CLARO Y PRECISO

14/04/2011

Un mensaje a la juventud

PABLO GONZÁLEZ CASANOVA

Dedicado a los profesores y estudiantes del CCH

Desde 1968 hasta hoy los jóvenes revelan ser una nueva categoría en la historia universal. Es cierto que con anterioridad, en varios países de América Latina y del mundo, los jóvenes ya habían hecho acto de presencia, como ocurrió con la famosa reforma universitaria a la que en Córdoba, Argentina, convocaron los estudiantes. Es cierto también que muchos héroes de la historia universal, desde la antigüedad, han sido jóvenes; pero se distinguían como héroes, no como un protagonista genérico de la historia. En cambio, desde 1968, en París, en Chicago, en México, y hoy en el Magreb y los países árabes, los movimientos de la juventud están a la vanguardia de la lucha por otro mundo posible. Están contra la guerra, están contra las discriminaciones raciales, están contra los simulacros de democracia o de socialismo que en realidad son dictaduras de ricos y poderosos apoyados en las fuerzas de seguridad a su servicio, legitimados por la clase política de fingida elección popular o de partido, y hoy serviles ante las grandes potencias cuyos máximos dirigentes asumen abiertamente la mentalidad y la criminalidad colonialista –que desde ayer asumieron contra Vietnam, contra Cuba, contra los afroamericanos–, y que ahora, cada día que pasa, manifiestan orgullosos contra los países y los pueblos de la periferia, y también contra la inmensa mayoría de los jóvenes del mundo entero, de los jóvenes de las poblaciones marginadas y excluidas, de las clases medias depauperadas, de los hijos de los trabajadores desregulados, de los hijos de los técnicos y profesionales que no tienen educación, ni empleo, ni esperanza de tenerlos, ni futuro que perder.

Por esas causas aparece la juventud rebelde desde los años sesenta. Y también porque desde los años sesenta se empiezan a aplicar las primeras políticas neoliberales hoy en auge; las políticas que le quitan el futuro a la juventud, y que enriquecen más que nunca al gran capital. Porque desde los años sesenta se toman medidas de reducción de los servicios públicos y sociales que hoy dejan sin escuela, sin trabajo y sin futuro a la inmensa mayoría de la humanidad, en particular a los jóvenes y a los niños que son el futuro de la humanidad… Y porque desde entonces el discurso oficial muestra más y más su falsedad, su falta de respeto a la palabra, su falta de respeto a las personas, su falta de respeto a la moral pública, su inmensa capacidad de mentir, su maquiavélica capacidad de convertir la realidad en escenarios de falsas luchas en las que se enfrentan unos pueblos contra otros, unas culturas contra otras, unos jóvenes contra otros, para que pueblos, culturas y jóvenes se destruyan entre sí, a reserva de destruirlos también con campañas de odios raciales, de odios religiosos, y con todo tipo de narcóticos y de armas que les venden a trasmano y que permiten a quienes los producen y distribuyen hacer inmensos negocios a costa incluso de su propia juventud, hoy principal consumidora del mundo.

Por donde se vea las víctimas preferidas son los jóvenes, y como los jóvenes son quienes más resisten, son también a quienes más enajenan, a quienes más destruyen, con el escapismo de las drogas, y con bandas trasnacionales de narcotraficantes que los reclutan por las buenas o por las malas al tiempo que los enfrentan con sus propias comunidades, con las comunidades a las que antes defendían, así les hacen perder el sentido de la vida y el sentido de la lucha contra la opresión, contra la explotación y la exclusión, y los reclutan para juegos de guerra en que luchan como pandillas de mafiosos por pequeños territorios a cuyos vecinos les venden seguridad, en vez de luchar al lado de sus pueblos y de su gente por ese otro mundo posible, que hoy corresponde a un programa de acción y de creación más rico que cualquiera de los anteriores en los valores que defiende y que apuntan a otra libertad, a otra justicia, a otra democracia que se construyan desde abajo y con los de abajo y de las que los campesinos mayas zapatistas son los pioneros, con muchos otros pueblos de América y del mundo, que traen para el mundo un proyecto de paz y de libertad, de justicia y de democracia, y a los que ciega y criminalmente se contesta con ataques y asedios, con intentos de corrupción y cooptación, como si sus luchas no fueran la más segura forma de defender la vida en la Tierra y ese buen vivir sin el mal vivir de nadie que reclaman los indios de los Andes.

