¿DONDE NOS UBICAMOS?

15/06/2011

Neoliberalismo y gente común.

JOSÉ STEINSLEGER

Cuando alguien escribe con énfasis que defiende a la gente común, en la mente de un lector con baja autoestima se dibuja una interrogante: ¿y yo qué seré? Pero si en plática con aquel alguien verbaliza la inquietud, se le dirá que también es parte de la gente común. El también suena interesante.

Distinto sería si el atribulado lector preguntase qué es la gente común. Entonces, sin mucho rollo (la gente común sería inmune a los rollos), el alguien le responderá: la gente común es la gente común.

Como el movimiento se demuestra andando (esforzada deducción), el alguien sale a la calle (vayamos sabiendo que la gente común circula por la calle) y plantea lo siguiente: “Señor/señora: ¿usted es gente común? Incluyendo el asesino serial a la espera de ser consultado, la respuesta difícilmente será negativa.

Científicamente, quedó probado que tod@s las personas se identifican con gente común. Incluyendo las que a diario, para sortear la crisis, meditan en la sugerencia del chef Jonathan Swift: almorzarse a sus propios hijos. Seguimos en las mismas: ¿qué es la gente común?

En otro lugar planteamos que el neoliberalismo y la posmodernidad (su ideología de punta) expresan algo más que un modelo económico. Ambos trastornaron el cacumen de versátiles legiones de izquierdas y derechas, pulverizando la noción de sentido en lo político, ideológico, social, institucional, histórico y cultural.

Tras mucho sembrar, la globalización excluyente cosechó múltiples contrasentidos. Tenemos, por ejemplo, a los neoliberales de izquierda (NI) y derecha (ND) que interpretan a la gente común.

V. gr. (por derecha): un presidente negro que defiende a la plutocracia blanca y legitima la guerra necesaria cuando lo galardonan con el Nobel de la Paz. Un calenturiento ex director del FMI que hasta su caída en desgracia fungía como candidato presidencial por el Partido Socialista francés.

V. gr. (por izquierda): movimientos sociales y personajes de ética probada que, por confusión ideológica (purismo, principismo), terminan siendo funcionales a las fuerzas que impugnan. O el supuesto de que el capitalismo salvaje y la violencia, serán conjurados a golpe de sombrerazos, y de cuanta causa noble exista.

Los NI presumen de simplicidad. Los ND de simplismo. Es claro que el primero no apoyaría al referido azote de la economía mundial y de las camareras de Nueva York. En tanto, el ND dirá que liderar el FMI y ser socialista pragmático no excluye ser eficiente y calentón.

Los ND descienden de San Agustín de Hipona, la piratería, los fisiócratas, la Santa Alianza, el estado de bienestar de Bismarck y Keynes, el movimiento eugenésico, el colonialimperialismo, el nazisionismo, la escuela económica de Chicago, el integrismo islamocristiano, la perestroika, la sicología conductista, el derecho-de-Israel-a-defenderse, el narco, la mano dura y las mafias bursátiles.

A su vez, los NI vienen de San Francisco de Asís, los gremios medievales, el buen salvaje de Rousseau, el falansterio de Fourier, la producción artesanal, el romanticismo, las cuatro internacionales de trabajadores, las ideas de Thoreau, la no violencia de última hora de Tolstoi, los hippies, el inconducente pacifismo de Gandhi, el acá y ahora de la sicología gestalt, la retorcida moralina de Camus, el 68 parisino, y la terapia de abrazar a los árboles para cargarnos de energía.

Los ND y NI no son iguales, pero mucho los iguala: rechazan los viejos relatos de la revolución francesa y bolchevique y el bolivarianismo, se avergüenzan de la historia nacional y enaltecen la extranjera, comulgan con las redes sociales digitales y, lobotomizados por la web, les resulta incómodo platicar cara a cara mirándose a los ojos. Por razones de salud individual y ambiental, no fuman ni permiten fumar, pero se atoran con tacos de chicharrón y cochinita pibil en doble tortilla.

En la gente común, los NI advierten un magma social capaz de trascenderse a sí mismo, y los ND un mercado de exclusión a lo bestia. Los unos invocan principios éticos y morales. Los otros se pasan estos principios por el arco de triunfo.

