POR EL RESPETO

13/06/2011

La marcha de las putas

Marta Lamas



MÉXICO, D.F., 12 de junio (apro).- Este domingo 12 varias mujeres partieron a las dos de la tarde de la Palma de Reforma rumbo al Hemiciclo a Juárez, replicando la Marcha de las Putas que ya se ha venido realizando en otras ciudades. No obstante el nombre, no se trata de una marcha de trabajadoras sexuales sino de todo tipo de mujeres para protestar porque mucha de la violencia sexual se justifica con el pretexto de la apariencia provocadora de las víctimas. Apropiarse del término estigmatizante de “puta” es una actitud desafiante y liberadora. “Puta” se usa no sólo para nombrar a las trabajadoras sexuales; se usa para calificar a las mujeres que no se ajustan a los lineamientos de “decentes” (sea porque tienen relaciones sexuales libres o simplemente porque visten de manera llamativa); pero también ciertos hombres utilizan dicho apelativo como venganza cuando una mujer resiste sus avances indeseados. Por eso el calificativo de “puta” les sirve a ciertos hombres como insulto y socialmente se vuelve un arma para mantener a raya a las mujeres: el temor de ser calificadas de “putas” las predispone a aguantar malos tratos o restricciones a sus deseos. Así, la utilización arbitraria y sexista de “puta” cuando el comportamiento de las mujeres no es lo que se espera hace que en cualquier momento las mujeres puedan ser estigmatizadas como “putas”.

El estigma genera mucha vulnerabilidad social y, además, es absolutamente discriminatorio. Si el comercio sexual ocurre entre una persona que vende y otra que compra, ¿por qué sólo se estigmatiza a quien vende y no a quien compra? Habría que eliminar la definición del trabajo sexual como “prostitución”, pues es una de las formas de violencia simbólica más insidiosas contra las mujeres. Ese es también el sentido de la Marcha de las Putas, una batalla por la resignificación simbólica que, aunque no acaba por sí sola con la separación ideológica entre las mujeres decentes y las putas, provoca una reflexión muy necesaria respecto a la doble moral. La valoración desigual de la actividad sexual humana, comercial o gratuita, es el andamiaje moral que rige la sociedad. No es lo mismo que un hombre tenga una expresión sexual libre a que la tenga una mujer. Por eso la doble moral se expresa con ideas absolutamente machistas: “ella se lo buscó”, “ella lo provocó con su forma de andar, de vestirse”, “si fuera decente, se habría quedado en su casa”, etc…

Precisamente la Marcha de las Putas surge por el comentario que el policía canadiense Michael Sanguinetti hizo durante un seminario sobre agresión sexual en la Universidad de York, en Toronto: “Las mujeres deben evitar vestirse como putas para no ser víctimas de la violencia sexual”. (Women should avoid dressing like sluts in order not to be victimized). El policía Sanguinetti tuvo que ofrecer una disculpa pública, diciendo que estaba “avergonzado” por su comentario y que éste no reflejaba el compromiso de la policía de Toronto con las víctimas de agresiones sexuales. Y la vocera de la corporación, Meaghan Ray, salió a declarar que los policías deben dar una lista detallada de los lugares y los tiempos en los que ocurren las agresiones sexuales para que las mujeres puedan adecuar su conducta, pero que no deben sugerirles cómo vestirse. Sin embargo, el comentario escandaloso ya había encendido la mecha de la indignación. Más de 3 mil mujeres salieron a la calle en Toronto vestidas como “putas” para expresar que no importa la vestimenta que se use, nada justifica la violencia sexual. Además, se burlaron de la idea de que hay hombres a los que esos atuendos excitan al grado de perder el control. El mensaje fue claro: las agresiones sexuales son responsabilidad de quienes las llevan a cabo y no de las víctimas. Así, la Marcha de las Putas se diseminó a otras ciudades: Montreal, Londres, Matagalpa, Melbourne, Seattle, Los Ángeles, Tegucigalpa...