Tal vez algunos piensen que exagero, cuando todo lo que digo está basado en investigaciones y trabajos sobre los problemas de la juventud y de los pobres de la Tierra, y sobre la forma en que los atacan, desorientan y enajenan quienes les temen y quienes en la llamada sociedad del conocimiento imponen las políticas educativas del desconocimiento; quienes en nombre de la libertad del mercado imponen la desregulación y el desempleo de los trabajadores, quienes en la educación imponen los criterios de la privatización del conocimiento y de la transformación de los educandos en meros instrumentos o robots que les permitan disminuir riesgos y optimizar utilidades y riquezas.

Tal vez algunos piensen que me estoy saliendo del tema, porque en realidad supongan que debo hablar nada más de la educación, pero de la educación estoy hablando. Y pienso que como jóvenes estudiantes de esta u otra institución escolar –o como simples jóvenes ustedes, y nosotros como profesores no tan jóvenes o muy viejos–, tenemos que plantearnos la educación del carácter, de la voluntad y la moral de lucha como la base de cualquier educación.

A mi memoria vienen las cartas del lord Chesterfield a su hijo, en las que le enseña cómo guardar el control de sí mismo hasta en los momentos más difíciles, y le transmite varios pensamientos sobre el arte de vivir, pensar y luchar. Y también a mi memoria viene aquella reflexión de un líder de la independencia de un país asiático que dijo: Debemos tener músculos de hierro y nervios de acero. Y me acerco al sureste mexicano, y recuerdo el discurso de una comandante zapatista que con su voz dulce y su tono cantado y firme, en una gran asamblea de la selva Lacandona, nos dijo: Lo primero para conocer es perder el miedo.

Y, bueno, pues ya que estoy en la Lacandona, donde hago mis estudios pos-doctorales desde 1994 en que me invitó a acompañarlo en su caminar por los derechos de los pueblos indios, ese grande obispo que recientemente falleció y que se nombraba don Samuel Ruiz, y donde me hice adherente zapatista, y donde he aprendido más de lo que ustedes puedan imaginar… donde aprendí a oír más, a dialogar más, a pensar y actuar más; donde aprendí a vincular conocimientos y saberes del aula y del campo, a entender desde abajo y a la izquierda que el corazón tiene razones que la razón no comprende y que se manifiestan muchas veces en formas no verbales sino de solidaridad y de apoyo mutuo, y donde advertí cómo seguimos siendo un país incompleto y que no se reconoce a sí mismo porque no reconoce al indio, y no se da cuenta de la grandeza del indio y de México, de la dignidad y la identidad de los pueblos originales, y de la imposibilidad de que México sea una avanzada del mundo mientras no se entienda que el proyecto zapatista de emancipación no es sólo un proyecto de emancipación para los indios de México o de América, sino un proyecto de emancipación y sobrevivencia para todos los seres humanos que quieran con la vida hacer real la libertad.

Bueno, pues algo de eso aprendí y tiene que ver con otros conocimientos que llevo aprendiendo desde hace ya varias décadas, unos sobre las nuevas ciencias de la complejidad y las tecnociencias, y otros sobre las humanidades y las formas en que desde el siglo XVIII se vinculan las luchas por la cultura, por la independencia, por la justicia y el socialismo, por la democracia y la libertad.

Y en eso estaba cuando me recordaron que hace cuarenta años fui a Naucalpan a inaugurar el proyecto de bachillerato del CCH, y me hicieron pensar en un mensaje que quiero transmitirles para terminar un texto que empieza a ser demasiado largo.