Los ND y NI rechazan las mediaciones que las sociedades articulan para regular la antropofagia ideológica, y frente a los gobiernos populares emplean iguales calificativos: reformista, populista, neodesarrollista, progresista. Si un líder equis recibe el apoyo de las mayorías y defiende sus intereses, los NI y ND (con distintos enfoques) dirán que la gente común comete un error.

Con melindrosidad, los ND y NI reclaman su derecho a sentir y pensar distinto. Y en efecto, sienten y piensan distinto. Los unos son agresivos, insensibles, crueles. Los otros son altruistas, inofensivos, bienintencionados. Pero el orden de los factores (a más de no alterar el producto) los hermana: sentirse inspectores y guardianes de la gente común.

Cosas que llevan a ejercer lo que rechazan: el autoritarismo, el paternalismo, la demagogia, el dogmatismo y el sectarismo, madre de todos los ismos. Paradoja: si los ND y NI no son iguales y aman a la gente común… ¿a causa de qué la subestiman tanto?

Política y sensibilidad

LUIS LINARES ZAPATA

Al conjuro por sus muertos, oídos nombrar uno tras otro en caravana, despertó un arrumbado pero recio costado de la conciencia colectiva. Esa que encara de frente a la tragedia con arrestos de dignidad y recargados lamentos de justicia. Esa que no renuncia, a pesar de temores ciertos, al sentido estrictamente humano de la vida. Una conciencia extendida que tiende la mano, la que llora por los propios y abraza, solidaria, las plegarias de los demás. La que fuerza a salir y protestar por la violencia desatada, la que aminora el miedo, la que imposibilita el olvido. La conciencia, en fin, enemiga de la pasividad o la indiferencia oculta en cifras de muertos circunstanciales. La que, con nombres, historias y rostros, rellenó los huecos dejados por una guerra insensata entre mexicanos.

El recuento de los desamparos, de los desaparecidos, de los sepulcros clandestinos, no ha sido en vano. La caravana ha puesto delante de la gente un algo que ya define el presente de horrores que lastiman a la nación entera. Ya no se pueden alegar equívocos adicionales, buenas intenciones frustradas por el destino o improvisaciones. El conteo de los 40 mil muertos lo imposibilita. Ya de poco importa si antes, o al inicio de la embestida, hubo motivaciones espurias, tontas o parciales. Lo que ahora interesa es asentar, con todas sus letras de sangre y sacrificio, la dimensión que ha adquirido esta tragedia y entrever, lo más rápido posible, la salida ante tanto padecer.

La Caravana del Consuelo puede, de continuar recogiendo los numerosos agravios desperdigados en dolientes racimos por el país, formar un cúmulo sanador de las incontables heridas infligidas al cuerpo social. La llegada a la aporreada Ciudad Juárez es una simple parada inicial. Falta la dilatada caminata que madure en un movimiento por la dignidad y justicia para todos. Uno que luche contra la impunidad reinante. Movimiento que puede ser, en efecto, de muchos, de miles, quizá de millones. Un movimiento que se sume a esos otros en permanente búsqueda de una ruta alterna a la militarización, a la desigualdad y que dé sepultura a los arraigados cuan dañinos privilegios. Que vaya a la raíz de los problemas que hoy nos aquejan y que ya vienen de lejos. El primer tramo ha sido honorablemente recorrido. Falta darle coherencia, continuidad, solidez en la base de apoyo y la indispensable organicidad para que pueda asegurar su cometido.

Esperar que la caravana pudiera llegar a Juárez convertida en una marea indetenible de seguidores fue, si existió tal expectativa, un deseo desmesurado. El choque con la realidad, no exenta de simulaciones y trampas, de exageraciones y peticiones descabelladas, era, puede decirse, hasta necesario. La falta de experiencia de los conductores en estos menesteres irá, con la sana intención e inteligencia que los anima, supliendo deficiencias. Se tienen ingredientes poco comunes: imaginación, sentimientos nobles bien arraigados desde antes de embarcarse en esta aventura. Cuentan también con el apoyo de personas generosas, educadas, sensibles a sus tareas. Los mismos medios de comunicación de masas, que tan dados han sido en destacar el lado horrible, sangriento, impersonal de la violencia desatada, han abierto sus micrófonos y cámaras para trasmitir, sin desviaciones, los encuentros, el desamparo, los rostros, los penares de aquellos que han acudido a los encuentros. Eso ya ha puesto sólida base para lo que vendrá, sin duda, a continuación.

