EL REINO DE PEÑA NIETO

12/01/2011

Turbios aires políticos
LUIS LINARES ZAPATA

La plutocracia y la clase política que le sirve han elevado sus anhelos a un lugar común: entronizar nuevamente al PRI en Los Pinos. Es una verdad que todo México sabe, afirma oronda Beatriz Paredes. Y la algarabía mediática se desvive en redondear frases, iniciar estudios, publicitar sondeos y dictar sentencias afines. Los difusores del modelo imperante, siempre atentos a los devaneos y vicisitudes de las alturas, hace ya tiempo que olieron las guías superiores y ejecutan, con envidiable celo, sus caviladas instrucciones. Los cánticos surgen, a borbotones, de sus gargantas y plumas y llegan, por incontables recovecos, al sitio apuntado de antemano en el inapelable mandato. El grito que se oye es sonoro, amplificado, multitudinario y central: no hay forma de oponerse, y menos vencer, a Enrique Peña Nieto. Él es el más adelantado de los priístas y, por derivación inequívoca, de todos los demás. El mero campeón, el escogido de los oráculos, apadrinado por los hacedores del sistema vigente.
Peña Nieto apareció de pronto en la pantalla de Televisa y penetró, paso a pasito, en los hogares de los mexicanos para enroscarse ahí desde hace ya cinco largos años. Se le introdujo con frases hechas a su medida, misma que ha resultado, ciertamente, corta en tamaños y contenidos. Los decorados atriles, donde se le sitúa con frecuencia, pretenden darle un toque de suavidad positiva, base complementaria de su atildada figura. De sus movimientos corporales emana, constantemente, la fórmula concertadora que esquiva controversias y tira buena onda. Todo un tinglado que se desarrolla bajo la más estricta supervisión de una nube de asesores de imagen que lo siguen y decoran con el esmero de una estrella. De esa pasta está labrado su perfil público. Esa es la fuerza que lo impulsó hasta situarlo en el privilegiado sitial de las preferencias electorales, según encuestas a modo y dichos de acreditados difusores del oficialismo.
La invencibilidad del PRI no sólo se predica del lejano 2012, sino que se aplica, sin trámite alguno, a las venideras elecciones del Edomex. No hay postura disidente que distraiga la atención de la opinocracia mediática. En ese cielo de postulantes solícitos, los supuestos son, también, conclusiones. Los alegatos de acreditados expertos se trastocan en dogma que explica y agota la seguridad del triunfo. Los dirigentes del PRD mismo, con sus asesores, estrategas y políticos de acompañamiento, colaboraron gustosos a levantar tan engañosa fantasmagoría. Predicaron, ante cualquiera que los quisiera oír, (y claro está, tuvieron abiertos los micrófonos, los comentarios y las pantallas) que era indispensable una coalición para enfrentar, con posibilidades de éxito, al acabado, al consagrado fenómeno de masas en que se convirtió al priísta de nuevo cuño y gastadas propuestas. Las posibilidades de vencer al PRI (y a su adalid) en ambas contiendas (2011 y 2012) son tan magras como la vigencia de la antigravedad, se desgañita el vocinglerío bajo consigna.
La plutocracia, sin embargo, siente aún vahídos que le vienen desde la temida izquierda. Al tiempo que siguen insuflando su globo publicitario atisban alrededor y no quieren aceptar lo que presienten. A pesar de la andanada mediática sin precedentes que desataron desde antes, de mucho antes de los amargos y divisivos tiempos de 2006, una mosca les sigue zumbando en el oído. Los voluminosos intereses que han amasado con avaricia sin límites, les traen compulsas nerviosas ante cualquier amago de finiquito. Es por eso que sus amanuenses siguen apuntando armas comunicativas en esa izquierdosa dirección. Es, quizá por eso, que el secuestro de Fernández de Cevallos causó tal conmoción allá por las cúpulas del poder. Sus estremecimientos de clase, qué duda cabe, llegaron hasta las más temerosas medianías de las escalas sociales. Las cartas enviadas por los secuestradores a los amigos de Fernández de Cevallos les advierten que no hay intocables. A todos puede llegarles el juicio de la historia o, como en este sonado caso, la sentencia de un grupo de organizados violentos que dicen pagar, con similar violencia, a quienes acusan de ser responsables de la terrible situación actual del país.