La campaña tiene un eslogan central: cuando una mujer dice NO, significa que NO. En México, una de las organizadoras, Minerva Valenzuela, lo plantea de forma muy clara:

Aunque use medias de red y tacones de aguja: si digo no, significa no.

Aunque la apertura de mi falda suba hasta mi muslo: si digo no, significa no.

Aunque en cualquier momento decida no consumar el acto sexual: si digo no, significa no.

Aunque me ponga una borrachera marca diablo: si digo no, significa no.

Aunque baile de forma sensual: si digo no, significa no.

Aunque el escote de mi vestido sea tentador: si digo no, significa no.

El objetivo de la marcha es exigir respeto y protección de parte de los violadores, y también decirle a la sociedad y al gobierno que no se puede ya seguir culpando a las mujeres porque supuestamente parecen putas. ¡Como si ser trabajadora sexual fuera una razón para ser agredida sexualmente! Hay un hecho incontrovertible: los agresores sexuales deben aprender a controlarse. Por eso resulta imprescindible que las personas expresen su repudio, a tono con esta Marcha de las Putas. Algo importante: la convocatoria fue no sólo para mujeres, sino que estuvo abierta a todas las personas, de cualquier expresión y orientación de género, profesión, nivel educativo, raza, etnia, edad, capacidad, comprometidas en la lucha contra la violencia sexual.

Qué hacer, de nuevo

GUSTAVO ESTEVA

La caravana cumplió su propósito. Empezó a escribir lo que Adolfo Gilly llama Memorial de Agravios y Dolor. Se firmó en Juárez el Pacto Nacional por la Paz con Justicia y Dignidad, como una convocatoria abierta que empieza a vertebrar el movimiento.

Las grandes lecciones, las que cambian el rumbo de la historia, escribió el subcomandante Marcos a los caravaneros, vienen precisamente de personas que, como ustedes y quienes ahora andan, hacen de la memoria el camino para crecerse.

De eso se trata, a final de cuentas. De cambiar el rumbo de la historia. Lo saben quienes han empezado a caminar. En esta hora de emergencia nacional, la nación se debe articular de manera plural e incluyente, desde abajo y entre todos y todas, para impulsar cambios de fondo que recuperen el piso común que nos une y que posibilita la convivencia social.

La caravana fue un acto de consuelo. Contribuyó a aliviar tristeza y dolor al animar, compartir el alma, levantar el ánimo. Pero tendremos verdadero consuelo, si traicionamos la etimología, cuando encontremos ese suelo común, el tejido social desgarrado y en proceso de desintegración, para regenerarlo.

La imaginación anda suelta. Las convocatorias de los caravaneros generan despertares. Toma formas inesperadas, por ejemplo, la idea de socializar la memoria de quienes perdieron la vida en esta guerra insensata. Su muerte es ahora motivo de iniciativas públicas que buscan recordarlos, dándoles cara e historia, para así compartir el dolor de haberlos perdido. En vez de placas en edificios centrales se está pidiendo a artistas locales que imaginen creaciones para espacios públicos en que cada uno de los muertos tenga un lugar. Pacíficas guerrillas urbanas preparan ya placas con sus nombres, para sobreponerlas en calles y avenidas a las de quienes formaron parte de la nomenklatura criminal e incompetente que nos ha gobernado. Pondrán las placas y no pararán hasta obligar a los cabildos a sustituir oficialmente unos nombres por otros: que nuestras calles tengan nombres de las víctimas, no de sus asesinos, de nombres que queremos olvidar.

Para reconstituir el país necesitamos articular las innumerables iniciativas que caracterizan al movimiento, manteniendo su diversidad. Algunas llegan al fondo de las cosas y son la clave del cambio profundo, pero sólo pueden cumplir su función transformadora si logran eslabonarse a las demás.