Recoger dolencias y angustias, iras y corajes con nombres y apellidos, deseos de paz y clamores de justicia es una parte, ciertamente medular, de la presente tragedia que aqueja a la nación. Darle consistencia organizativa, concepto y narrativa a tales sagas es el trabajo pendiente. Sobre todo en una época prelectoral ya bien encaminada. Insertarse en el presente obligará, al movimiento en ciernes, a caminar aparejado con los intereses de otros. Modular diferencias en posturas y visiones que se revelan indiferentes al llanto o cuyas preocupaciones se encaminan por los rumbos del poder y su conquista. 2012 atempera y condiciona todo por ahora. Y dentro de ese ambiente, ciertamente enrarecido, la ruta constructiva del movimiento deberá seguir su marcha.

Hay un riesgo, atractivo para buena parte de los dolientes afectados por el panismo guerrerista que comanda el señor Calderón: irse tras el voto en blanco u optar por la abstención para 2012. Ello implicaría dejar al garete la consolidación o transformación de ésta que sería una larga marcha ciudadana por la paz, digna y justa. Ir al diálogo con el presente gobierno federal puede ser una escala inevitable pero, con seguridad, será monólogo y triste pérdida de tiempo. El señor Calderón, envuelto en la búsqueda de culpables, perdió toda perspectiva de realismo. No tiene intención alguna de cambio ni, tampoco, el tiempo para atemperar los acuerdos y ánimos belicosos de la campaña emprendida desde hace cuatro largos y cruentos años.

Al descontento que emerge, indetenible y denso, por todos los confines de la República, hay que rematarlo con el instrumento más efectivo posible: el del voto consciente por la alternativa de cambio cierto, no por sus reflejos aparentes.

Golpe merecido (pero mal dado)

DENISE DRESSER

MÉXICO, D.F., 14 de junio.- Golpe merecido. Golpe aplaudible. Golpe que tardó demasiado tiempo en venir. Jorge Hank Rhon representa todo aquello que el PRI debió tirar al basurero de la historia pero insiste en resguardar. Basta con saber un poco sobre su biografía, llena de escándalos y esqueletos en el clóset, ahora aireados con su arresto. Jorge Hank Rhon es un hombre resbaladizo, escurridizo, peligroso. Es un político de viejo cuño, de vieja estirpe, de viejas costumbres. Costumbres como mezclar la política con los negocios, los puestos públicos con el tráfico de influencias, los casinos con la colusión criminal, los escoltas de seguridad con el asesinato de periodistas. Si como escribe San Agustín la justicia es la virtud conforme a la cual se le da a cada hombre lo que merece, Jorge Hank Rhon ahora cosecha lo que sembró.

De galgo en galgo, de ocelote en ocelote, de concesión gubernamental en concesión gubernamental, Hank Rhon ha construido un imperio impune bajo el sol. Gracias al perfil político de su padre, obtuvo ventajas económicas. Gracias al pragmatismo del PRI, obtuvo puestos políticos. Gracias a la protección de su partido, construyó un archipiélago autoritario en Tijuana. Gracias a diversos presidentes, un tercio de los permisos para negocios de empresas de apuestas remotas y sorteos que existen en México le pertenecen. Como alcalde administró –según un reporte de la SIEDO– una policía municipal infiltrada por el cártel de los Arellano Félix. Como empresario creó un Hipódromo que –según un cable de Wikileaks– se volvió refugio inexpugnable para cualquiera que cometiera un crimen o fuera buscado por las autoridades estadunidenses. Como hijo de una prominente familia política armó el Grupo Caliente, que –según el Centro Nacional de Inteligencia sobre Drogas de Estados Unidos– “representa el centro de las actividades delictivas, incluido el lavado de dinero y el almacenamiento de drogas”. De acuerdo con la Operación White Tiger, basada en un análisis de 70 mil páginas, Hank Rhon es más abiertamente criminal, más peligroso y más propenso a la violencia que cualquier otro miembro de su familia.

