5 por ciento en 2009. Aquí el salario mínimo también es de los más bajos, incluso menor que el de Haití. De esta dura y hasta perversa situación se pueden adjudicar y repartir responsabilidades sin temor a ser injustos o aventurados. Los ejemplos de abusos con los haberes públicos y con la riqueza producida son muchos, distinguibles a simple vista. Sólo falta un cacho de rabia para identificar y hasta castigar, con votos o falta de respeto, a esos que se dicen salvadores de la patria.

Salinas, nuevo intelectual orgánico del PRI

Enrique Krauze

MÉXICO, D.F., 21 de diciembre.- Olvidando que en la política mexicana todo puede pasar, la familia priista siente que ha superado la pesadilla de 2000 y 2006: se retrata en alegres convivios alrededor de su visible precandidato, goza su predominio parlamentario y se dispone a renovar su dirigencia con una nueva generación. Pero algo falta en el cuadro, un elemento fundamental de legitimidad: un soporte ideológico. ¿Qué es el PRI? Ni ellos mismos saben. Beatriz Paredes confesó en una asamblea: “Nuestra indefinición nos coloca como un partido gelatina, porque nos amoldamos al poder en turno” (La Jornada, 2 de marzo de 2007).

En sus orígenes remotos, el PRI fue un partido “Nacional Revolucionario”, y esa ideología tuvo el consenso de varias generaciones. El consenso se rompió en 1968 y empezó a formarse otro contra el PRI y a favor de la democracia. Ser un intelectual del PRI se volvió embarazoso. Ahora el PRI se siente (se sabe) huérfano de intelectuales. Para llenar ese vacío, Carlos Salinas de Gortari se presenta con un kilo de ideas en un libro que confirma su conocido peso intelectual.

Quiere salir en la foto, y se comprende. Debe ser muy difícil ser rico e inteligente, seguir siendo relativamente joven y resignarse a la penumbra después de haber sido tan poderoso. Peor aún, resignarse al tenaz descrédito nacional. Sumándose a la cargada triunfalista de la posible vuelta al viejo régimen, ofreciéndose como ideólogo del PRI y presentándose como autor, piensa reivindicar su posición en la historia, vengarse de todos los que en su momento lo criticaron, revertir la condena pública y hacerla caer sobre su Némesis, Ernesto Zedillo. Tras haber publicado ya dos gruesos volúmenes que penosamente (quizá por la incomprensión de los lectores) no alcanzaron una segunda edición, este tercero recicla el “liberalismo social” con una portada tricolor y un título extraño: Democracia republicana. Ni Estado ni mercado: una alternativa ciudadana.

Salinas sabe que los intelectuales contribuyeron al derrumbe del viejo sistema autoritario que él representó. Por eso los ataca. (Insidiosamente, por ejemplo, se refiere a mí como “ingeniero” y “empresario”. Soy ambas cosas, a mucha honra. Desde 1977 he estado en la iniciativa privada haciendo una obra cultural.) Salinas se hace las ilusiones de ser el intelectual que contribuya al derrumbe de la transición. Hasta se ha puesto a leer a Gramsci, de quien toma la definición de los “intelectuales orgánicos”: “son aquellos cuya labor central consiste en abonar argumentos a favor de ciertas ideas y ciertos proyectos para convertirlos en dominantes...”. Esa cita define sus aspiraciones. Se apunta como aspirante a “intelectual orgánico” del PRI.

Por años, Salinas ha insistido en que su gobierno convirtió a México en una potencia económica, en que gracias a él nuestro país transitó a la democracia, en que su hermano era un hombre honesto. Millones de personas se han negado a creerle. ¿Puede presentarse como un “demócrata republicano” el hombre por quien “se cayó el sistema”, el que gestionó la quema de las boletas de la elección de 1988, el que “no veía ni oía” (pero sí reprimía) a la oposición de izquierda, el que presumía de haber hecho “laperestroika sin la glasnost”, el que sondeó seriamente la posibilidad de reelegirse, el que abandonó a Colosio? Con ese pasado a cuestas, está por verse si ahora le creen y lo leen. Y, lo más importante para él, está por verse si la familia del PRI, piadosa como es, se suicida convidándolo a la foto.

Diego, entrelíneas de una liberación

Jenaro Villamil



MÉXICO, D.F., 21 de diciembre (apro).- Paradojas y entrelíneas de una figura como Diego Fernández de Cevallos tras su liberación, después de siete meses y seis días de misterioso cautiverio:

1. En 1994, el entonces candidato presidencial del PAN desapareció de la escena pública después de ganar el debate televisivo a sus contendientes del PRI (Ernesto Zedillo) y del PRD (Cuauhtémoc Cárdenas). Fernández de Cevallos iba al frente de las encuestas. Su partido y hasta Felipe Calderón Hinojosa describieron con suspicacia la “desaparición” de Diego.