El año 2012 sigue siendo factor de confusión y desarticulación. Las elecciones aparecen como un enorme obstáculo que necesitamos remover. Como ha señalado Javier Sicilia, serían las elecciones de la ignominia: una clase política que ha mostrado hasta la saciedad su incompetencia y corrupción, así como su complicidad con los criminales que asuelan el país, realizaría maniobras de recambio para tratar de calmar la indignación general. Desde todos los puntos del espectro ideológico se sigue alimentando la ilusión de que bastará el cambio de un nombre para salvar al país. Mientras las mafias que forman los rescoldos del PRI se frotan las manos ante la fantasía de restauración y Calderón trata afanosamente de construir a cualquier precio un sucesor, AMLO sigue girando en banda para acumular credenciales en su morral electorero.

Nada de eso forma una perspectiva mínimamente realista; es un peligroso juego de ilusiones. No parece posible y menos aún probable que haya condiciones para una jornada electoral. Se sigue extendiendo una confrontación intestina que no queremos llamar guerra civil. Millones de mexicanos experimentan cotidianamente una condición enteramente ajena al estado de derecho. La inseguridad en todos los órdenes se hace cada día más aguda. Todo esto profundiza cada vez más la descomposición social y se darán a escala nacional condiciones como las que ya existen en diversas zonas, en que no sólo las elecciones, sino la continuación misma de la vida cotidiana serían imposibles.

Se habrían creado así las circunstancias para que entrara al relevo el dispositivo autoritario que se ha estado preparando, articulando el mando único de las policías con la centralización creciente de Ejército y Marina para presentar el control totalitario como remedio al estado insoportable de cosas que se sigue fomentando. ¿Elecciones? ¿En ese contexto? Aunque fuera posible darles alguna apariencia democrática, ¿para qué servirían?

En vez de entrar en ese juego insensato, necesitamos construir una alternativa viable a la coyuntura electoral. Es esto, me parece, lo que hemos empezado a discutir seriamente en diversos rincones del país y es ya fuente de esperanza. Al tiempo que multiplicamos iniciativas como las que se registraron en el pacto, necesitamos elaborar propuestas que muestren la viabilidad de sustituir las elecciones de la ignominia con dispositivos realmente democráticos e instituciones capaces de proteger la transición hacia una nueva sociedad.

Sordera, banalidad y montajes

CARLOS FAZIO

La política del haiga sido como haiga sido, que como nadie encarna Felipe Calderón, está basada en la vieja cultura de la transa, la mentira, la impunidad y la simulación. La sordera de Calderón ante los reclamos de Javier Sicilia y el amplio movimiento de los sin voz que firmó el pacto de Ciudad Juárez no es auditiva; responde a una política de Estado planeada en lógica guerrera. Desde su campaña electoral, los estrategas de Calderón definieron los comicios de 2006 como una confrontación bélica. El 11 de marzo de ese año, el propio Calderón ordenó a los candidatos a senadores y diputados del Partido Acción Nacional que actuaran como un ejército y salieran de manera disciplinada a las trincheras, a librar una lucha cuerpo a cuerpo contra el enemigo a vencer, definido por sus propagandistas como un peligro para México.

Por vía paralela, y según los parámetros de la guerra al terrorismo de la administración Bush, dos conspicuos miembros del aparato de seguridad del foxismo, Genaro García Luna y Eduardo Medina Mora, eran aleccionados en Washington y Bogotá sobre la necesidad de instrumentar en México una confrontación fratricida real, bajo el falso paraguas de una guerra a las drogas. Encuadrada en la Alianza para la Seguridad y la Prosperidad de América del Norte (ASPAN, el TLCAN militarizado) y su brazo operativo de penetración y sometimiento, la Iniciativa Mérida (símil del Plan Colombia), cinco años después, el resultado de la guerra de Calderón es una ordalía de violencia, caos, terror y sangre que arrastra a México hacia un Estado autoritario de nuevo tipo.

