LA EDUCACION, QUE SE JODA.

3 jun 2011

Calderón-Elba Esther, nueva alianza electoral

José Gil Olmos

MÉXICO, D.F., 1 de junio (apro).- En 2006, después del cuestionado proceso electoral, una de las primeras personas en levantarle la mano al entonces presidente electo, Felipe Calderón, fue Elba Esther Gordillo, la actual presidenta nacional del poderoso sindicato de maestros. Desde entonces, Calderón ha mantenido con la dirigente del sector magisterial una asociación de conveniencia político-electoral.

Durante cinco años, el panista no ha roto esa alianza, que ahora lleva la intención de que, en las elecciones de 2012, la estructura electoral del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) vuelva a dar su voto al Partido Acción Nacional para repetir el triunfo.

Sin embargo, en esta ocasión parece que Gordillo ya no mira hacia los panistas, su atención más bien está centrada en Enrique Peña Nieto (PRI) y en Marcelo Ebrard (PRD), a quienes considera sus favoritos en la contienda presidencial.

Pese a ello, Calderón sigue pendiente del buen trato que requiere una aliada estratégica como Elba Esther, pues además de mantener el apoyo económico al SNTE, mediante los fideicomisos creados en Banobras, el Ejecutivo en ningún momento ha cuestionado el papel de “la maestra” en el fracaso de la educación básica o en la prueba Enlace, con la que supuestamente mejoraría la calidad del magisterio.

Elba Esther Gordillo ha liderado el SNTE desde 1986, bajo un sistema de corrupción y la cooptación de más de un millón de trabajadores de la educación, a quienes mes a mes les arrebata cuotas, mismas con las que ha amasado una enorme fortuna.

Y más: ha hecho del sindicato magisterial un instrumento político electoral al servicio del mejor postor. En el 2000 lo puso a favor de Vicente Fox, cuando ella todavía era militante del PRI, y, seis años después, hizo lo mismo con Felipe Calderón, cuando ya había creado su propio partido: Nueva Alianza.

Políticamente hablando, con el PAN en la presidencia de la República, la maestra chiapaneca ha logrado tener una fuerza que nunca antes había alcanzado: además de colocar a su gente en puestos clave del gobierno federal, también ha conseguido tener su propia bancada en la Cámara de Diputados y en el Senado.

Esta fuerza electoral también le ha redituado en las negociaciones con todos los partidos –incluido el PRI, de donde la expulsaron–, para tener nuevas posiciones en varios estados, con la designación de candidatos a gobernadores, entre ellos los de Puebla, Baja California, Hidalgo y Coahuila.

Es por eso que Calderón trata de renovar esta alianza político-electoral, intentando disfrazarla vanamente con un carácter educativo.

Apenas esta semana, el panista firmó con Elba Esther Gordillo el Acuerdo para la Evaluación Universal de Docentes y Directivos en Servicio de Educación Básica. Durante el evento, dijo que la alianza no era de “carácter político u oportunista”, sino por la educación de los niños”.

Sin convencer a nadie, Calderón recalcó que se trataba de “una alianza por la calidad educativa que necesita el país, y (la) necesita desde hace mucho, mucho tiempo”. Tras ello, pidió quitar “prejuicios” que impiden ver la importancia del acuerdo firmado.

Y fue más allá al hacer un reconocimiento al SNTE, al que le agradeció por someterse a la prueba de calidad, con lo que trató de ignorar el fracaso de la prueba Enlace y las críticas que internacionalmente se han hecho a la mala calidad de la educación básica en México.

Hábil como siempre, Elba Esther Gordillo devolvió el elogio y le dijo a Calderón: “Sólo el tiempo juzgará. Señor Presidente, no hay duda, es usted el presidente de la educación".

Con este intercambio de encomios gratuitos, Calderón y Gordillo renovaron las alianzas que tejieron hace seis años. Pero lo que quizá ha olvidado el panista es que “la maestra” siempre juega a ganar apoyando a uno o más candidatos para asegurar el triunfo y su permanencia en el poder.

Nueva SEP, el imperativo

Axel Didriksson



MÉXICO, D.F., 1 de junio.- Los dirigentes y funcionarios del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) y de la Secretaría de Educación Pública (SEP), como si estuvieran en un tianguis educativo, aseguran que están cumpliendo de forma integral y por demás extraordinaria con su mandato –para unos, la protección y el mejoramiento de los trabajadores de la educación, y para otros, la aplicación de políticas que han detonado el más importante cambio en la educación del país–, con todo y que no existe dato ni verificación documentada que lo demuestren. Por el contrario, el actual régimen pasará a la historia por haber degradado al máximo posible el sistema de educación nacional.