La degradación de la vida pública llega a extremos notables: gobernadores que heredan el puesto al hermano; hermana incómoda que va por una candidatura; intelectuales y comentaristas que tratan de disfrazar, con cifras de relatividad continental, la criminalidad desatada a raíz de la declaración de guerra al crimen del señor Calderón o; el ocultamiento oficial de los secuestros y crímenes contra los migrantes centroamericanos. Es por esta degradación que se confunde al quehacer político de cara a la sociedad con los cenáculos de los burócratas públicos o partidarios. Hacer pasar una comida de importantes, en un restaurante de moda, como la consagración de un prospecto de candidato de unidad de la izquierda, es un desfiguro. Alejandro Encinas ganó su lugar picando la piedra de la militancia ideológica y partidaria en la base y frente a la gente. López Obrador no lo hizo su autoritaria propuesta. Fue el Movimiento de Regeneración que encabeza el que reconoce sus méritos desde el inicio de la actual gira por el Edomex. Fueron los militantes locales quienes decidieron, en la permanente consulta que AMLO hace en sus recorridos. Ellos exigieron, a grandes voces, la alianza de los partidos de izquierda. Una alianza de base a la que los dirigentes formales del PRD se oponían. Son ellos los que nunca plantearon plebiscito alguno para cimentar sus componendas con el PAN de Calderón y ahora la usan como excusa para tapar su derrota.
La suerte está, finalmente, echada y sus consecuencias se perfilarán, con claridad suficiente, este año de posibles y esperadas renovaciones. Serán los mexiquenses primero, y los mexicanos todos después, los que dirán la última de sus mandonas palabras.
Masacre en Arizona, la comunicación del odio
Jenaro Villamil

MÉXICO, D.F., 11 de enero (apro).- “Todas las sociedades tienen sus locos. Pero nosotros les damos las mejores armas”, afirmó en su blog el esposo de una de las 6 víctimas mortales del tiroteo protagonizado el sábado pasado por Jared Lee Loughner, un joven de 22 años que decidió aplicar de manera literal la recomendación de Sarah Palin, la reina del Tea Party, quien, en su página de Facebook, le puso precio a la cabeza de 19 congresistas demócratas, entre ellos Gabrielle Giffords, quien se encuentra gravemente herida.
Después de conocer las dimensiones de la masacre de Tucson, los padrinos intelectuales de esta ola de xenofobia, racismo y resentimiento social que precedieronn a los acontecimientos de esa ciudad de Arizona, decidieron lavarse las manos.
Sarah Palin retiró de su página el polémico mapa donde pedía “recargar” el arma contra los congresistas enemigos. El republicano Rick Barber también quitó de su blog la referencia “Preparen sus armas” contra los enemigos de la ola neoconservadora del Tea Party. El canal Fox de televisión, firme aliado del Tea Party, insiste que Loughner no tiene ninguna relación con el movimiento iniciado en 2009.
Sin embargo, en la mayoría de los medios de Estados Unidos y en amplios círculos de las propias redes cibernéticas se ha generado un debate inevitable: ¿los blogs y mensajes de odio no tienen ninguna relación con los crímenes de odio como los cometidos por Lee Loughner? ¿Quién es más peligroso para Estados Unidos: un sitio como Wikileaks y su creador, Julian Assange, acusado de promotor de terrorismo, o los auténticos sembradores del terror y del estigma social?
A nadie ha pasado desapercibido que Arizona se ha convertido en el epicentro de una ola de polarización y de odio, a raíz de las medidas legales aprobadas por la gobernadora republicana Jan Brewer para detener a los inmigrantes indocumentados –la gran mayoría mexicanos-- por su simple apariencia física. Y que Giffords fue una firme opositora a estas medidas y por esta razón recibió muchas amenazas previas.