Estoy seguro, en primer término, que la educación propia y de los demás es una lucha actual por el aprender a aprender a pensar, a leer y escribir, a razonar, a recordar, a experimentar y practicar, lo que implica un desarrollo del pensamiento crítico, reflexivo y creador, un amor a la lectura de la poesía y la narrativa, un acercamiento a las ciencias de la historia y de la sociedad, un conocimiento de las matemáticas como lenguaje para razonar y hacer ciencias, un conocimiento de las ciencias experimentales y de la práctica de las utopías, así como una práctica de los oficios manuales y de los juegos y deportes, tareas que no son abrumadoras cuando se emprende el aprendizaje como una actividad vital que no se deja y que se sabe combinar con el trabajo, la lucha y la fiesta en el aprendizaje de una cultura general y en el dominio de algunas especialidades y oficios en que se adentra y ejercita uno más, si no quiere uno reducirse a ser ni un sabelotodo ni un especialista eficiente pero inculto.

Estoy seguro, por otra parte, que en estos cuarenta años las innovaciones de las ciencias y las tecnociencias nos obligan a actualizar muchos de nuestros conocimientos y a seguir aprendiendo a aprender, a lo que también estamos obligados si queremos descubrir, con nuestro propio saber y entender, los nuevos y ricos proyectos de la emancipación humana por los que debemos luchar sin cejar, a sabiendas de que como maestros tenemos que preparar a la juventud para entender el mundo y para cambiarlo, y como estudiantes también.

Estoy seguro que los profesores y estudiantes del CCH y de nuestra Universidad magnifica sabremos cumplir con nuestro deber.

¡Ya basta!

José Gil Olmos



MÉXICO, D.F., 13 de abril (apro).- En su discurso ante empresarios en Torreón, Coahuila, el pasado martes 12, Felipe Calderón dijo que las manifestaciones populares en contra de la violencia no deberían de ir en contra de su gobierno o del Ejército, sino contra la delincuencia organizada, porque son ellos los que asesinan, secuestran, extorsionan y los que tienen asolada a gran parte de la sociedad y del territorio nacional.

A sólo unas horas de que Javier Sicilia convocó a una movilización nacional de protesta para el próximo 8 de mayo, contra la violencia generada por la guerra que el gobierno federal declaró a los narcotraficantes, Calderón quiere enmendar la plana y desviar la atención, pero nuevamente se equivoca y se confunde.

Se equivoca porque si el crimen organizado mata a jóvenes directamente y a través de las drogas, es porque el Estado y el gobierno que encabeza lo han permitido, dejando que los grupos tengan más poder corrompiendo a las instituciones policiacas, judiciales y militares.

Se equivoca porque si el narcotráfico ha crecido en México, es porque les han dejado las manos libres para que laven el dinero en los centros financieros, y no se castiga a ninguno de estos delincuentes de cuello blanco.

Se equivoca porque no cumplió su palabra de crear empleos, provocando que los jóvenes vean en la delincuencia la única salida para ganar dinero y tener éxito en la vida.

Se equivoca porque, creyendo que en dos años resolvería el problema del narcotráfico, sacando al Ejército a las calles, tendría el suficiente tiempo para cumplir su promesa de campaña de ser el “presidente del empleo”.

Calderón se equivoca porque si los grupos del crimen organizado como Los Zetas secuestran y asesinan a migrantes mexicanos y centroamericanos, es porque hay una participación de policías federales, aduanales, migratorios y hasta soldados, quienes son los primeros que violan y roban a esta gente, dejándolos a merced de los demás delincuentes que los extorsionan o matan, como ha sucedido en Tamaulipas, donde se han descubierto las fosas clandestinas más grandes y terribles hasta el momento.

Se equivoca en decir que no debemos confundirnos en identificar a los delincuentes que roban, pero si así sucede es porque hay una falta de eficiencia de los cuerpos policiacos, que no son capaces de detener esta oleada de atracos, ejecuciones y violaciones realizadas a plena luz del día.

Felipe Calderón olvida que si hay un crecimiento de la violencia y del poder de la delincuencia organizada es porque el gobierno que encabeza ha fallado no sólo en el tema de la seguridad pública, sino en empleos, salud, educación y bienestar social. Y que si los narcotraficantes gozan de poder en varias zonas del territorio nacional, es porque no han podido combatirlos desde su raíz y gozan de una total impunidad.

Se equivoca en pensar que movimientos como el que, por circunstancias dolorosas, encabeza el poeta Javier Sicilia, convocando a una movilización nacional el 5 de mayo, para luego concentrarse en el Zócalo capitalino el 8, tiene una “intención política” de golpear a su gobierno o a las fuerzas armadas.