Los análisis serios que dan cuenta del tamaño del desastre, del atraso impresionante en materia de cultura, conocimientos y capacidades que tienen nuestros niños y jóvenes, o de la incrementada deuda social de analfabetos y personas adultas excluidas de cualquier oportunidad educativa, apuntan a señalar que la causa principal de este deterioro está en la ineficacia e incoherencia de las políticas públicas de una burocracia corrupta que se ha enraizado en la SEP, en este aparato de Estado que se ha convertido en un verdadero botín de políticos arribistas y oportunistas para hacer campañas mediáticas personalísimas. ¿Y la educación? Eso queda en un lugar secundario, para después de las elecciones, o como motivo para más discursos huecos.

Se equivocan quienes creen que sólo quitando a Lujambio, a Elba Esther o a cualquier otro de sus corifeos y parientes cercanos de la escena política –algo necesario, pero imposible ahora, por obvias razones– donde realizan sus triquiñuelas, los asuntos educativos tendrán otro destino. Pero no es así. La única manera de proceder con ciencia es yendo a la raíz del problema, y eso implica la transformación orgánica del aparato que los sostiene y que les da vida: la SEP.

Seguir manteniendo un aparato burocrático tan grande y tan ineficiente como lo es la SEP, reproducir la relación que se ha tejido desde hace años y que forma parte de un organigrama hecho para mantener los privilegios del SNTE y de los personeros de los gobiernos en turno, únicamente servirá para ahondar las contradicciones y magras condiciones en las que se encuentra la educación en el país, que está conculcando todas las posibilidades de un mejor futuro y desarrollo. Si contáramos con intelectuales y académicos, políticos y personas honestos, responsables y comprometidos con un proyecto educativo de mediano y largo plazos, con una SEP renovada y distinta, otro país tendríamos.

El arribo de un nuevo gobierno a partir de 2012 (es este un reclamo de millones de mexicanos agraviados, porque saben que lo que le resta de tiempo al actual será de pura desgracia) deberá plantearse como prioridad redefinir el tamaño y la organicidad de la SEP actual, poner en marcha un nuevo proceso de descentralización que vaya hasta la escuela local y los municipios, con el fin de darles plena autonomía en la realización de cambios desde su entorno, y hacer participar a los ciudadanos en la evaluación del desempeño de cada centro educativo; asimismo, concentrar, en una SEP más ágil y funcional, las tareas estratégicas que detonen un nuevo sistema educativo que resuelva la deuda social con millones de mexicanos sin escolaridad; transformar el currículum para generalizar plataformas de aprendizajes significativos; modificar en serio y con nuevas instituciones el proceso de formación y actualización de los profesores, y articular el conjunto del sistema desde la educación inicial hasta la universitaria, con la complejidad y sistematicidad que la pedagogía moderna hace posible y viable.

Como está, la actual SEP no sirve para nada, porque ha demostrado que es un verdadero estorbo para el mejoramiento de la educación y de sus docentes. No se trata, así, sólo de cambiar dirigentes para que lleguen otros iguales o peores, otros secretarios y subsecretarios que no tienen ni idea de lo que significa la educación (como muestra, los que han estado de paso durante, por lo menos, los últimos 20 años) para un país con tantos requerimientos educativos, científicos y tecnológicos por parte de sus jóvenes y población en general. No habrá reforma educativa si no se cambia de raíz la estructura y la legislación que le da organicidad a esta secretaría de Estado.

Por ello, también, se necesita una nueva Ley General de Educación (la que existe, de 1993, es letra muerta); la disolución de la alianza espuria entre el SNTE y la burocracia gubernamental (y garantizar que no ocurra nunca más); políticas de Estado que garanticen un porcentaje creciente y bien distribuido de recursos financieros hacia la educación, la ciencia y la cultura, por lo menos hacia los próximos 15 o 20 años, y reformas en el Artículo Tercero constitucional, de tal manera que pueda contarse con los instrumentos organizativos y normativos para detonar un nuevo desarrollo desde los conocimientos y el talento humano para el bienestar, la participación ciudadana, la cohesión social y el aprendizaje permanente de la sociedad en su conjunto.

Las revoluciones de la gente común

RAÚL ZIBECHI

En los más diversos rincones del planeta la gente común está saliendo a las calles, ocupando plazas, encontrándose con otras gentes comunes a las que no conocían pero que inmediatamente reconocen. No esperaron a ser convocados, acudieron por la necesidad de descubrirse. No calculan las consecuencias de sus actos, actúan con base en lo que sienten, desean y sueñan. Estamos ante verdaderas revoluciones, cambios profundos que no dejan nada en su lugar, aunque los de arriba crean que todo seguirá igual cuando las plazas y las calles recuperen, por un tiempo, ese silencio de plomo al que denominan normalidad.

No encuentro mejor forma de explicar lo que está sucediendo que traer un memorable texto de Giovanni Arrighi, Terence Hopkins e Immanuel Wallerstein, 1968: el gran ensayo, capítulo del libro Movimientos antisistémicos (Akal, Madrid, 1999). Ese texto denso, inspirado en la mirada larga y profunda de Braudel, se abre con una afirmación insólita: Tan sólo ha habido dos revoluciones mundiales. La primera se produjo en 1848. La segunda en 1968. Ambas constituyeron un fracaso histórico. Ambas transformaron el mundo.