Tampoco es accidental que uno de los think tanks del pensamiento neoconservador que alimenta el Tea Party y otros movimientos es el Phoenix Institute de Arizona. En un extenso reportaje, publicado en El País el pasado 2 de enero, el reportero José Luis Barbería, advirtió que existe una mezcla de “masonería blanca” al estilo del Yunque mexicano y el extremismo ideológico del Phoenix Institute de Arizona en el surgimiento de distintos movimientos españoles de extrema derecha.
“En sus folletos propagandísticos, el Phoenix Institute pone el acento en que sus alumnos ‘suelen participar activamente en la vida política, económica, académica y social’. Como prueba, señalan que entre sus egresados mexicanos se contabilizan, al día de hoy, dirigentes de grandes partidos políticos, varios diputados federales, el representante de México ante el Consejo de Europa, prestigiosos profesores universitarios, importantes directivos del ámbito bancario y empresarial… Sus fundadores becan a adolescentes para que hagan determinados cursos en Estados Unidos y ya hay casos en que los padres muy conservadores se escandalizan a la vista de las ideas con que vuelven sus hijos”, escribe Barbería en su extenso reportaje.
El texto de El País revela que existe una misma línea ideológica entre el Phoenix Institute, defensor del modelo wasp (blanco, anglosajón y protestante) más conservador, con el rechazo de grupos de extremismo católico en España y México que rechazan el evolucionismo y tienen una amplia capacidad para utilizar las nuevas tecnologías digitales y los blogs para expresar sus ideas.
El “disparador solitario” de Tucson, Jared Lee Loughner, presumió en su propia página de Youtube su paso por varios institutos de Arizona, vinculados a ese movimiento neoconservador y presume así su condición de vengador blanco:
“Si me llamas terrorista, entonces el argumento para llamarme terrorista es ad hominem.” Y en el mismo tono del analfabetismo cívico que caracteriza a amplios grupos que forman parte del Tea Party, afirmó:
“La mayoría de los ciudadanos no leyó nunca la Constitución. NO tienes que aceptar las leyes federalistas. Pero lee la Constitución para saber todo de las actuales leyes traidoras. ¿Eres instruido oyente?”
La delgada frontera entre la tontería neoconservadora expresada en los blogs y el activismo de tintes cada vez más intolerantes de Sarah Palin, y sus seguidores y apoyos mediáticos, encontraron en la masacre de Tucson su punto de encuentro y la demostración más clara de hasta dónde pueden llegar.
“El odio, el rencor y la intolerancia se han vuelto ultrajantes. Creo que Arizona se ha convertido en una especie de capital: nos hemos convertido en la Meca del prejuicio y la intolerancia”, se quejó Clarence Dupnik, el comisario de Pima, al conocerse la masacre.
Desgraciadamente, Arizona y su clima de intolerancia no está muy lejos de México y de los movimientos semejantes que se aglutinan en nuestro país.
Escalada clerical
CARLOS MARTÍNEZ GARCÍA

Por miedo, negligencia, conveniencia o todo junto, el gobierno federal deja a los altos jerarcas católicos hacer lo que les venga en gana.
Nadie en la presente administración calderonista hace cumplir las leyes cuando conspicuos dirigentes de la Iglesia católica vulneran, una y otra vez, la normatividad del Estado laico mexicano.
En los últimos años varios obispos, arzobispos y cardenales se han dado a la tarea de propagandizar que la legislación que establece una estricta separación Estado-Iglesia(s) –de la que ellos no hablan en plural porque acorde con su actitud de negar la pluralidad religiosa del país prefieren referirse a la Iglesia (la representada por ellos)–, es persecutoria de lo que entienden por libertad religiosa.
Para la cúpula católica más conservadora, y sus allegados ideológicos, libertad religiosa significa que el Estado facilite las tareas de la Iglesia católica, y que adopte como políticas públicas las enseñanzas éticas de esa institución. Como no se hallan en su terreno ante una sociedad crecientemente pluralizada, los clérigos demandan una ayudadita del aparato estatal para mantener en el redil a los remisos ciudadanos y ciudadanas que optan por normar sus vidas con principios y prácticas mal vistas por los obispos que, en su mayoría, son buenos para convivir en los círculos del poder, pero muy incapaces de vérselas con la sociedad civil y sus entresijos.