Dieciséis años después, su reaparición tras un prolongado secuestro se convierte en un acontecimiento mediático de primer orden y en una inevitable fuente de especulaciones sobre su posible postulación para el 2012. Este martes declaró: “Yo voy a apoyar al candidato del PAN”, pero todo su discurso anticipa un proyecto político para combatir la percepción de un gobierno atenazado por la impunidad, y una sociedad harta de la inseguridad y la corrupción.

Diego resurge y con él la percepción de que es el político panista más influyente, ahora con el aura de un sobreviviente, casi místico, víctima de uno de los delitos más crueles.

2. Asesorado o no, Diego se convirtió en el medio, el mensaje y el vocero de su propio caso. La PGR enmudeció, las autoridades de Querétaro también y el presidente Felipe Calderón sólo alcanzó a articular un lugar común: aplicará “toda la fuerza de la ley” para encontrar a los secuestradores del exsenador y abogado litigante.

En contraste, Fernández de Cevallos aprovecha la alta exposición mediática para redefinir su imagen y fama pública. Ante reporteros y entrevistadores televisivos reiteró: “Parte de la causa de mi secuestro es esa imagen de un hombre infinitamente rico, no lo soy. Y punto”.

Su mensaje es de perdón a los secuestradores y articula una hipótesis ante su secuestro que ninguna autoridad ha desmentido: “Un fin económico, pero con una marcadísima connotación política, supuestamente por cuestiones ideológicas”.

Perdonó a sus “misteriosos desaparecedores”, pero dejó entrever que las negociaciones fueron ríspidas y, quizá, los plagiarios no sólo obtuvieron 30 millones de dólares –la cifra más citada por el pago del rescate--, sino una fortuna invaluable: información.

Así lo dejó entrever el final del “Boletín-Epílogo” enviado por los plagiarios:

“Diego es un nudo en donde atraviesan historias turbias. Ahora conocemos de cierto los modos de los trabajos y oficios con los que se maneja, las personas con las que trata y algunas de las que han sido sus más logradas empresas.”

3. La insistencia de Diego en la fe y en la creencia religiosa, salpicada de citas de El Quijote, constituye no sólo un mensaje a las audiencias masivas que lo escucharon o vieron, sino también a las altas esferas o grupos de la ultraderecha que operan en la opacidad:

“Como hombre de fe, yo he perdonado el agravio, no quiero contra ellos ninguna venganza, y sólo le pido al Estado mexicano que trate esto como un caso más, porque no podemos olvidar tragedias superiores como la de la señora de Chihuahua (Marisela Escobedo) y muchos otros.”

El propio Diego sabe que el suyo no es un caso más. Si lo fuera, no hubiera generado el interés mediático y la respuesta y sobreexposición tan extensa que él mismo protagonizó.

¿A quién perdona específicamente el Jefe Diego? ¿A grupos de ultraderecha? ¿A una guerrilla que no alcanza a cubrir el perfil ni el discurso tradicional de la ultraizquierda? ¿A un comando de expolicías secuestradores, como han sugerido expertos en negociaciones de plagios?

Para algunos especialistas y observadores, el caso de Fernández de Cevallos coincide con varios puntos de contexto: el perfil de un grupo secuestrador de la guerrilla no coincide ni en lógica ni en discurso con los comunicados tradicionales; la revista Proceso fue utilizada en las “pruebas de vida” como vinculada al grupo criminal, algo que antes Genaro García Luna utilizó con narcotraficantes detenidos; el neopanismo no reclamó más acciones por la desaparición, y Diego reaparece después de las elecciones en el CEN del PAN y el retorno de figuras vinculadas al Yunque en posiciones clave.

4. El papel de Televisa y de su comentarista estelar, Joaquín López Dóriga, como ministerios extraoficiales de Información, fue muy claro. Una llamada telefónica de López Dóriga al noticiario Primero Noticias –sin la conducción de Carlos Loret-- confirmó la liberación de Diego. Semanas antes, El Universal y el periodista José Cárdenas, de Radio Fórmula, adelantaron una liberación que fue desmentida sin aclarar la fuente.

La liberación de Diego fue sincronizada mediáticamente. Milenio Diario, claramente vinculado a Televisa, dio a conocer el domingo 19 el “Boletín-Epílogo”. Las autoridades callaron, pero fue la propia víctima quien acreditó la exclusiva de López Dóriga dando una multitudunaria rueda de prensa, a las afueras de su domicilio.

El senador priista Francisco Labastida reveló algo, el mismo día de la liberación, que no ha sido desmentido: una empresa de origen británico fue la que negoció la liberación. Y una empresa de origen mexicano, Televisa, fue la que confirmó el fin del secuestro. Las autoridades ministeriales estuvieron al margen. No hubo héroes policiacos ni investigaciones puntuales. Al menos, públicamente.

Para otros observadores, el caso Diego confirma también una tendencia: el Estado se coloca al margen de los grandes secuestros y el impacto mediático está perfectamente sincronizado.