Y este es el hombre que prominentes priistas llaman “un distinguido militante”, “un hombre recto”, alguien que almacena armas “porque le gusta la cacería”. Hank Rhon y el partido que lo engendró han pensado y piensan de la misma manera. Ven la amistad como complicidad, ven el dinero como instrumento para comprar votos, ven el poder político como una forma de protección. Del padre al hijo, del hijo al partido, del partido a la presidencia municipal de Tijuana, de la presidencia municipal de Tijuana a la red de casinos y al financiamento de actividades del PRI.

Por eso cuando fue candidato a alcalde de Tijuana tuvo tantos simpatizantes dispuestos a apoyarlo y tantos electores dispuestos a votar por él: Jorge Hank Rhon ya se ha enriquecido a sí mismo y a sus clientelas. Al igual que su padre, Carlos Hank González, Hank Rhon siempre ha buscado controlar con una mano y seducir con la otra, destruir a sus enemigos –en el semanario Zeta, por ejemplo– sin tocarse el corazón, pero con una sonrisa. Para él y su séquito de seguidores, la política es un hipódromo de clientelas y favores, contratos y concesiones, amistades que se compran y embestidas que se pagan.

Y la defensa que su partido hace ahora de él aduciendo una “cacería de brujas” revela que la cola del PRI se sigue meneando. El corazón del dinosaurio sigue latiendo. Las malas artes se siguen practicando. Actualmente en el PRI no importa si sus miembros tienen las manos sucias, con tal de que ayuden a arrebatar el poder con ellas. No importa si sus líderes tienen mala fama con tal de que tengan dinero para comprar votos. No importa si la corrupción se enquista en la maquinaria política y financiera del Estado de México, si le ayuda a ganar.

Sólo así se explica que el PRI haya apoyado y postulado y defendido a un personaje con un pasado tan picante –cuya toma de posesión cuando fue presidente municipal de Tijuana estuvo a cargo de alguien que pisó la cárcel por malversación de fondos–. Un personaje cuyos amigos en el poder le regalaron propiedades federales para los negocios que ha puesto. Un personaje cuya aprehensión en el aeropuerto del Distrito Federal en 1995 –acusado de importar especies en extinción– reveló lo que piensa de la ley y lo que hace para evadirla. Un personaje cuyos guardaespaldas fueron acusados del asesinato de un periodista, y cuyo padre se volvió un hombre rico porque no quería ser un político pobre. Un personaje cuya asociación política con Enrique Peña Nieto incluye el intercambio de agentes y funcionarios policiacos, de Tijuana a Toluca. El PRI no se deslinda de la gangsterización de la política porque la concibe de esa manera: el caso de Jorge Hank Rhon revela la podredumbre que el partido viene cargando dentro de sí.

Podredumbre que Felipe Calderón conocía, el PAN sabía y el gobierno federal ignoró hasta que el PRI se volvió una amenaza electoral. Hasta que Enrique Peña Nieto se convirtió en el político más popular de México. Hasta que el Revolucionario Institucional se posicionó para ganar la gubernatura del Estado de México y la Presidencia de la República. Y por ello el timing del golpe, un mes antes de la contienda mexiquense. Y por ello la dirección del golpe, hacia un miembro prominente del Grupo Atlacomulco. Y por ello la intempestiva y poco creíble “llamada anónima” que denuncia el acopio de armas y permite la irrupción en la casa de Hank Rhon sin orden de cateo u orden de aprehensión. Y por ello la consigna gubernamental de detener primero e investigar después. El golpe a Jorge Hank Rhon es un golpe merecido pero mal dado. Es un golpe exigido pero mal propinado. Es un golpe justificado pero mal ejecutado. Es un macanazo meritorio que lleva a parafrasear la frase de Cicerón: ojalá hubiera menos justicia y más ley.