Nuevamente se confunde, pues la convocatoria es para que se haga un alto a la estrategia militar y policiaca, porque no ha logrado disminuir el poder del crimen organizado, ni los niveles de consumo, ni la producción y comercialización de las drogas.

La convocatoria es para que se escuche a la sociedad y a los miles de deudos y se replantee el combate al narcotráfico, tomando en cuenta acciones de fondo, como la creación de empleos, la atención a las adicciones, la limpia en los cuerpos policiacos y militares corrompidos por la delincuencia organizada, así como pensar en el retiro paulatino del Ejército en las calles e invertir más en educación, salud y cultura.

La convocatoria de Sicilia y de muchos más que lo acompañan es para que Calderón, como jefe del Ejecutivo federal y de las fuerzas armadas, abra sus oídos y escuche las miles de voces que ya están hartas de tanta violencia y que demandan paz y tranquilidad.

En un truco discursivo sofista, Calderón ha pretendido apropiarse del lema que hizo famoso el EZLN en 1994: ¡Ya Basta!, y lo quiere utilizar para su fin propio fin, corrompiendo el sentido original de este grito que se lanzó contra el mal gobierno de entonces y de hoy.

Pero, como ha ocurrido en otras ocasiones, antes de escuchar, Calderón cierra no sólo sus oídos, sino el entendimiento y la razón. No ve ni escucha. Prefiere el aplauso fácil de quienes están de acuerdo con él antes de escuchar a un amplio sector de la sociedad. Opta por la sinrazón y la intolerancia y cree que sus enemigos son los que piensan diferente a él.

¿Qué Estado?

ADOLFO SÁNCHEZ REBOLLEDO



Por razones explicables, las preocupaciones de la sociedad surgen de dos grandes temas: los que se relacionan con la convivencia y los que se refieren a la sobrevivencia. Sé que es una distinción arbitraria, pues entre ambos existe un lazo más que visible, pero nos sirve para pensar en lo que tenemos y lo que nos falta a ojos vistas. En cuanto a lo primero parece obvio que 10 años de alternancia no se han traducido en formas de trato político más satisfactorias para todos. La relación del Estado con la sociedad no se hizo más tersa, más eficaz o habitable, aunque se establecieron reglas de transparencia y se reafirmaron libertades prexistentes en la ley. Pero, en general, la calidad de las relaciones políticas siguió decayendo, al punto de hacer creíble la contrautopía de una sociedad sin políticos, gobernada sin la mediación de los partidos o de una democracia sin instituciones representativas. Todo, claro, a cuenta de una democracia que, en rigor, tampoco sería una forma de democracia directa sino la expresión inmediata y sin caretas de los intereses particulares en el ámbito del Estado. Esta crisis, a la vez ideológica y programática, comprueba que por la vía actual, sin un planteamiento integral y un cambio en la correlación de fuerzas, lejos de progresar México seguirá padeciendo las inevitables y paralizantes explosiones en falso de un motor que ya no funciona.

Si en el pasado fue necesaria la reforma del Estado, cabe reconocer que ésta jamás se concibió como el paso para fundar la democracia real, sino como una fórmula para ir adaptando las formas de dominación a las cambiantes situaciones de una realidad inédita, inclasificable bajo los viejos códigos del poder. Se impuso la idea de que la reforma del Estado tenía como fin liquidar el estatismo burocrático para darle impulso no a la sociedad, como se dijo, sino al empresariado convertido en el sujeto de la nueva era, a sabiendas de que el modelo tendría inevitables efectos sociales negativos que al gobierno tocaría compensar (Solidaridad). El PRI agotó su ciclo al apropiarse de las tesis fundamentales sostenidas por sus adversarios históricos. Prometió la modernización del país y un cambio cualitativo en las condiciones de vida. No pudo. Al fin (con Zedillo) aceptó la alternancia como punto de quiebre entre dos épocas y aceptó la derrota en las urnas.