Las vociferaciones, descalificaciones y autoritarismos de los purpurados que tuercen los hechos para, según ellos, señalar lo ominoso de un laicismo beligerante, tienen como respuesta de los funcionarios de hacer valer las leyes el silencio y malabarismos interpretativos para dejar de actuar de acuerdo con lo marcado por la legislación. Bien saben los jerarcas católicos proclives a lanzar epítetos contra la laicidad que más allá de una declaración de algún funcionario gubernamental menor sobre que se está investigando si hubo violación a la normatividad, todo se va a diluir y nadie osará tocar sus privilegios.
Personajes clave del conservadurismo católico que escala en su beligerancia contra quienes consideran impulsan el reconocimiento de derechos, que no son tales para la doctrina católica, son los arzobispos Juan Sandoval Íñiguez y Norberto Rivera Carrera. Aunque no son los únicos, sí son los principales y más reiterados críticos de, por ejemplo, las políticas impulsadas por el jefe de gobierno de la ciudad de México, Marcelo Ebrard. Lo señalan de impulsar leyes inmorales e injustas, y de perseguir a quienes, por su fe católica, las critican y se oponen a ellas. Han echado a andar la maquinaria del martirologio para presentarse ante la opinión pública como perseguidos por talibanes laicistas.
Eso de talibanes laicistas fue una puntada del semanario Desde la Fe, editado por la Arquidiócesis de México, y junto con la expresión acusó a las autoridades del Distrito Federal de instigar leyes que promueven la falta de respeto a la vida humana y a la institución familiar. Abundó en el perfil talibanesco de sus adversarios y los describió como personajes intolerantes a la crítica, fundamentalistas en sus principios inmorales, incapaces de aceptar el reto del diálogo con la racionalidad y el derecho.
Si alguien sabe de intolerancia en la historia de México es precisamente quien ahora busca presentarse como ejemplo de virtud democrática. La cabeza de la Arquidiócesis de México es un dechado de intolerancia a otros puntos de vista, a conductas éticas divergentes de las sostenidas por la Iglesia católica. Él, y otros de su talante, niega el derecho de los demás a criticar y querer saber sobre los excesos de clérigos muy uncidos a los poderes políticos y económicos. ¿Acaso no fue ese mismo personaje que se dice perseguido por los talibanes laicistas quien, hace casi década y media, reaccionó fúrico cuando un reportero le preguntó acerca de las acusaciones de pederastia contra el fundador de los legionarios de Cristo, Marcial Maciel, y le reviró al reportero sobre cuánto le habían pagado para ventilar las entonces iniciales evidencias de los abusos cometidos por el libidinoso cura?
Siempre es bueno que desde cualquier trinchera ideológica se haga un llamado al diálogo con la racionalidad y el derecho, pero es de ponerse en duda la intención cuando lo realiza una publicación que refleja las filias y las fobias de la cúpula clerical más reacia a dialogar con otros, que no reconoce interlocutores, sino que sólo quiere ver feligreses dóciles. El historial de los autollamados perseguidos está lejos de ejemplificar lo que piden, porque más bien se han distinguido por mantener un verticalismo excluyente entre la casta privilegiada a la que ellos pertenecen y el resto de los mortales.
La escalada clerical se vislumbra más intensa y busca ser un factor en los importantes procesos electorales de este año, así como posicionarse para las elecciones presidenciales de 2012. Tal vez por lo anterior el partidismo que se considera beneficiado por el activismo de conspicuos clérigos católicos ha visto con buenos ojos no tanto lo de talibanes del laicismo, sino con mejor ánimo la advertencia hecha por la publicación controlada por Norberto Rivera sobre que el autoritarismo y la intolerancia (que rayan en la falta de respeto y la vulgaridad) con que se manejan no es un buen augurio para futuras responsabilidades públicas de quienes hoy ejercen la autoridad en la ciudad de México. En sus turbios intereses se vislumbra con claridad lo que anhelan.