A renglón seguido los tres maestros del sistema-mundo exponen que el hecho de que ambas revoluciones no estuvieron planeadas y que fueran espontáneas en el sentido profundo del término explica tanto el fracaso como su capacidad de cambiar el mundo. Dicen más: que 1848 y 1968 son fechas más importantes que 1789 y 1917, en referencia a las revoluciones francesa y rusa. Éstas fueron superadas por aquéllas.

El concepto heredado y hegemónico aún de revolución debe ser revisado, y lo está siendo en los hechos. Frente a una idea de revolución centrada exclusivamente en la conquista del poder estatal, aparece otra más compleja pero sobre todo más integral, que no excluye la estrategia estatal pero que la supera y desborda. En todo caso, la cuestión de conquistar el timón estatal es un recodo en un camino mucho más largo que busca algo que no puede hacerse desde las instituciones estatales: crear un mundo nuevo.

Para crear un mundo nuevo, lo que menos sirve es la política tradicional, anclada en la figura de la representación que consiste en suplantar sujetos colectivos por profesionales de la administración, y del engaño. Por el contrario, el mundo nuevo y diferente al actual supone ensayar y experimentar relaciones sociales horizontales, en espacios autocontrolados y autónomos, soberanos, donde nadie impone y manda el colectivo.

La frase clave de la cita es espontáneas en el sentido profundo. ¿Cómo interpretar esa afirmación? En este punto hay que aceptar que no hay una racionalidad, instrumental y estadocéntrica, sino que cada sujeto tiene su racionalidad, y que todos y todas podemos ser sujetos cuando decimos Ya basta. Se trata, entonces, de comprender las racionalidades otras, cuestión que sólo puede hacerse desde adentro y en movimiento, a partir de la lógica inmanente que develan los actos colectivos de los sujetos del abajo. Eso indica que no se trata de interpretar sino de participar.

Por encima de las diversas coyunturas en que surgieron, los movimientos de la plaza Tahrir en El Cairo y de la Puerta del Sol en Madrid forman parte de la misma genealogía del que se vayan todos de la revuelta argentina de 2001, de la guerra del agua de Cochabamba en 2000, de las dos guerras del gas bolivianas en 2003 y 2005 y de la comuna de Oaxaca de 2006, por mencionar sólo los casos urbanos. Lo común son básicamente dos hechos: poner un freno a los de arriba y hacerlo abriendo espacios de democracia directa y participación colectiva sin representantes.

Esa estrategia con dos fases, rechazo y creación, desborda la cultura política tradicional y hegemónica en las izquierdas y el movimiento sindical, que sólo contemplan parcialmente la primera: las manifestaciones autocontroladas, con objetivos precisos y acotados. Esa cultura política ha mostrado sus límites, incluso como rechazo a lo existente porque al no desbordar los cauces institucionales es incapaz de frenar a los de arriba y se limita, solamente, a preparar el terreno para el relevo de los equipos gobernantes sin cambio de política. Esa cultura política ha sido hábil para desplazar a las derechas y ha fracasado a la hora de cambiar el mundo.

Las revoluciones en marcha son estuarios donde desembocan y confluyen ríos y arroyos de rebeldías que recorrieron largos caminos, algunos de los cuales beben en las aguas de 1968 pero las superan en profundidad y densidad. Rebeldías que vienen de muy lejos, montaña arriba, para confluir de modo imperceptible y capilar con otros cauces, a veces minúsculos, para un buen día mezclar sus aguas en un torrente donde ya nadie se pregunta de dónde viene, qué colores y señas de identidad arrastra.

Estas revoluciones son el momento visible, importante pero no fundante, de un largo camino subterráneo. Por eso la imagen del topo es tan adecuada: un buen día pega un salto y se muestra, pero antes ha hecho un largo recorrido bajo tierra. Sin ese recorrido no podría nunca ver la luz del día. Ese largo andar son las cientos de pequeñas iniciativas que nacieron como espacios de resistencia, pequeños laboratorios (como los que existieron desde finales de los años 90 en Lavapiés, Madrid) donde se vive como se quiere vivir y no como ellos quieren que vivamos.

Quiero decir que los grandes hechos son precedidos y preparados, y ensayados como señala James Scott, por prácticas colectivas que suceden lejos de la atención de los medios y de los políticos profesionales. Allí donde los practicantes se sienten seguros y protegidos por sus pares. Ahora que esas miles de microexperiencias han confluido en estas correntadas de vida, es momento de celebrar y sonreír, a pesar de las inevitables represiones. Sobre todo, no olvidar, cuando vuelvan los años de plomo, que son esas trabajosas y solitarias experiencias, aisladas y a menudo fracasadas, las que pavimentan los jornadas luminosas. Unas con otras cambian el mundo.