Al PAN tocaba hacer la gran reforma política, pero Fox y los que lo apoyaron fracasaron pues jamás tuvieron un verdadero proyecto de transformación democrática. El panismo quería ajustes no desdeñables, acceso al poder, pero, al margen de la cuestión electoral, jamás ofreció un programa de cambios de fondo distinto a los que recomendaban los manuales del empresario emprendedor o las agencias del pensamiento único. Balcanizado y sin un eje rector vertical, el PRI no pudo abandonar totalmente la matriz que le dio vida, el Estado que ayudó a crear y al que inevitablemente sigue unido, aunque el presidencialismo al viejo estilo sea un fantasma del pasado. Pero se recuperó. Nació el PRI de la ambigüedad, el que hoy representa Peña Nieto. Esa dependencia al espíritu del Estado autoritario, fracturada a través del tiempo por las escisiones políticas o por la decadencia del corporativismo sigue presente en los forcejeos sobre la cuestión petrolera, las pensiones o la reforma laboral, que periódicamente estremecen a los priístas. No se trata de pruritos ideológicos sino de algo más importante que no siempre se expresa con claridad: ¿A qué Estado aspiran sus grupos de poder? ¿A la imposible restauración del orden presidencialista sin contrapesos? ¿Al proyecto nacido de la coincidencia neoliberal entre el PAN y el PRI? Pues nadie negará que ambos partidos (o sus grupos hegemónicos), con sus naturales diferencias de origen, clase y vocación, quedaron hermanados por la voluntad de impulsar un proyecto para el cual el viejo Estado no había sido diseñado: el de convertir a México en un paraíso del laissez faire capitalista… en plena globalización.

Esa es la razón por la cual la pretendida reforma del Estado no haya sido más que el intento, a veces azaroso o titubeante, de proceder al desmontaje institucional, a la superposición de parches a la Constitución, sin proponerse nunca la creación de un nuevo orden político coherente con la situación del país y las esperanzas de la ciudadanía. Por eso, como se definía en La disputa por la nación, recién reditada con un nuevo prólogo de sus autores, Rolando Cordera y Carlos Tello, lo que estaba –y está hoy– en juego es el proyecto de país, la ruta a seguir en un mundo que ha cambiado y no siempre para bien. O México (sus gobernantes y partidos) optan por la ilusión de crear una economía y una política a imagen y semejanza de las potencias capitalistas, esperando tontamente obtener los mismos resultados bajo circunstancias distintas y adversas, o se lanzaba en profundidad por la ruta de la reforma del viejo Estado sin destruir los cimientos de un genuino pacto social fundado sobre los principios de la justicia, la equidad y el respeto absoluto a los derechos humanos en un mundo interdependiente. La coalición que nos gobierna sin interrupciones (pese a la alternancia) desde 1982 optó por el primer camino y ahora se advierten las consecuencias. México es más débil, el Estado menos fuerte y sus problemas lejos de decaer siguen aumentando. La desigualdad sigue siendo la nota característica y la explosividad de la vida social comienza a no discurrir por los canales electorales. Hoy está en riesgo la convivencia pero también la sobrevivencia. Y eso es muy grave. Claro que también, como país, nos hemos modernizado, aunque esto no signifique que hemos mejorado, pues en el largo trayecto de la transición resultaron reforzados grandes intereses privados que si bien ya antes estaba aliados con el poder bajo el cual crecieron ahora lo quieren dirigir a control remoto. Es una fuerza impolítica por cuanto reniega de los instrumentos propios de la política, los partidos, la deliberación pública, la acción ciudadana, aunque confía como nunca en el poder vertical como columna vertebral de un orden donde política y negocios se confunden, a sabiendas de que en el fracaso de la mal llamada clase política está la disputa por la seudo representación de la opinión pública, que nadie les ha concedido pero detentan como fuerza arrolladora de presión, condicionando la independencia de los partidos y sus líderes, que son para ellos inversiones o clientes. Es evidente que están en juego dos alternativas implícitas para enfrentar la crisis de la política: o recuperamos la idea de un Estado social asegurando las reglas democráticas o nos plegamos a quienes desde siempre vieron a México como un negocio. En cuanto a que todo se derrumbe y a otra cosa… es un mal sueño. Más vale tener opciones.