Más allá de que la fábula del incendio y los bomberos –que como recurso propagandístico repite el inspector Alejandro Poiré– sea otra de las tantas coartadas fallidas del régimen, el sexenio calderonista se ha singularizado por un crecimiento exponencial de la violencia criminal. Se trata de una violencia de apariencia demencial, que, en un in crescendo, ha ido empujado al país hacia una salvajización de la vida cotidiana de difícil reversión. Asistimos a una orgía de atrocidades (degollados, descuartizados, mutilados con tiro de gracia, niños asesinados en retenes militares, gente colgada de los puentes, falsos positivos a la colombiana y un largo etcétera que se combina con desapariciones forzadas, la tortura sistemática y las ejecuciones extrajudiciales), que responde a una imaginación ilimitada en la forma de su perpetración por ejecutores made in México.

En ese sentido, la humanización del adversario (que no enemigo), y los llamados al corazón de criminales y poderosos, sustento del discurso de Javier Sicilia durante la denominada caravana del consuelo, parten del hecho real de que, como Eichmann en la Alemania nazi, los carniceros orgiásticos de este presente escalofriante mexicano pertenecen a la especie humana. México ha entrado al ámbito de la banalidad del mal. La banalidad de las atrocidades como práctica cotidiana perpetrada por hombres comunes, de carne y hueso, no monstruos.

Es necesario esclarecer lo que pasa para poder fincar responsabilidades. Con una aclaración para destruir falacias mediáticas utilizadas con la finalidad de justificar y/o encubrir al régimen. De suyo, los criminales están fuera de la ley. Deben ser detenidos, juzgados y, si se les encuentra culpables, deberá aplicárseles todo el rigor de la justicia. Pero hay muchos pacificadores que operan desde dentro de los órganos coercitivos del Estado. Entre ellos algunos militares duros autoconfesos, como el general brigadier Carlos Bibiano Villa y el teniente coronel Julián Leyzaola (el Patton mexicano), que han incurrido en la apología del delito al reivindicar el derecho de matar o de aplicar una justicia inmediata, sin intermediación de leyes o principios humanitarios (y que a la sazón consideran a las comisiones de derechos humanos como protectoras de delincuentes).

Producto exacerbado de la militarización de las estructuras civiles en el marco de la guerra de Calderón, los agentes estatales que cometen delitos para combatir criminales están haciendo un uso discrecional, extralegal y arbitrario de la fuerza, al sustituir los organismos de aplicación de justicia por un proceso de administración de venganza, por lo que no podrán escudarse, después, a la hora de tener que enfrentar a la justicia, en el patriotismo, la obediencia debida o la camaradería interpares.

En ese contexto, la demanda de Javier Sicilia en el Zócalo de la ciudad de México, cuando pidió a Calderón que cesara a García Luna, era correcta. El desprecio por las normas y leyes, protagonismo y proclividad al uso faccioso de la televisión mediante montajes para ensalzar las acciones de la policía que dirige, han sido constantes en la actuación del secretario de Seguridad Pública federal. El infomercial telenovelero El equipo, coproducido por Televisa y la SSP para vanagloriar a la Policía Federal con recursos del erario, fue su último dislate.

El primer caso sonado que envolvió al superpolicía de Los Pinos fue el reality show de la Agencia Federal de Investigación en la supuesta captura en vivo de una banda de secuestradores en diciembre de 2005. García Luna, entonces director de la AFI, tuvo que aceptar que todo fue una actuación para Televisa y Tv Azteca. Su confesión reveló la relación de amasiato y colusión entre el gobierno y el duopolio de la televisión. En ese caso, como en la recreación televisiva sobre la detención de Édgar Valdés Villarreal, La Barbie, la audiencia no sabe hasta ahora qué ha sido verdad o mentira.

Como antes la AFI, si la Policía Federal fuera tan buena y limpia no necesitaría rating o infomerciales en los medios electrónicos. García Luna ha sido uno de los ideólogos de la guerra de Calderón. El fracaso policial condujo a la militarización del país. De allí que a la exigencia sobre el fin inmediato de la estrategia de guerra, el regreso del Ejército a los cuarteles, el retiro del fuero militar y la desmilitarización de la policía, habría que agregar la destitución de García Luna.